martes, 16 de septiembre de 2008

Paparazzi (Crónica de un no-encuentro)



El valor de la distancia se muestra en este pequeño recuadro. Éste, se refiere a la distancia física. Respetuosamente, sólo pude inmortalizar los momentos en que Francis Alÿs jugaba con su hijo entre las olas. Más cerca de mí lo tuve un par de veces a lo largo de una semana. Cuando hablo de la distancia física evito, ante todo, relacionarlo con cualquier clase de distancia de carácter emotivo. Más cerca estuve de él al contemplar su obra. Fueron meses o probablemente un año, en los que estuve franqueada por sus piezas y los límites de tiempo que tenía para recibirme.

Más cerca, también, cuando reparé en el hecho de haber fotografiado a unos perros acurrucados en una calle desierta apenas punteaba el alba. Lo hice sin un motivo premeditado. Tan sólo recuerdo haber pasado de largo en el auto y, repetinamente, frenar, girar el cuello hacia el vidrio trasero y marchar en reversa; moverme con sumo cuidado mientras desenmascaraba la cámara y tirar tres, cuatro veces hacia ellos, sin medir la pena de despertarlos o el peligro de que, una vez despiertos, tornáranse en una pequeña jauría enfurecida. Pero no, allí estuvieron como seis obedientes ovillos de lana, a la espera inconsciente de ser retratados.


Sólo adiviné la relación cuando imprimí el tiro y lo comparé con las imágenes de los perros fotografiados por Alÿs en Burma, en Río, en el Centro. Recordé, asimismo, la fascinación que los frescos de Lorenzetti en Siena, causaron en Alÿs . Un momento de quiebre para el entonces arquitecto, en el umbral del próximo estadio de su vida. Desde entonces, me gusta duplicar la foto y regalarla a quien considero alguien especial dentro de mi microcosmos, o a quien contempló la foto y, simplemente, le agradó. Siempre pensé en imprimir la imagen y enviarla a Francis Alÿs, adjunta a mi tesis sobre su obra. Hasta el día de hoy, sigo pensando en hacerlo una vez que imprima los ejemplares, esta misma semana.

En todo este tiempo, desde el día uno evoqué las múltiples posibilidades que tenía de encontrarlo a raíz de mi tesis: en algún coloquio, en un proyecto curatorial futuro... en mi mente podía dar rienda suelta a toda la serie de oportunidades que desdoblaba mi mente, como los sets aleatorios de solitarios desplegados por el monitor de una aburrida computadora. Es en esos precisos momentos, como en los del incauto análisis de sus piezas, cuando la distancia emotiva se acortaba y donde me sentía poseedora de un don infalible al ser capaz de desentrañar un posible misterio. Ser, por elección propia, algo más que una fan, o bien, una fan con permiso tutorial, como quien presenta una apostilla ante un notario público; con la autorización concedida por un interventor de Gobernación que acreditara mi intimidad y/o mi sapiencia respecto al sujeto en cuestión.

Pero jamás imaginé que fuera de forma tan intempestiva, sin aviso alguno, en medio de una vacaciones en Pie de la Cuesta. C.M., sinodal de mi tesis, acertó a decir: "No sabes a quién vas a conocer en este momento." A continuación, apareció como llamado a la escena. Altísimo, como se le ve en los libros, en las imágenes, en los videos. Altísimo como aquella única vez en que lo atisbé hace cinco años atrás, volviendo su espalda hacia mí, camino a lo que era, seguramente, su estudio en las calles del Centro, luego de una magna conferencia sobre su obra Cuando la fe mueve montañas, en el Antiguo Colegio de San Ildefonso.

Cuando estrechamos nuestras manos, yo sólo alcancé a emitir un gritito, por suerte interno, y añadir: "Yo hice una tesis sobre tí", a lo que él respondió: "Desolé".

Desolada estuve yo las siguientes horas, los siguientes días. Desolada y perpleja. Trataba de convencerme a mí misma de que no iba a haber un segundo encuentro ni fortuito ni gratuito ni deliberado. Entendía que se trataba de sus vacaciones, que éramos meros vecinos de habitación en un pequeño hotel. Formulé racionamente, uno a uno, los motivos por los que esa conversación no se iba a dar, al menos, en esta ocasión. Y, sin embargo, la soñadora irredenta que llevo dentro, guardaba en lo más profundo de su médula, la posibilidad de un milagro o, al menos, el arrojo de una ridícula valiente. Pasaron noches en que nos sentábamos en sendos extremos del restaurante. Al día siguiente, elegíamos la mesa contigua de la noche anterior a la suya. Y nada. La suerte me abandonaba dejando, de nueva cuenta, a Alÿs del otro lado del universo.

Las pocas veces que coincidíamos, ellos bajando a la playa, nosotros subiendo a la habitación, o viceversa, nos saludaba respetuoso, como quien recuerda y practica las reglas mínimas de cortesía, características de los mexicanos. En otras ocasiones, yo corría mis tramos habituales matutinos antes de que el sol se volviera un tirano, y los encontraba, de nuevo, a él y a su hijo al acecho de las olas. Nos despedíamos amablemente.

¿Cómo explicarle que hasta le tenía una posible acción artística? El día de nuestro arribo, horas antes de conocernos oficialmente, D. y yo caminamos sobre la playa hacia el extremo contrario (el rito inaugural de cualquier vacación sobre la arena). Estábamos tan felices que no alcanzamos a darnos cuenta de que, en algún momento, cruzamos la frontera de territorio militar. Sólo lo comprendimos cuando observamos acercarse en línea directa, a un perro criollo con los dientes desnudos, correr a toda velocidad hacia nosotros. Yo grité en el momento en el que me percaté de que el perro no estaba dispuesto a aminorar su paso. Era demasiado tarde, además, para emprender la carrera en sentido contrario y meterse al agua. Pero como por arte de magia, el perro se detuvo a escasos decímetros de nosotros. Detrás de él, a lo lejos, un militar armado nos hacía señales para que abandonáramos el terreno. Una vez que dejamos de mentar madres, recordé la acción Gringo de Alÿs, en la que se enfunda unos gruesos pantalones de entrenamiento para perros de ataque y visita, cámara en mano, los senderos inhóspitos de Epazoyucan, Hgo.

Obviamente, guardé las esperanzas de relatarle el proyecto, de acompañarlo con una cámara hasta el territorio resguardado por los marinos e intentar reanudar la experiencia, esta vez, para volverla una acción artística que hablara de la imposibilidad de caminar por un territorio reconocido como propio por mandato Constitucional. Probablemente, mi primer trabajo curatorial. Pero no, jamás lo hice. No conté con la imprudencia, la valentía o el desparpajo necesarios para hacerlo. Ante todo, sabía que estaba de vacaciones. Lo más que llegué a hacer fue sugerir torpemente a C.M., un encuentro informal, a lo que él jamás entendió ni hizo reparo alguno. En parte, me interesaba hablar también con él sobre las posibilidades de un doctorado en un futuro mediato, qué se yo, hablar sobre el arte, sobre la vida misma, escuchar anécdotas propias de sus infancias. A final de cuentas, uno no se encuentra todos los días con semejante dúo posmoderno en medio de sus vacaciones familiares. Pero no. Comprendí que, muy probablemente, lo que menos desearan era lidiar con alumnas o admiradoras.



Aquí está la prueba más grande de mi osadía. Lo más cerca que llegué fue a fotografiarlo a lo lejos, con el defectuoso zoom de mi excámara Olympus de seis megapixeles. Debo reconocer que algunas me gustan. Son recatadas hasta cierto punto. Constituyen para mí, un homenaje a un hombre que se olvida de quien es mientras juega con su hijo a abatir las olas. Seguramente juega con él para enfrentar el posible miedo infantil, en un juego tribal de hombre a niño, de padre a hijo, como un águila enseñara a volar a su aguilucho. Enfrentar la vida en un mero acto, como ejemplo práctico y demostrable de lo que, en sí, es estar en este mundo.



Antes de que esta entrada se vuelva una cursilería barata, mi imprudencia, de nueva cuenta, sólo llegará a publicar estas fotos en mi página de flickr, a postear la crónica de este no-encuentro en mi blog de contados lectores, a mandar mi tesis a Francis Alÿs una vez que esté impresa con una fotografía adjunta, donde se mira a unos perros dormir en forma de ovillos de lana.



En el inter, evocaré el día en que contemplé a Francis Alÿs mirar, a su vez, en medio de una turba espontánea, a las mantarrayas surfear en las olas de Pie de la Cuesta.

sábado, 16 de agosto de 2008

Sincronicidad junguiana


(A unos días del 9 de agosto)

Sucedió hace un año. El 9 de agosto, para ser exactos, según recuerda D. Lo tiene tan fresco en la memoria pues un día antes celebraba su cumpleaños número treinta y siete. Si bien lo nuestro no ha sido tácitamente una historia de encuentros y desencuentros, nos consta haber estado en el mismo lugar al menos dos veces antes de conocernos realmente.

La primera fue hace más de diez años, en el 95 o 96. En aquel entonces yo trabajaba para Plaza & Janés como Coordinadora de Difusión y Relaciones Públicas. Estábamos por presentar los libros de dos autores distintos, ambos jóvenes promesas literarias españolas: Ray Loriga y Benjamín Prado. Para sede de la presentación, elegimos el local del ahora desaparecido Alejandro Aura, El hijo del cuervo. Debíamos, ante todo, estar a tono con los estoperoles, el pelo oxigenado, los jeans deslavados y las botas de piel de cocodrilo de Loriga. En ese tono, debíamos elegir, asimismo, a nuestras jóvenes promesas nacionales para que los presentaran. Uno de ellos fue Roberto Max y el otro elegido fue D. La noche, un abanico de texturas disímiles: la emoción incontenible de Benjamín Prado ante las palabras de sus presentadores, en contraste con el desencuentro –ese sí– entre Paula, mi mejor amiga y la que escribe, y las peripecias que la noche le deparó al propio D. en su mundo, separado del mío. Nuestra relación sólo llegó a estrecharse lo suficiente para entregarle el par de libros a reseñar, darle la bienvenida en El hijo del cuervo y divisarlo un par de veces en el lugar destinado para la fiesta.

Hace casi un año (desconocemos la exactitud con certeza, entre su arribo y mi partida o viceversa) estuvimos en el mismo evento, en el mismo lugar, sin reconocernos. Por aquel tiempo, mi pasatiempo preferido –o como mi mejor amiga lo definió de excepcional manera: un trabajo de medio tiempo sin goce de sueldo– era flickr. El día que subí mis imágenes por vez primera, lo recuerdo como si estuviera ahora afinando un instrumento. Era un lunes a las 11 pm a finales de mayo. Acabé por acostarme a las 4 a.m. con todo y que al día siguiente me esperaba un día ordinario, es decir, amplio en tareas; llevar a los niños al colegio, trabajar, recogerlos, volver a trabajar, etc.

Los tres meses siguientes a aquel día, mi popularidad en flickr subió como la espuma de una XX Lager en día festivo o en anuncio publicitario en el tiempo extra de la final del mundial de futbol. Tenía más de cien contactos que visitaban mis páginas y yo visitaba las de ellos. Amigos por todas partes: España, Singapur, Chile, Suecia, Israel, Colombia. Me habían invitado a formar parte de grupos fotográficos amateurs que a mí se me antojaban de lo más exclusivo. A uno de ellos me invitó mi obseso y vicioso amigo de la vida, alma milenaria, el Onder. Padrino cibernético por doble partida, él fue quien me orilló a caer primero en flickr y luego en facebook. Se trataba del fotopong, una especie de cadáver exquisito fotográfico. La dinámica del juego consistía en partir de una primera foto para luego, por turnos, interpretar sólo el último tiro con una nueva y así sucesivamente, hasta completar una cadena completa. Fue así también como conocí a El Calamar.

Conocerlo es mucho decir. Resulta peculiar analizar lo entrañables que de pronto se vuelven las relaciones virtuales. Cada vez que me topaba con sus fotos, sentía que conocía a sus hijas, que su mujer y yo podríamos ser amigas, que había acariciado a su perro (aunque ahora, pensándolo bien, desconozco si el Calamar tenga mascotas u odie a los perros o prefiera a los gatos. Lo que sí sé es que también estuvo en el Parque México el mismo día en que yo presencié la marcha por la legalización de la cannabis). Casi todas las veces que entraba a su página, dejaba grandes elogios. Mirando sus fotos fue que me interesé por conocer hasta hace unas breves semanas, el kiosco de la Sta. María y el Museo de Geología. Igualmente, él me dejaba comentarios, me invitaba a visitar La Galería Virtual en flickr. Eramos, lo que se puede decir, conocidos cyber. Las fotos de El Calamar en el fotopong eran inmejorables. Fue para mí un gran reto reinterpretar aquella de su hija con una sombrilla estilo oriental de color verde. Si no lo superé con creces, al menos fue mi tiro más elocuente y más elogiado. El Calamar mismo fue quien me dio la noticia de su aparición en bighugelabs, una subpágina de explore en flickr donde aparecen los tiros más visitados y sobresalientes. No cabía en mí de la emoción.



Un día cualquiera, El Calamar me mandó un correo con una invitación, esta vez, a una exposición no virtual. Se trataba de una exhibición pequeña de fotos tomadas en el Japón. El fotógrafo se llamaba –y se sigue llamando– Aurelio Asiain. Recuerdo muy bien una de sus fotos. Él, fotografiándose en el interior de un elevador mientras dirige su mirada y el rabillo de su cámara hacia el techo espejeante. Puede ser que lo que sigue sea más bien fruto de mi imaginación desbordada o maltrecha pero, si mal no recuerdo, Aurelio no se encontraba solo. Lo acompañaba una típica japonesa, típicamente inmutable ante lo que podría calificarse como un impulso intimidatorio del que empuñaba el arma, la cámara fotográfica, en las paradójicas posibilidades que sugiere siempre el espacio de un ascensor; público al tiempo que íntimo.


(Ahora que busqué la imagen para subirla a esta entrada, corroboro que tanto mi memoria como mi imaginación no andaban del todo perdidas)

Aquel 9 de agosto, hace un año, llegué tarde pues salía de las juntas semanales que tenía en Universum. Arribé en Coyoacán, a la Casa de la Cultura Federico Reyes Heroles cuando todo había prácticamente terminado. Eso me dio, al menos, la oportunidad de observar cada una de las fotos con la debida mesura, sin la presión del exceso de trashumantes al mismo paso que conllevan las inauguraciones, grandes o pequeñas. En eso llegó El Calamar a, finalmente, estrechar mi mano. Viejos conocidos, no hallamos qué decir. Yo me moría de la vergüenza pues su saludo fue delator: había llegado al final de la inauguración. No cruzamos más de tres frases, yo le pedí disculpas, le dije que tenía que irme pronto. Me sentía ajena en medio de los últimos convidados, familiares seguramente, la gente más cercana.

A Aurelio nunca lo saludé. Tampoco a D. Meses después, en uno de nuestros tantos escarceos amorosos (y con esto, no quiero confundir al lector: los escarceos amorosos entre D. y yo son las grandes pláticas que tenemos desde que nos reencontramos; en las sobremesas, en los viajes de carretera, mientras observamos a las mantarrayas surfear en las olas del mar, al principio o al final del día), reparamos en que habíamos estado en la misma inauguración ¿Cómo fue que jamás nos topamos el uno con el otro, que nuestras miradas jamás coincidieran? Tras analizar la situación obtuvimos la siguiente conclusión: él llegó muy temprano, yo llegué muy tarde. No concordamos por diferencia de cuartos de hora o quizá de minutos o de segundos... Él, al igual que yo, tampoco pudo estrechar la mano de Aurelio ¿Y cómo fue que llegamos a hablar de Aurelio entre otras tantas cosas que comentamos a lo largo de nuestros maravillosos días juntos? Esto no lo recuerdo tan bien. D. me habló alguna vez de su blog Al margen del Yodo, que ahora visito con frecuencia. Cambié mi antiguo vicio del flickr por otros igualmente saludables. Ahora D. y Aurelio son amigos virtuales; se envían libros, se cartean por mail.

Hoy D. y yo soñamos con visitar Japón, el lugar de nuestras personales obsesiones que también compartimos. Ojalá y, en un par de años o, en menos, estemos D. y yo tomando sake en Japón, en compañía de Aurelio y de Montserrat. Quién quita y hasta viene El Calamar con su esposa. Soñar no cuesta nada.

(La versión de los hechos escrita por el Vaquero, aquí)

domingo, 27 de julio de 2008

Yo soy lo que mi familia es (1)



Hace unos días encontré esta frase en un cartel que anunciaba el VI Encuentro Internacional de Familias. El cartel se hallaba centrado en una de las nuevas estructuras publicitarias dispuestas en casi todas las paradas del transporte colectivo a lo largo de la Avenida Insurgentes. Estaba por meter segunda en el auto mientras la frase que había leído hacía escasos segundos, retumbó en mi mente. No había sido una semana muy fácil que digamos. Entre otras cosas, me había convertido en el curso de verano de mis hijos. Al lado de D., los había llevado al zoológico, a la Estación Central de Bomberos, al cine, al Castillo de Chapultepec, a la exposición de Remedios Varo. Como ya es costumbre, mis expectativas y mi fantasía siempre terminan por superar la realidad. A Guido, el mayor, le da pavor meterse en el vagón del metro, abigarrado de pasajeros. Durante nuestro recorrido por Chapultepec, Tomás insistía en comprar un algodón de azúcar y regresar a casa temprano. Por mi parte, yo me dormí en lo mejor de Wall-E.

"Yo soy lo que mi familia es","Yo soy lo que mi familia es". No alcanzo a afirmar con tal contundencia qué tan certera es esta frase. Me vienen a la cabeza episodios de mi infancia y de mi adolescencia. No me gustaría que cualquiera que los viera pasar en una sala de cine, pensara que en eso se resume mi esencia, mi modo de ser, mi naturaleza. De igual manera, me remonto al pasado inmediato junto a mi pequeño núcleo, mi verdadera familia, ¿qué momentos borraría de mi historia?

Analizo las vidas de mis padres, ahora devastadas. Intento encontrar los orígenes de la masacre en un exilio voluntario, en la carencia de relaciones amistosas estrechas y significativas. Yo crecí lejos de primos, tíos, abuelos. Actualmente veo a mis padres con cierta frecuencia, a veces, más de lo que yo deseara. ¿Qué hay de sus vidas en mí?, ¿qué he sido capaz de heredar consciente e inconscientemente?, ¿quién soy yo, finalmente?

Recuerdo la primera visita de mis abuelos a México. Como dato curioso, siempre que mis abuelos llegaban, temblaba en la ciudad. Invariablemente. Un día fuimos convidados a comer a una casa de campo en Hidalgo. Mi abuelo y yo éramos los únicos sentados a la mesa mientras los demás se lavaban las manos, curioseaban, qué se yo, apenas tenía siete años. Ignorante de su presencia, comencé a comparar el reverso de los platos de talavera ordenados en la mesa donde ibamos a comer, hasta elegir para mí, el menos mancillado, el perfecto, de acuerdo a mi infantil criterio. Mi abuelo soltó una carcajada ronca y quieta, nada escandalosa. "¡Ay, María Paz!, ¡eres única!, alcanzó a decir. Años después, sufrió una embolia en días posteriores al terremoto del '85. Dicen que fue causada, en parte, por la angustia de no saber nada de nosotros. Las comunicaciones estaban completamente suspendidas y mi tío, hermano de mi padre, sólo alcanzó a avisar a través de la Casa Chile, que ellos, los Amaro-McClure, se encontraban bien. Obvió lo obvio: que nosotros, los Amaro Cavada, también.

De las anécdotas familiares podría omitir en mis memorias, la vez que fuimos, como cada domingo lo hacíamos luego de recoger el corte de las ventas de fin de semana de la librería de mi padre, a Danesa 33. A mi madre le encantaba el helado de cereza negra. Uno de aquellos domingos, tan pronto me entregaron el helado que pedí, se me cayó al suelo. Mi padre pidió al que atendía que me volviera a servir una bola de helado, en vista del suicidio instantáneo de la anterior. El dependiente se negó, arguyendo que había sido mi culpa y no la de él. Eso era lo de menos. Entonces, mi padre tomó mi cucurucho de galleta, recogió con él la bola de helado que yacía en el suelo y comenzó a embarrarla en toda la protección elevada de la heladería. Como recordarán, las heladerías Danesa 33 parecían verdaderas estaciones espaciales, al menos la que yo frecuentaba en una esquina de Insurgentes Sur, a un costado de la paradisiaca juguetería ARA, curiosamente muy cerca de donde vi el cartel con la mentada frase relativa a las familias. Mi padre dibujó un círculo perfecto de restos de helado a lo largo de toda Danesa 33. Yo me sentía morir.

Otras veces, mi padre llegó a entrar al cine burlando los cinturones elásticos de seguridad y evadiendo la cola que esperaba, paciente, entrar a la sala. O se peleó a golpes con un uruguayo que encontró robando en su negocio (esa vez, me sentí morir por segunda ocasión). Pero también era el que más jugaba conmigo, el que más bromas nos hacía cuando éramos pequeños. Cada vez que llegaba del trabajo a comer a la casa, mi hermano y yo nos peleábamos por sentarnos a su lado.

Cuando comencé a tener serias sospechas sobre la existencia de Santa Claus y los Reyes Magos, mi padre me confesó que él había sido el único niño a quien se le había permitido la fortuna de ver a Santa Claus sin que éste lo sorprendiera en su arriesgada travesura. Tan vehemente fue mi credulidad que ahora repito la fórmula. No sé si me sale igual de bien. El caso es que cada vez que mis hijos pierden dientes, al día siguiente me aseguran que el Ratón Pérez habló con ellos, los cargó, les presentó a sus amigos. Cuando el Ratón Pérez nos visita, me sorprenden con ocurrencias cada vez más arriesgadas en su estructura, aderezadas con un sinfín de detalles, como si se tratara de un concurso poético del Siglo de Oro. Será, en esta ocasión sí, algo de familia.

Mi hermano Luis, dos años menor que yo, solía encontrar el corte de todo un fin de semana en los burós de mis padres. Sin pena ni culpa iba depositando, uno a uno en su cochinito, las monedas y los billetes que luego mi padre recuperaba de un golpe, haciendo abortar a la pobre bestia de yeso. Tras haber perdido varios dientes, dejé el séptimo u octavo debajo de mi cama. A la mañana siguiente, mi almohada cubría una cantidad de monedas inverosímil. Mis padres no se lo explicaban. Fue mi hermano quien, luego de verificar que al Ratón Pérez se le había olvidado pasar por nuestra ventana, antes de que yo despertara decidió salvar la honra de tan prestigiado animal y fue a asaltar el cajón de la cocina donde mi madre guardaba el cambio para las tortillas, el pan y la leche.

Ahora mi padre está viejo, cansado, achacoso. A veces, suele vivir bastante desilusionado de la vida misma. Me duele verlo así, con todo y que, cada vez se parece más a mi abuelo. Y sí, esa fue la familia que me tocó, para bien o para mal. De la que yo aprendí cosas buenas y cosas malas que hasta ahora, me percato, inconscientemente repito.

viernes, 25 de julio de 2008

Feliz por D.



Estaba por terminar la que se suponía sería la siguiente entrada. El título era "Yo soy lo que mi familia es". La acababa mientras miraba al fondo, el Mar Pacífico encabritarse, denso, celoso, pero a veces, de un azul aguamarina, abierto como adolescente, dispuesto a cobijar a quien lo quisiera, en la leche de su espuma.

Hoy apareció una de esas pocas noticias luminosas en la red que aplazó la siguiente entrega por motivos obvios. Me refiero al reconocimiento que le han dado a un joven escritor que quiere hacerse de una vida buena y humilde, sin pretensiones, a partir del oficio que más ama: la escritura misma.

Y yo lo comparto con creces, al darme cuenta de que vivimos entre tragedias y redenciones. No hay más. Cuando lleguen las segundas, hay que agradecerlas, abrazarlas. Son la gasolina de los sueños y los proyectos que las secundarán.

Miro hacia atrás y veo, hasta en los supuestos fracasos una condecoración postergada. Me refiero, sobre todo, a Cuaderno Salmón, una revista que se fue, como el oso a su cueva, en la espera de tiempos mejores. Proyecto romántico de principio a fin, pero por ello, doblemente valiente. En medio de un país de escasos lectores, de incipientes apoyos, este joven escritor publicó ocho números inmejorables. Yo voy en el tercero, que devoro dulcemente cuando el tiempo me lo permite. Es para mí, el caramelo infantil que deseamos se vuelva mágicamente inagotable.

A la par de Cuaderno Salmón, el joven escritor tiene numerosas colaboraciones y tres novelas. Con la primera, me robó el corazón y todavia no me lo regresa. Con una reseña sobre el último CD de Radiohead acabó por conquistarme. Soy yo feliz con él, leyéndolo al igual que viviendo estos últimos meses, cuerpo a cuerpo, a su lado.

No me queda más que desearle larga vida, que todos sus sueños, los solitarios y los compartidos, se coronen como éste. Los brazos abiertos hacia el mar rebelde, que de este joven escritor estoy enamorada.

lunes, 23 de junio de 2008

Una pregunta naive



El jueves pasado, mientras hojeaba el periódico, me encontré con una imagen por demás abrumadora. Se trataba del oso polar que pudo sobrevivir al desorientado viaje que lo llevó desde su terruño -al parecer, Groenlandia- hasta las costas islandesas. Como muchos saben, el gobierno islandés dio luz verde para que masacraran al animal, en vista del peligro que representaba para los seres humanos asentados en las zonas aledañas al paraje que el oso ocupó durante su exangüe exilio. Más de sesenta personas, entre curiosos, ecologistas y pacifistas, veterinarios y guardias, presenciaban las rondas de la solitaria bestia. Lo bautizaron Ófeig que en islandés quiere decir "el que no debe morir". Minutos después de su muerte, su cuerpo aún caliente -una mancha blanca y peluda que yace en el pasto de un país al que todos nos imaginamos verde y pétreo-, violado por todos. En los videos de youtube se alcanza a apreciar la manera en que algunas personas intentan abrir sus fauces, comparar el tamaño de su mordida con el de un teléfono celular. Incluso, hay quienes osan posar para la foto del recuerdo. Guardias o cazadores neófitos, no lo sé. La inmortalidad a través de la muerte, pienso yo.



Coincidencias de la vida. Ayer, mientras esperábamos la apertura de la sala de cine, D. me hizo reparar en una cita de Mahatma Gandhi que encontró mientras leíamos una revista: "Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en la que trata a sus animales". Esperábamos ver el último film de Julian Schnabel, "La escafandra y la mariposa". El film aborda los últimos meses de vida de Jean Dominique Bauby, otrora editor de la edición parisina de la revista Elle hasta 1995, año en que sufrió un infarto cerebral. A raiz de la tragedia, Bauby sólo podrá comunicarse por medio del único músculo que puede mover: su párpado izquierdo. Extraño como pueda sonar, gracias a su aleteo, una suerte de aleteo similar al batir de las alas de una mariposa, Bauby escribirá un libro con la ayuda de una devota amanuense que traduciría los movimientos en palabras, reuniendo así, letra por letra, la memoria y la imaginación de Bauby. Diez días después de la aparición del libro, Bauby muere en un hospital de París tras permanecer confinado los últimos meses de su vida en otro, a orillas del mar.



Extraño periplo el de ambos personajes, Ófeig y Bauby. Uno más fructífero que el otro. Aquel, encerrado en su cuerpo, pudo escribir un libro cuya primera edición se agotó a escasas horas de su entrada en librerías. El otro, a pesar de haber cruzado el gélido océano a nado durante días y, poder así, llegar intacto a tierra firme, murió unos días después sin mayor homenaje que un nombre fatídico y las fotografías de su hermoso pelaje blanco, ahora ensangrentado.

Aunque extremadamente naive me vuelvo a preguntar sobre el futuro de la especie humana; sobre el sentido de la vida misma. Un mundo donde existen, a la par, hombres como Bauby, mujeres como Evelyn Glennie, capaces de confrontar cualquier tipo de discapacidad. No sucumben a ellas. Por el contrario, las trocan por dones aún más grandes. Para muestra, un botón:



Glennie es una percusionista inglesa que quedó sorda a la edad de siete años. En una entrevista, Glennie responde con una modulada voz que no levanta ni la menor sospecha alrededor de su sordera, cómo es que logra interpretar la música con esa inigualable delicadeza. Glennie no sólo lee las notas. A través de los años fue desarrollando una habilidad para percibir el impacto de los sonidos en distintas partes de su cuerpo. Al igual que a Bouby, la fatalidad no la hizo rendirse.



La próxima vez que vea a A.H. le preguntaré cuál es su fórmula mágica para resistir los embates de la vida. Esa misma que es tan contradictoria como rica. Susana, mi ex terapeuta, respondió alguna vez a mis atribuladas preguntas sobre el sentido de la existencia. Para ella, no hay más que lo que denomina de forma personal "La apertura a lo desconocido". Es la era de Acuario pero, a la vez, la del sobrecalentamiento global; la edad del consumo desmedido coludido con la hambruna de regiones enteras. Todos estos incidentes, presentes en la etapa que pasará a la posteridad como aquella en la que hasta las más férreas teorías genéticas y físicas se desmoronan como figuras históricas endebles; terruños de harina que no son mas que islotes minúsculos en medio de un cosmos que ahora se admite, en eterna expansión. El fin de la historia.

lunes, 19 de mayo de 2008

De las citas con el pasado (3)



Lo que a continuación sigue, fue escrito hace poco más de un año. Algunas cosas siguen faltando, otras se han ido cumpliendo. Dejo para quien lo quiera y a quien le sirva, mi mantra personal.

19: a trece meses de haber abandonado el nido…

Quiero respirar pausadamente. Advertir la oportunidad de aventura que surge a cada segundo. Correr y estrellarme contra el cielo y las altas frondas que lo enmarcan….quedarme ahí.

Esto se vuelve necesariamente una suerte de oración. Desconfío de los dioses patriarcas; confío más en la sabiduría del universo.

Quiero estar con mis hijos y postergar la urgencia. Quiero verlos a los ojos. Lograr que esa conexión sutil se vuelva parte de nuestros hábitos. Quiero mirarlos jugar con certeza. Disfrutar de las tareas y los proyectos infantiles tanto como del poder infranqueable que se vuelve ser madre al acurrucarlos contra el pecho sabiendo que ese es el mejor lugar donde pueden estar cuando se sienten heridos. Quiero percatarme de la singularidad de sus voces y sus hallazgos. Volverme niña en sus juegos, estar menos pendiente de los granos de arroz que dejan en el plato.

Del trabajo, quiero que día a día vaya yo conquistando mi lugar en este mundo. Tener un espacio para la creatividad, al menos quince minutos al día. Quiero dejar de ser unilateral, empatizar con el otro; asumir mis propios errores. Lanzarme al vacío con la plena conciencia de que hay mayor ganancia en ello de la que queda cuando espero que los demás me resuelvan la vida.

Quiero seguir siendo valiente (que el coraje se transforme en dulzura). No quiero darme a conocer ni como la ogra tempestuosa ni como la Lilith autosuficiente; tan sólo en mi propia tesitura y que ello no asuste. Correr el riesgo de partir de lo que yo siento y pienso. Tomar mi corazón como mi propia brújula. Mirar de frente, a los ojos.

Quiero tener lo suficiente. Vivir con una alegría humilde que de cuando en cuando sea inundada por la euforia. Tener derecho a abonar la tierra de los sueños en la medida en que éstos se vayan cumpliendo.

Quiero viajar. Viajar con mis hijos. Viajar con un hombre. Vivir una road movie de la mano de Alejandra y Tania. Quiero tener lo suficiente para dejar de sentirme culpable por querer ir al cine, hacer una maqueta con mis hijos en Peña Pobre, ir al Taro con ellos, escudriñar las esquinas de esta ciudad en busca de nuevos lugares donde ellos aprendan, conozcan y se maravillen como yo lo hago.

Quiero tener el derecho a tener una mejor casa, un mejor auto, una mejor vida. Hacerme de una amplia biblioteca, en un estudio que mire al jardín. Escribir por las tardes de los fines de semana mientras ellos juegan y de fondo se escuche la voz torrente de Nick Cave.

Quiero respaldar mi compu y mi I tunes.

Quiero seguir siendo bendecida por la vida de la forma en que lo he sido hasta ahora. Quiero fortalecer el vínculo tácito, inexpresable para con mis amigos. Es el mayor tesoro que estos meses me han otorgado.

Quiero salud para mi padre y sosiego para su alma. Quiero descanso y amor profano para mi madre. Quiero que mis hermanos me vean como la mujer que soy y tengan ganas de verme y de hablar conmigo.

Quiero amor para los que me rodean.

Quiero seguir siendo vulnerable, quiero seguir teniendo ganas de llorar. Ya no quiero hacerme la fuerte. Quiero ser repositorio de ternura y sinceridad. Quiero que alguien me ame. Quiero encontrar el amor en su verdadera y sana dimensión. Quiero comunicación. Quiero acabar el día sabiendo que valió la pena. Quiero acabar el día intuyendo que el otro sabe a qué me refiero sin la necesidad de las palabras.


Quiero…

domingo, 4 de mayo de 2008

Ayuda doméstica



La primera vez que prescindí del gran lujo que constituye tener ayuda doméstica, mi primer hijo había nacido hacía escaso mes y medio. Me quedé sola, en un condominio horizontal de tres pisos, con un bebé en los brazos en tanto miraba, atónita, la olla express rellena de lentejas sobre el fuego, a punto de explotar. Una sensación de desvarío me mantuvo inmovil por segundos mientras decidía qué hacer para lograr enmudecer el ruido ensordecedor de la alarma humeante. Con el niño todavia en brazos, caminé hacia la llave de la hornilla al tiempo que las fibras de las lentejas que lograban escapar del único orificio, se autoinmolaban y se adherían al azulejo del muro formando una figura esquizofrénica digna de Amytiville. Lo hice a tiempo. Ninguna tragedia adicional contribuyó a ensombrecer el día más de lo que ya estaba.

La segunda ocasión en la que me quedé, esa vez sin Obdulia, Guido tenía dos años y Tomás había nacido cinco meses atrás. Desde el día uno, Guido atentaba contra la vida de su hermano menor con todo género de accesorios: controles remotos masivos y contundentes, llaveros punzantes, muñecos de peluche asfixiantes. Estábamos recientemente solos, abandonados a nuestra suerte, cuando Guido tiró agua al piso. Para evitar cualquier resbalo, no tuve opción alguna más que correr en busca de una jerga. A mi regreso, veinte segundos después, hallé a Guido de pie, con Tomás en sus brazos. Mi cara de terror seguramente habría recordado a cualquiera, el rostro de la única sobreviviente de la masacre preparatoriana en Carrie. Al verme, Guido no tuvo mejor idea que arrojar a su hermano al escaso vacío fronterizo entre sus cortas piernas y el suelo. Tomás cayó abruptamente sobre la loseta y yo sentí que un millón de neuronas morían asesinadas dentro de la cabeza de mi hijo.

Durante el tercer caso de orfandad, mis dos hijos y yo nos quedamos sin la milagrosa ayuda de Marlene. Nos enteramos por coincidencia, meses después de su partida, de que Marlene se llamaba en realidad María Magdalena. Un pariente suyo insistía en localizarla y luego de tres rechazos telefónicos con sus pertinentes aclaraciones, caímos en la cuenta de que María Magdalena y Marlene eran la misma persona. La relación entre la figura mítica de la Primera Guerra Mundial y la nana de mis hijos, esa, jamás la supimos.

En aquel entonces, además de seguir siendo madre de dos niños, irrumpían en mi vida otras novedades, fruto directo de mi ser consecuente. Llevaba escasos meses separada del padre de mis hijos y mi pareja por casi nueve años, y acababa de independizarme al solicitar un préstamo bancario pagadero a tres años para rentar un departamento en Tepepan. Estaba, también, reciente y repentinamente desempleada. Cuando Marlene llamó un lunes después del mediodía para avisar que no regresaba más, nos sentimos de nuevo derrumbados. La tarea inmediata fue intentar aplacar el pánico atroz que inundó a Tomás al perder a la mujer que lo había acompañado desde que tenía un año. Marlene era tan importante para Tomás que cuando vió la película Los Increíbles, él mismo afirmaba que Guido era Dash, su papá era Bob Parr, Marlene era Helen, su madre, y yo era Edna Moda.

La soledad y la incertidumbre nos envolvieron a Guido, Tomás y a mí, fundidos en un abrazo en medio del departamento, blanco y desierto de muebles.

Desconozco cuántas ausencias más deberé de sobrellevar en el futuro. Supongo que muchas. La última, la más reciente fue hace una semana. Esta vez seguía siendo la madre de dos hijos, nuevamente estaba a punto de perder el trabajo. El departamento en el que me independicé no existía más. En el último año me había sido imposible sostener los gastos con el dinero que obtenía de proyectos free-lance y de dar clases. Me mudé a casa de mi madre un tanto derrotada. La ametralladora se había vuelto escopeta. Era sordomuda, sin eco y sin balas.

El único lujo que me quedaba de mi existencia pasada era Laurita, quien se fue un soleado martes de abril de la misma forma en que llegó. De la misma manera en que todas las anteriores, también, llegaron y se fueron. En términos estadísticos, los daños fueron mucho menores. Hasta en esta suerte de acontecimientos una va adquiriendo destreza. Ya no me enojé como las otras veces, tampoco las califiqué de injustas a ellas, de injusta a la vida. No es que me haya alegrado tampoco. Sin embargo, el ejercicio del desapego practicado hasta este momento surtió sus inesperados efectos. Sin una casa propia, sin un trabajo estable, con dos hijos que criar y con la vida vacía de elementos tangibles pero, a la vez, la cabeza llena de cometas (tantos que se salen por los orificios de mis orejas hasta encontrar una altura de vuelo propicia).

Hacía muchos meses no me había sentido tan suelta, tan libre.