lunes, 12 de enero de 2009

Mi Top 10


Hace algunas noches tuve el siguiente sueño: tanto Juan Antonio como Alejandra y yo, acostumbrábamos pasar la noche en los museos de forma clandestina a manera de pasatiempo. Uno de los propósitos de la aventura, era echarnos un Tokaji aunque, en el sueño no se trataba del dulce vino húngaro sino de un “tokaji” de otra clase (¿?). En dicha ocasión, pernoctamos en el Museo Nacional de Antropología e Historia. Por algún motivo, yo conocía al director del museo que, más adelante, sería un importante político. Mientras dormíamos en alguna de las salas a oscuras, un spot de luz se dirigió repentinamente hacia nosotros, dejando al descubierto nuestro presunto delito. En el operativo se encontraban varios policías, otros miembros del personal del museo y el mentado director, quien se dirigía a Alejandra para reprenderla y preguntarle en qué cabeza cabía semejante actividad y cuáles eran las razones que nos llevaban a hacer aquello.

La respuesta de mi amiga A. fue completamente inesperada. En lugar de responder y pedir disculpas como yo esperaba, de pronto A. se posesionó en el papel de una guía para visitantes y comenzó a lanzarle una perorata etnohistórica al director que dejó a todos completamente trastornados. Mi amiga A. lo hacía tan bien y fue tan sorpresiva su respuesta que, de pronto prorrumpí en ruidosas carcajadas a la medianoche. Me desperté y, por supuesto, desperté a D. también, quien no entendía nada. Lo que recuerdo es que no podía parar de reírme. Incluso trataba de volverme a dormir pero, tan pronto volvía la escena a mi cabeza de mi amiga A. poseída por una guía fantasmal del museo, volvía a reír tan fuerte que no recuerdo haberlo hecho nunca con semejante energía.

A la mañana siguiente, recordaba la escena a la perfección. Le pregunté a D. si escuchó mis carcajadas. D. no sólo me dijo que sí sino que mi risa era una distinta a la ordinaria. Sonaba como una risa infantil, totalmente limpia y genuina, sin rastros de contaminación adheridos por el uso de las formas en vigilia, el temor al ridículo u otras convenciones. Tal parecía que la risa se originó, como todo buen sueño, en lo más profundo de mi inconsciente.

Como casi todos los que se jactan de tener sueños vívidos, recuerdo haberme despertado entre gritos y también en medio de sollozos, sudando de miedo, temblando de horror o de desesperación. Rememoro, asimismo, sueños comiquísimos de cuando tenía doce o trece años, pero no recuerdo haberme reído así en todos estos treinta y siete años. Espero que en este nuevo año que comienza, sean muchas las veces en que me despierten las carcajadas.

Probablemente muy tarde, presento mi particular Top 10 a manera de cierre del año. Y digo tarde ya que, debido a numerosas razones, a este blog le ha faltado la debida constancia y actualización. Esperemos que 2009 traiga, entre otras cosas, tiempo de sobra. No quería dejar pasar más tiempo para enumerar, de manera muy personal, la serie de platillos, películas, expos y momentos que hicieron del 2008, un año sin parangón.

Top 10 restaurantes
Este año se coronó con el gusto sibarita de mi bienamado y un par de kilitos que no me he podido quitar tras el enamoramiento (será que sigo en ese mismo estado). Tras ver el video earthlings pude llevar a cabo algo que llevaba pensado hacer durante mucho tiempo, sin mayor esfuerzo: dejar de comer carne a excepción de pescados y mariscos. Muy probablemente, el año pasado sirvió como preámbulo de esta decisión. Para muestra, lo que sigue.

El Pujol:
Para ser sinceros, conocimos este increíble lugar a finales del 2007, dos o tres días antes de que dicho año llegara a su fin. Como cortesía de la casa, nos ofrecieron una quesadilla literalmente líquida, dispuesta en un caballito tequilero donde se acomodaban los sabores en su respectivo lugar: abajo, una capa de tortilla, luego el queso, encima otra capa de tortilla coronada con una espuma de salsa verde. Recuerdo también haber comido una ensalada regada por pétalos de flores, una vinagreta cremosa y unas pequeñas vainas verdes de alguna leguminosa tierna que no alcancé a reconocer, en-su-pun-to. D. pidió unas costillitas de cordero de Nueva Zelanda, montadas en un mole inmejorable, terso al paladar, con el exacto nivel de picor, de chocolate y de especias, que contrastaba de forma excepcional con la carne. Luego del postre y, al final de la cena, nos ofrecieron unas esferas con sabor a manzana verde que, en el momento en que entraban en contacto con la acuosidad bucal, estallaban.
¡Por cierto!, recuerdo que me deben una cena en dicho lugar.
El Malayo: Conocimos este lugar al regreso del viaje de D. a la Argentina. Pequeño y de decoración confortable, siempre que hemos regresado me gusta encontrarme con los pequeños pájaros diseminados en el papel tapiz, como si se hubieran equivocado de rama y hubieran elegido, en su lugar, las cenefas de tan maravilloso lugar. Por fortuna, hemos regresado un par de veces. La atención, siempre de primera. El sahimi del día, el más fresco que puedas encontrar. Los pequeños panes fritos que ofrecen al inicio y cuyos sabores varían, son un milagro. El arroz basmati, en toda su sencillez y su incomparable aroma, un regocijo al alma. Y tienen un postre a base de arroz, leche de coco y, si mal no recuerdo, pasas rubias o acitrón, que he traído a la mente un sinnúmero de veces desde que lo probé. Ojalá y en el 2009 volvamos muchas veces a El Malayo.
China Grill: Gracias al fin de un trabajo bastante mezquino pero, a final de cuentas, con una retribución a cambio para D. y CA, fueron ellos y sus respectivas, a desmitificar las voces y comentarios de este sonado restaurante, uno de los situados en el Hotel Camino Real. Entre tantos otros platillos, pedimos unos dumplings de camarón, un rack de cordero en salsa de ciruela que, literalmente, nos dejó chupándonos los dedos sin temor a las opiniones de los otros comensales. Al finalizar, pedimos varios postres pero el mejor, sin lugar a dudas, fue un sushi bañado en chocolate aunque aquí GM disentiría conmigo pues ella se queda con el pie de queso. El riego de aspersión utilizado a lo largo de toda la degustación fue el mejor de los sakes tibios con aroma de bambú. ¡¡¡Mmmmmmmmmm!!!
El Bajío: definitivamente, el mejor restaurante de comida mexicana en la ciudad. Cada vez que vamos, pedimos casi lo mismo: empanaditas de plátano macho y frijol, gorditas de frijol con hoja de aguacate y de requesón, los tacos de carnitas al estilo Michoacán y los huauzontles en caldillo de jitomate o en chile pasilla. En alguna ocasión, se me ocurrió pedir el mole de olla, el más grande de mi historia. Por supuesto, no me lo pude acabar, pero hay pruebas fotográficas de que lo intenté.

Tandoor: Cuando se encuentren en las inmediaciones de la Anzures y aledañas, vale la pena que visiten este lugar, especializado en cocina hindú y pakistani. Para beber, solicitamos el tradicional Lassi con cardamomo. De entrada y, para acompañar el resto del atasque, pedimos una papadum asada, que es una tostada hecha a base de lentejas y especias además del tradicional arroz blanco basmati, un chapati y un nan, esas clásicas especies de tortillas de harina de trigo hechas al momento. Como si eso no fuera poco, de platos fuertes nos trajeron a la mesa, un Bhuna Mushroom (champiñones asados con especias, receta de la casa), un Aalu Gobhi (plato confeccionado con papas y coliflor en curry picante) y el Bhuna Murga, el pollo especialidad del chef. Finalmente cerramos con kheer, mi versión favorita de postres hechos a base de arroz, con almendras, pistaches y cardamomo.
Al Jamil: con todo y que, a la semana de haberlo conocido, fuimos a El Ehden, me quedo con el primero: hojas de parra rellenas de carnero, falafel y garbanza, el pan con zathar, las lentejas con arroz y el jocoque tradicional. Me gusta más la sazón de este local ya que El Ehden, nada despreciable, tanto en las presentaciones de los platillos como en su confección, me pareció más casero.
Deigo: Había oído hablar mucho de este restaurante hasta que lo conocí en compañía de D. Probablemente el segundo mejor restaurante de comida japonesa de la ciudad: el pescado a la sal, el sushi de anguila de río además de las sopas de fideos orientales son una delicia.

Casos aparte dignos de mencionar: yo conocí el Deigo, el Tandoor y otros muchos más pero D. me debe el haber conocido el mejor restaurante japonés de la ciudad: el Teppanyaki Taro. Se volvió un fanático del lugar, a tal grado que tuvimos una época en que no perdonábamos las cenas de los viernes. Casi siempre pedíamos lo mismo: gyozas de carne, sushi de atún, de anguila y de pasta de cangrejo, una ración más de la pasta fría que te sirven como entrada, sashimi, sukiyaki y tempura de verduras. Si no lo conocen, se están tardando.
Durante el verano, regresamos a la enramada de Doña Nica, en la Playa de Troncones donde están las mejores camaronillas del planeta. Una semana después, descubrimos el mejor pescado a la talla y los camarones a la diabla de una enramada en Pie de la Cuesta. Las pizzas y otras especialidades del Vayma le hicieron un buen contrapeso.
El resto del año me quedé con ganas de pedir los ravioles rellenos de foie gras en salsa de morillas y la entrada de jitomates con mayonesa y huevo duro que pidió I. en Le Bouchon. Pero me quité las ganas con los scones rellenos de arándano de La Lorena, el helado de queso mascarpone bañado con chocolate belga, de La Trattoria della casa nuova, recomendación de G., y las inigualables quesadillas-tacos de guisado de los portales de Huasca a la par de los pastes de mole verde y arroz con leche en Real del Monte. Tuvimos, también, un tour gastronómico veracruzano que inició con el tradicional desayuno en La Parroquia que D. venía saboreándose meses atrás –canilla, café, jugo de naranja, huevos tirados y Zaraza–, siguió con un pámpano en Mandinga y cerró con unas truchas rellenas en Coatepec. Además, le seguimos la pista a The Minimalist en el NY Times y aprendimos a hacer dos ensaladas memorables: una sencillísima a base de duraznos y jitomate y otra con edamame y queso pecorino. También aprendimos a hacer gnocchis por vía telefónica. La primera vez nos salieron increíbles; la segunda, intentamos hacerlos de camote y fue un fracaso rotundo.

Top 10 películas

Ostrov ( sin palabras).
There Will be blood y la genial actuación de Daniel Day Lewis.
The Savages, con Laura Linney y Philip Seymour Hoffman.
The Darjeeling Limited (jamás entenderé por qué Wes Anderson figura tan poco entre las películas premiadas).
El remake de Funny Games de Hanecke con la actuación de Naomi Watts y otros. El trauma me duró varios días aunque no puedo dejar de admitir el poder del cine y las sensaciones que todavía puede provocar.
In the valley of Elah
Ira and Abby (qué bien me la pasé cuando la vi).
Las dos musicales de los estrenos del año: Control de Corbijn y La Môme.
Otras a destacar fueron: Atonement, Juno, Persépolis, La flor del cerezo de Doris Dörrie y Reprise de Joachim Traer.

Exposiciones

Wolfgang Tilmans, la colección de grabados de Toledo en el MACO Oaxaca, León Ferrari, Julio Galán, Thomas Hirschhorn, Marina Abramovic, Taka Fernández, Sinergia, Las implicaciones de la imagen, los cortos de Valerie Mréjen y, ¿por qué no? Vic Muniz. La decepción: Jeff Wall en el Tamayo.

El Top 10 de Momentos 2008:

El Año Nuevo en casa de la Morra; la fiesta de aniversario en La Tumbona; el día en que conocimos a Joe Félix y el día en que regresó a nuestras vidas; Pie de la Cuesta; el día del anuncio en Troncones; un baño en tina en el Camino Real de Acapulco; The 40 year old virgin en un hotel de Veracruz; el día en que nos mudamos y la semana que le siguió.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Hannah Höch



Uno de los grandes regalos de mi cumpleaños, fue un libro sobre Hannah Höch. Aquí va una cita, dedicada a Juan Antonio, por hacerme llegar este paraíso de imágenes.

"Quiero borrar las fronteras fijas que los humanos tendemos a trazar seguros de nosotros mismos en torno a todo lo que nos es alcanzable. Yo pinto cuadros con los cuales trato de hacer que eso sea comprensible, perceptible a la mirada. Quiero mostrar que lo pequeño puede ser también grande; sólo cambia el punto de vista desde el que juzgamos y todo concepto tiene su validez. Deseo seguir formulando la advertencia de que, aparte de tu concepción y tu opinión y las mías, existen millones y millones de otros modos de ver legítimos. Preferiría mostrar hoy el mundo como lo ve una abeja, y mañana como lo ve la luna, y luego como pueden verlo muchas otras criaturas, pero soy un ser humano; puedo, en virtud de mi fantasía, ser un puente. Deseo hacer sentir como posible lo que me parece imposible. Deseo ayudar a vivir un mundo más rico, para poder estar unidos más benignamente a este mundo que conocemos."

H.H

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Mi Lola (2005-2008)



Unos días después de que atropellaron a nuestra perra Matilde, me di a la tarea de encontrar una nueva mascota para nosotros. Hallé a Lola en un criadero de perros de raza Labrador. La pude adoptar pues, a pesar de haber nacido en un criadero, no alcanzaría la talla necesaria para poder venderla. Recuerdo muy bien cuando le conté a Alejandra, mi entonces jefa, que había encontrado varios perros en oferta: uno era macho pero no se podía vender pues nunca le bajó un testículo; la otra era hembra pero chaparra. Alejandra pensó que mis explicaciones eran meros pretextos para rechazar ambas opciones y me respondió muy enojada: "¡Ay, Chiquis! ¿pero qué no te has visto en un espejo? ¡Tú también estás chaparra!."

Cuando la recogí en un consultorio veterinario, pues el criadero se encontraba rumbo a la carretera a Puebla, era apenas una pequeña cría de Labrador. Sin embargo, no alcanzaba a entender cómo con esos dos pares gigantes de patas, podían argumentar que no llegaría a la talla de un adulto propio de su raza. En efecto, Lola creció sólo hasta cierto punto, hecho que provocaba en ella, un aspecto bastante gracioso. Todos los que la encontraban a su paso cuando la sacábamos de paseo, se admiraban de su nobleza y pensaban que era un rasgo distintivo de su ser cachorro. En los casi cuatro años que estuvo con nosotros, jamás lanzó un gruñido a nadie.

Al principio, le costaba un enorme esfuerzo algo tan simple como bajar las escaleras. Se le imponían como gigantescas mesetas y le provocaban un vértigo tremendo. Era como tener un tercer hijo pues mis otros dos, le daban una cuerda interminable. Mordía todo, era la más inquieta y juguetona. Descansaba en una postura similar a la de un tapete hecho con la piel de un tigre. Eso parecía: una alfombra de chocolate.



Más adelante, maduró. Se adaptaba a lo que la vida le pusiera enfrente. Se acostumbró a viajar entre una casa y otra con mis hijos cada quince días. Fue muy feliz en Valle de Bravo, en la cima del bosque de Tlalpan y en los parques de Chimalistac. Le tenía miedo a los demás perros. Su amigo más reciente fue nuestro gato, Joe. Tardaron un par de días en acostumbrarse a la presencia del otro. Luego de eso, se volvieron compañeros de juego donde, cabe decir, Joe siempre fue el líder. Todavía ayer, tal y como escribió D., Joe se ufanaba en alcanzar la ventana para ver qué había pasado con Lola y, así, dar con la posible explicación del por qué ya no entraba a casa.

Cuando por un tiempo viví en casa de mi madre, Lola aguantó estoicamente las medidas ajenas, y vivió en un pequeño patio con la esperanza de que la sacáramos a pasear a los parques de Chimalistac, en la medida de nuestras demandas cotidianas. Eterna compañera de juegos de Guido y Tomás, la recordaremos por siempre, como el apoyo que constituyó en todo momento: desde volverse una especie de sillón reclinable para la talla también pequeña de mis hijos, hasta asumir los tiempos de penas y alegrías; las vacas gordas y las vacas flacas.

Me consuela un pequeño gran hecho. Tuvo un último mes lleno de alegría, uno de los más felices. Entraba y salía de la casa, subía y bajaba de la azotea, me saludaba metiendo su hocico en el umbral de la puerta del coche cada vez que yo llegaba.

Ayer me sentía incapaz de explicar la pena que invade cuando estos extraños seres se meten en nuestro corazón a pesar de no ser personas. Tuve que interrumpir una visita guiada con mis alumnos para recibir la noticia de su muerte y no alcanzaba a explicar el motivo de mis ojos llorosos: "Disculpen ustedes, pero es que acaba de morir mi perra". En lugar de ello, me pareció mejor idea fingir una gripa implacable.

De regreso del centro, durante el trayecto del metro a mi auto, en el auto mismo, reparé en lo sabio que es el cuerpo, que se vuelve literalmente agua cuando encara una gran pena. Eso sentía, que toda yo me volvía agua mientras recordaba los mil y un momentos viejos y recientes junto a mi perra Lola. Uno de los últimos fue intentar ponerle un tratamiento en los oídos, dos veces al día en las últimas dos semanas. Tan sólo de ver las botellitas de medicina, se volvía una estatua. Poco a poco había que convencerla para que se recostara, a veces, con ayuda del abrazo de una pierna a manera de una Wilson. Me daba mucha risa observar cómo, poco a poco, el semblante de Lola se transformaba hasta ser la digna anunciante de un spa. Llegaba hasta roncar.

Sólo una gran verdad se me ocurre agregar ante su pérdida, y cito aquí a Guido, mi hijo mayor, que ayer escribía esta gran, gran frase: "Lola: me dio mucho gusto haberte conocido."

domingo, 2 de noviembre de 2008

Felicidad




A las 8:30 del lunes 13 de octubre, recibí oficialmente mi título de Maestra en Historia del Arte. Luz Ma., sinodal que fungió en calidad de Secretaria durante la firma de actas, reparó en la inusual manera de iniciar la semana. Una vez terminado el protocolo y despedirme de los representantes, acompañé a Daniel, Director de mi tesis, a que se tomara un café y fumara un cigarro. Platicamos de los proyectos futuros inmediatos; de la exposición próxima de Luis Barragán y de otras posibilidades en puerta. A raíz de Barragán y sus proyectos en el Pedregal, recordé a las dos personas que fueron el motivo por el que yo llegara a vivir a México a la edad de un año. Momentos después, acompañé a Daniel a que tomara un taxi; nos despedimos deseándonos buena suerte y feliz inicio de semana.

Una serie de papeleos y trámites en la UNAM impidió que arribara a tiempo a mi rutina habitual de los lunes: dar clase. No hubo tiempo, en esta ocasión, de celebrar con una fiesta de recepción o una gran comida. Tan pronto pasó el tiempo reglamentario en CU, me dirigí a mi nuevo hogar, ubicado en el centro de Tlalpan, a desvalijar cajas pendientes de la mudanza y acomodar libros, trastos, utensilios, ropa. Esa fue mi particular manera de festejar mi nuevo estatus. Alrededor de las 18:00, llegaron D. y los niños, estos últimos enfundados en sus trajes de Tae Kwon Do, demostrando las patadas triples y combinadas que aprendieron en clase. Ahora somos más en la casa: los niños, D., yo, mi perra Lola y Joe, el gato de D. Por suerte, Lola y Joe, acostumbrados a vivir en calidad de mascotas únicas, cada día que transcurre se caen mejor. A diferencia de la reciente vida pasada de Lola en la que, por ciertas circunstancias, su espacio vital se vio reducido a un pequeño patio por más de un año, hoy puede transitar libremente dentro y fuera de la casa. Cuando permanece afuera, tiene un jardín que, si bien no es grande, circunda nuestra casa de una sola planta por la que camina entre dos árboles de mandarina, una camelia y varios rosales, piracantos y alcatraces.

Por la noche del mismo lunes, llegó Alejandra, nuestra primera visita oficial a nuestra nueva casa. Cocinamos una pasta, cenamos con los niños, le entregué mi tesis autografiada, la cual esperaba guardada por semanas. Habérsela entregado en el día oficial fue una señal de buena suerte para nosotras.

El jueves siguiente recogí a los niños luego de sus talleres. Después de la mudanza parece que no extrañan la televisión. Las horas han transcurrido en la revisión de sus antiguos libros que parecen nuevos cuando los desempacamos. Les conté el añejo chiste de la fiesta de los papeles en la que el papel Bond salva a los pocos sobrevivientes al filo de los hermanos tijera. A mi sorpresa, se rieron mucho y yo lo celebré doblemente. Por la noche, fuimos D. y yo a ver, por tercera vez, los videos de Valérie Mréjen al Laboratorio Arte Alameda. Tuve la suerte de conocerla, en su franca paz. Los alumnos que acudieron al evento también la conocieron. La próxima vez que los vea, si ya he logrado desembalar todas las cajas de libros para aquel entonces, les leeré fragmentos de "Mi abuelo" -la pequeña novela autobiográfica de Valérie- como éste:

"Mi abuelo viajaba todos los años a Italia, desde donde enviaba una postal dirigida a nuestro perro."

"De niño, mi abuelo gastaba bromas en los hoteles. Echaba en los orinales unos polvos que hacían que la orina se pusiera espumosa y verde. Volvía locos a los botones."

"Cuando nos pasaba algo, mi padre nos tranquilizaba diciendo: 'no es grave'; y añadía: 'nada es grave, sólo la muerte'."

Luego de la exhibición de los videos, fuimos al Covadonga con Valérie, Cuauhtémoc, Tania, la Morra y D. Por la noche, D. y yo dormimos con los cuerpos amarrados en un largo abrazo, por quinta noche consecutiva.

A la salida de la clase que doy los viernes por las mañanas en el Claustro de Sor Juana, caminé por el andén del metro, como siempre, hasta alcanzar los primeros vagones. Perdida en mis permanentes tribulaciones, me vi distraída, de pronto, por las cabezas de dos hombres que asomaban por entre las pequeñas ventanillas de ventilación del primer vagón. Me sorprendió el cinismo, por no decir, la valentía con la que me hacían señas y me lanzaban chasquidos, sacando sus manos al exterior de la ventanilla y haciendo aspavientos con ellas para que yo me acercara. La sorpresa fue rápidamente sustituida por el inicio del miedo... ¿Y si entro al vagón y ellos se cambian al mío en la siguiente estación?, ¿qué debo hacer? Dos vendedores de Cds piratas que esperaban en el andén al igual que yo, se mostraban igual de estupefactos ante las muecas deliberadas de los extraños hacia mí. En eso, se asomó el chofer del metro, hizo otra serie de ademanes, supuse que iban dirigidos a mí, lo verifiqué al voltear la cabeza al lado contrario, pues no había nadie cercano que las pudiera descifrar. Al volver hacia el chofer, por primera vez di un vistazo al interior del vagón en el que, supuestamente, viajaría. Me sorprendió ver, en medio de él, un retén; estas altas estructuras plásticas color naranja que se utilizan en los andenes después de las 17:00 para dividir los vagones exclusivos de mujeres y niños. Al interior del vagón, alrededor del retén, observé a varios hombres, unos parados y otros sentados, con la mirada perdida y el cuerpo uniformado. Descarté que se tratara de reos pues su vestimenta no era parda sino de una combinación de azules asépticos. Lo anterior, conjugado con el pelo cortado a navaja y las reacciones completamente descontextualizadas de los primeros dos personajes, me hizo constatar que se trataba de los internos de un pabellón psiquiátrico. La nave de los locos, en una mañana de viernes en el metro de la Ciudad de México.

Las puertas del vagón jamás se abrieron. De cualquier forma, no pude evitar pensar en la suerte de una distraída, más pendiente de sus tribulaciones mentales que de los acontecimientos externos ¿Qué hubiera sido de mí si las puertas se hubieran abierto y yo entrara en automático, como casi siempre? Haber sido avisada a tiempo por medio de tantos signos extraños fue, en sí, otra una buena señal. Lo consideré un amuleto más de aquella afortunada semana.

Al parecer, en días próximos conoceré a F.A. Le entregaré, tal y como antes lo había pensado, mi tesis, emparejada a la foto de los perros que duermen en forma de ovillo.

jueves, 9 de octubre de 2008

Insomnio



Cada vez que el insomnio sucede, interrumpe mi sueño en las primeras horas de la madrugada. Me atrapa en medio de las tribulaciones que mi alter ego me hace a mí misma. Años antes, el insomnio sólo me tomaba presa en los periodos de exceso de trabajo. Semidormida repasaba, uno por uno, los pendientes de una interminable lista mental hasta que me despertaba y no podía volver a conciliar el sueño.

Desde mi infancia hasta mi temprana juventud, sólo sucedía ante un evento de inminente importancia: el primer día de un campamento lejos del lecho familiar, en la víspera de un viaje, la noche posterior al primer beso, el día anterior a los resultados del ingreso a la universidad y, luego, el día previo a formar la fila para elegir los horarios de clase.

Escasos años atrás fueron inmejorables pesadillas: cuando las olas me engullieron y, a diferencia de las noches en que me visitaba ese sueño recurrente, no salí a flote; cuando un soldado me disparó a quemarropa y advertí mi blusa blanca lavada en sangre; cuando soñé con atroces atropellos viales en Insurgentes o con el desuello del vecino de manos de un sociópata.

Tras la maternidad, supongo que los músculos se aflojaron. La vejiga no soporta el paso de más de seis horas pese a obedecer el consejo que comparten médicos alópatas y naturistas: no ingerir líquidos después de las siete de la noche. Cuando aparentemente sólo esto sucede, al regreso del baño y, de nuevo, internada en el pulmón de la cama, tomada víctima por el gancho amoroso del que despierto con mis pequeños ruidos, retomo lo que inconscientemente llevó a despertarme (la vejiga no o, al menos, escasas veces). Mis tribulaciones tienen que ver con los alumnos que me dan problema, con escribir o no, cuándo, cómo y dónde, si con los hijos que tengo o con uno más, con adivinar cuál será mi verdadera vocación y por qué hay personas, a diferencia mía, que la descubren tan temprano. Con escribir o trabajar, escribir o comer, escribir lo que quiero o lo que debo.

Anoche, me vi de pronto en medio de una larga retahíla de imprecaciones dirigidas a un alumno. La escena es similar a cuando uno se descubre a sí mismo hablando solo en su automóvil, en medio de las islas de autos que no sucumben al tráfico y que se mantienen como mausoleos itinerantes, movidos por bloques, hasta que uno de nosotros muera de un infarto, de un derrame cerebral, por una crisis hepática espontánea o por un estornudo reprimido, y todos nos demos cuenta, arrebatados repentinamente de nuestros pensamientos por ese molesto claxon que no se apaga al ser pulsado por la cabeza de la víctima que cae sin vida al frente ¿Cuántas veces no hemos visto esta escena en el cine o en la TV? Se ha vuelto un pastiche recurrente en mi insomnio. La última vez, recuerdo, fue en la más reciente de Shyamalan: un suicida arremete contra un árbol a toda velocidad. Sólo queda el grito escandaloso del claxon, mantenido en una sola nota aguda que entra a nuestros oídos como si se tratara de una grave.

En días previos a las mudanzas, el insomnio es sólo un juego donde acomodar cajones: ¿qué va en aquella caja?, ¿Por qué poner lo pesado encima de lo frágil?, ¿Cuántas veces más tendré que cambiar de morada?...

De regreso del baño, lo que parecía un simple sueño se vuelve cuerdo. Soy incapaz de detenerlo. Se vuelve un ejército, una marabunta de hormigas plateadas que invade la cama. Me abruma tanto como el hecho de reconocer que se me van segundos, minutos, horas de sueño. Sin embargo, no puedo parar, sé que mañana voy a despertar agotada. Cuento ovejas, inhalo por los pies y exhalo por la coronilla, me concentro en mi respiración. Nada. Como búho aguardo, todo lo que contemplo es azul. A lo lejos, el rumor del endeble tránsito que se fortalece conforme el azul se dispersa y mis párpados buscan, de nuevo, la humedad de las lágrimas.

martes, 16 de septiembre de 2008

Paparazzi (Crónica de un no-encuentro)



El valor de la distancia se muestra en este pequeño recuadro. Éste, se refiere a la distancia física. Respetuosamente, sólo pude inmortalizar los momentos en que Francis Alÿs jugaba con su hijo entre las olas. Más cerca de mí lo tuve un par de veces a lo largo de una semana. Cuando hablo de la distancia física evito, ante todo, relacionarlo con cualquier clase de distancia de carácter emotivo. Más cerca estuve de él al contemplar su obra. Fueron meses o probablemente un año, en los que estuve franqueada por sus piezas y los límites de tiempo que tenía para recibirme.

Más cerca, también, cuando reparé en el hecho de haber fotografiado a unos perros acurrucados en una calle desierta apenas punteaba el alba. Lo hice sin un motivo premeditado. Tan sólo recuerdo haber pasado de largo en el auto y, repetinamente, frenar, girar el cuello hacia el vidrio trasero y marchar en reversa; moverme con sumo cuidado mientras desenmascaraba la cámara y tirar tres, cuatro veces hacia ellos, sin medir la pena de despertarlos o el peligro de que, una vez despiertos, tornáranse en una pequeña jauría enfurecida. Pero no, allí estuvieron como seis obedientes ovillos de lana, a la espera inconsciente de ser retratados.


Sólo adiviné la relación cuando imprimí el tiro y lo comparé con las imágenes de los perros fotografiados por Alÿs en Burma, en Río, en el Centro. Recordé, asimismo, la fascinación que los frescos de Lorenzetti en Siena, causaron en Alÿs . Un momento de quiebre para el entonces arquitecto, en el umbral del próximo estadio de su vida. Desde entonces, me gusta duplicar la foto y regalarla a quien considero alguien especial dentro de mi microcosmos, o a quien contempló la foto y, simplemente, le agradó. Siempre pensé en imprimir la imagen y enviarla a Francis Alÿs, adjunta a mi tesis sobre su obra. Hasta el día de hoy, sigo pensando en hacerlo una vez que imprima los ejemplares, esta misma semana.

En todo este tiempo, desde el día uno evoqué las múltiples posibilidades que tenía de encontrarlo a raíz de mi tesis: en algún coloquio, en un proyecto curatorial futuro... en mi mente podía dar rienda suelta a toda la serie de oportunidades que desdoblaba mi mente, como los sets aleatorios de solitarios desplegados por el monitor de una aburrida computadora. Es en esos precisos momentos, como en los del incauto análisis de sus piezas, cuando la distancia emotiva se acortaba y donde me sentía poseedora de un don infalible al ser capaz de desentrañar un posible misterio. Ser, por elección propia, algo más que una fan, o bien, una fan con permiso tutorial, como quien presenta una apostilla ante un notario público; con la autorización concedida por un interventor de Gobernación que acreditara mi intimidad y/o mi sapiencia respecto al sujeto en cuestión.

Pero jamás imaginé que fuera de forma tan intempestiva, sin aviso alguno, en medio de una vacaciones en Pie de la Cuesta. C.M., sinodal de mi tesis, acertó a decir: "No sabes a quién vas a conocer en este momento." A continuación, apareció como llamado a la escena. Altísimo, como se le ve en los libros, en las imágenes, en los videos. Altísimo como aquella única vez en que lo atisbé hace cinco años atrás, volviendo su espalda hacia mí, camino a lo que era, seguramente, su estudio en las calles del Centro, luego de una magna conferencia sobre su obra Cuando la fe mueve montañas, en el Antiguo Colegio de San Ildefonso.

Cuando estrechamos nuestras manos, yo sólo alcancé a emitir un gritito, por suerte interno, y añadir: "Yo hice una tesis sobre tí", a lo que él respondió: "Desolé".

Desolada estuve yo las siguientes horas, los siguientes días. Desolada y perpleja. Trataba de convencerme a mí misma de que no iba a haber un segundo encuentro ni fortuito ni gratuito ni deliberado. Entendía que se trataba de sus vacaciones, que éramos meros vecinos de habitación en un pequeño hotel. Formulé racionamente, uno a uno, los motivos por los que esa conversación no se iba a dar, al menos, en esta ocasión. Y, sin embargo, la soñadora irredenta que llevo dentro, guardaba en lo más profundo de su médula, la posibilidad de un milagro o, al menos, el arrojo de una ridícula valiente. Pasaron noches en que nos sentábamos en sendos extremos del restaurante. Al día siguiente, elegíamos la mesa contigua de la noche anterior a la suya. Y nada. La suerte me abandonaba dejando, de nueva cuenta, a Alÿs del otro lado del universo.

Las pocas veces que coincidíamos, ellos bajando a la playa, nosotros subiendo a la habitación, o viceversa, nos saludaba respetuoso, como quien recuerda y practica las reglas mínimas de cortesía, características de los mexicanos. En otras ocasiones, yo corría mis tramos habituales matutinos antes de que el sol se volviera un tirano, y los encontraba, de nuevo, a él y a su hijo al acecho de las olas. Nos despedíamos amablemente.

¿Cómo explicarle que hasta le tenía una posible acción artística? El día de nuestro arribo, horas antes de conocernos oficialmente, D. y yo caminamos sobre la playa hacia el extremo contrario (el rito inaugural de cualquier vacación sobre la arena). Estábamos tan felices que no alcanzamos a darnos cuenta de que, en algún momento, cruzamos la frontera de territorio militar. Sólo lo comprendimos cuando observamos acercarse en línea directa, a un perro criollo con los dientes desnudos, correr a toda velocidad hacia nosotros. Yo grité en el momento en el que me percaté de que el perro no estaba dispuesto a aminorar su paso. Era demasiado tarde, además, para emprender la carrera en sentido contrario y meterse al agua. Pero como por arte de magia, el perro se detuvo a escasos decímetros de nosotros. Detrás de él, a lo lejos, un militar armado nos hacía señales para que abandonáramos el terreno. Una vez que dejamos de mentar madres, recordé la acción Gringo de Alÿs, en la que se enfunda unos gruesos pantalones de entrenamiento para perros de ataque y visita, cámara en mano, los senderos inhóspitos de Epazoyucan, Hgo.

Obviamente, guardé las esperanzas de relatarle el proyecto, de acompañarlo con una cámara hasta el territorio resguardado por los marinos e intentar reanudar la experiencia, esta vez, para volverla una acción artística que hablara de la imposibilidad de caminar por un territorio reconocido como propio por mandato Constitucional. Probablemente, mi primer trabajo curatorial. Pero no, jamás lo hice. No conté con la imprudencia, la valentía o el desparpajo necesarios para hacerlo. Ante todo, sabía que estaba de vacaciones. Lo más que llegué a hacer fue sugerir torpemente a C.M., un encuentro informal, a lo que él jamás entendió ni hizo reparo alguno. En parte, me interesaba hablar también con él sobre las posibilidades de un doctorado en un futuro mediato, qué se yo, hablar sobre el arte, sobre la vida misma, escuchar anécdotas propias de sus infancias. A final de cuentas, uno no se encuentra todos los días con semejante dúo posmoderno en medio de sus vacaciones familiares. Pero no. Comprendí que, muy probablemente, lo que menos desearan era lidiar con alumnas o admiradoras.



Aquí está la prueba más grande de mi osadía. Lo más cerca que llegué fue a fotografiarlo a lo lejos, con el defectuoso zoom de mi excámara Olympus de seis megapixeles. Debo reconocer que algunas me gustan. Son recatadas hasta cierto punto. Constituyen para mí, un homenaje a un hombre que se olvida de quien es mientras juega con su hijo a abatir las olas. Seguramente juega con él para enfrentar el posible miedo infantil, en un juego tribal de hombre a niño, de padre a hijo, como un águila enseñara a volar a su aguilucho. Enfrentar la vida en un mero acto, como ejemplo práctico y demostrable de lo que, en sí, es estar en este mundo.



Antes de que esta entrada se vuelva una cursilería barata, mi imprudencia, de nueva cuenta, sólo llegará a publicar estas fotos en mi página de flickr, a postear la crónica de este no-encuentro en mi blog de contados lectores, a mandar mi tesis a Francis Alÿs una vez que esté impresa con una fotografía adjunta, donde se mira a unos perros dormir en forma de ovillos de lana.



En el inter, evocaré el día en que contemplé a Francis Alÿs mirar, a su vez, en medio de una turba espontánea, a las mantarrayas surfear en las olas de Pie de la Cuesta.

sábado, 16 de agosto de 2008

Sincronicidad junguiana


(A unos días del 9 de agosto)

Sucedió hace un año. El 9 de agosto, para ser exactos, según recuerda D. Lo tiene tan fresco en la memoria pues un día antes celebraba su cumpleaños número treinta y siete. Si bien lo nuestro no ha sido tácitamente una historia de encuentros y desencuentros, nos consta haber estado en el mismo lugar al menos dos veces antes de conocernos realmente.

La primera fue hace más de diez años, en el 95 o 96. En aquel entonces yo trabajaba para Plaza & Janés como Coordinadora de Difusión y Relaciones Públicas. Estábamos por presentar los libros de dos autores distintos, ambos jóvenes promesas literarias españolas: Ray Loriga y Benjamín Prado. Para sede de la presentación, elegimos el local del ahora desaparecido Alejandro Aura, El hijo del cuervo. Debíamos, ante todo, estar a tono con los estoperoles, el pelo oxigenado, los jeans deslavados y las botas de piel de cocodrilo de Loriga. En ese tono, debíamos elegir, asimismo, a nuestras jóvenes promesas nacionales para que los presentaran. Uno de ellos fue Roberto Max y el otro elegido fue D. La noche, un abanico de texturas disímiles: la emoción incontenible de Benjamín Prado ante las palabras de sus presentadores, en contraste con el desencuentro –ese sí– entre Paula, mi mejor amiga y la que escribe, y las peripecias que la noche le deparó al propio D. en su mundo, separado del mío. Nuestra relación sólo llegó a estrecharse lo suficiente para entregarle el par de libros a reseñar, darle la bienvenida en El hijo del cuervo y divisarlo un par de veces en el lugar destinado para la fiesta.

Hace casi un año (desconocemos la exactitud con certeza, entre su arribo y mi partida o viceversa) estuvimos en el mismo evento, en el mismo lugar, sin reconocernos. Por aquel tiempo, mi pasatiempo preferido –o como mi mejor amiga lo definió de excepcional manera: un trabajo de medio tiempo sin goce de sueldo– era flickr. El día que subí mis imágenes por vez primera, lo recuerdo como si estuviera ahora afinando un instrumento. Era un lunes a las 11 pm a finales de mayo. Acabé por acostarme a las 4 a.m. con todo y que al día siguiente me esperaba un día ordinario, es decir, amplio en tareas; llevar a los niños al colegio, trabajar, recogerlos, volver a trabajar, etc.

Los tres meses siguientes a aquel día, mi popularidad en flickr subió como la espuma de una XX Lager en día festivo o en anuncio publicitario en el tiempo extra de la final del mundial de futbol. Tenía más de cien contactos que visitaban mis páginas y yo visitaba las de ellos. Amigos por todas partes: España, Singapur, Chile, Suecia, Israel, Colombia. Me habían invitado a formar parte de grupos fotográficos amateurs que a mí se me antojaban de lo más exclusivo. A uno de ellos me invitó mi obseso y vicioso amigo de la vida, alma milenaria, el Onder. Padrino cibernético por doble partida, él fue quien me orilló a caer primero en flickr y luego en facebook. Se trataba del fotopong, una especie de cadáver exquisito fotográfico. La dinámica del juego consistía en partir de una primera foto para luego, por turnos, interpretar sólo el último tiro con una nueva y así sucesivamente, hasta completar una cadena completa. Fue así también como conocí a El Calamar.

Conocerlo es mucho decir. Resulta peculiar analizar lo entrañables que de pronto se vuelven las relaciones virtuales. Cada vez que me topaba con sus fotos, sentía que conocía a sus hijas, que su mujer y yo podríamos ser amigas, que había acariciado a su perro (aunque ahora, pensándolo bien, desconozco si el Calamar tenga mascotas u odie a los perros o prefiera a los gatos. Lo que sí sé es que también estuvo en el Parque México el mismo día en que yo presencié la marcha por la legalización de la cannabis). Casi todas las veces que entraba a su página, dejaba grandes elogios. Mirando sus fotos fue que me interesé por conocer hasta hace unas breves semanas, el kiosco de la Sta. María y el Museo de Geología. Igualmente, él me dejaba comentarios, me invitaba a visitar La Galería Virtual en flickr. Eramos, lo que se puede decir, conocidos cyber. Las fotos de El Calamar en el fotopong eran inmejorables. Fue para mí un gran reto reinterpretar aquella de su hija con una sombrilla estilo oriental de color verde. Si no lo superé con creces, al menos fue mi tiro más elocuente y más elogiado. El Calamar mismo fue quien me dio la noticia de su aparición en bighugelabs, una subpágina de explore en flickr donde aparecen los tiros más visitados y sobresalientes. No cabía en mí de la emoción.



Un día cualquiera, El Calamar me mandó un correo con una invitación, esta vez, a una exposición no virtual. Se trataba de una exhibición pequeña de fotos tomadas en el Japón. El fotógrafo se llamaba –y se sigue llamando– Aurelio Asiain. Recuerdo muy bien una de sus fotos. Él, fotografiándose en el interior de un elevador mientras dirige su mirada y el rabillo de su cámara hacia el techo espejeante. Puede ser que lo que sigue sea más bien fruto de mi imaginación desbordada o maltrecha pero, si mal no recuerdo, Aurelio no se encontraba solo. Lo acompañaba una típica japonesa, típicamente inmutable ante lo que podría calificarse como un impulso intimidatorio del que empuñaba el arma, la cámara fotográfica, en las paradójicas posibilidades que sugiere siempre el espacio de un ascensor; público al tiempo que íntimo.


(Ahora que busqué la imagen para subirla a esta entrada, corroboro que tanto mi memoria como mi imaginación no andaban del todo perdidas)

Aquel 9 de agosto, hace un año, llegué tarde pues salía de las juntas semanales que tenía en Universum. Arribé en Coyoacán, a la Casa de la Cultura Federico Reyes Heroles cuando todo había prácticamente terminado. Eso me dio, al menos, la oportunidad de observar cada una de las fotos con la debida mesura, sin la presión del exceso de trashumantes al mismo paso que conllevan las inauguraciones, grandes o pequeñas. En eso llegó El Calamar a, finalmente, estrechar mi mano. Viejos conocidos, no hallamos qué decir. Yo me moría de la vergüenza pues su saludo fue delator: había llegado al final de la inauguración. No cruzamos más de tres frases, yo le pedí disculpas, le dije que tenía que irme pronto. Me sentía ajena en medio de los últimos convidados, familiares seguramente, la gente más cercana.

A Aurelio nunca lo saludé. Tampoco a D. Meses después, en uno de nuestros tantos escarceos amorosos (y con esto, no quiero confundir al lector: los escarceos amorosos entre D. y yo son las grandes pláticas que tenemos desde que nos reencontramos; en las sobremesas, en los viajes de carretera, mientras observamos a las mantarrayas surfear en las olas del mar, al principio o al final del día), reparamos en que habíamos estado en la misma inauguración ¿Cómo fue que jamás nos topamos el uno con el otro, que nuestras miradas jamás coincidieran? Tras analizar la situación obtuvimos la siguiente conclusión: él llegó muy temprano, yo llegué muy tarde. No concordamos por diferencia de cuartos de hora o quizá de minutos o de segundos... Él, al igual que yo, tampoco pudo estrechar la mano de Aurelio ¿Y cómo fue que llegamos a hablar de Aurelio entre otras tantas cosas que comentamos a lo largo de nuestros maravillosos días juntos? Esto no lo recuerdo tan bien. D. me habló alguna vez de su blog Al margen del Yodo, que ahora visito con frecuencia. Cambié mi antiguo vicio del flickr por otros igualmente saludables. Ahora D. y Aurelio son amigos virtuales; se envían libros, se cartean por mail.

Hoy D. y yo soñamos con visitar Japón, el lugar de nuestras personales obsesiones que también compartimos. Ojalá y, en un par de años o, en menos, estemos D. y yo tomando sake en Japón, en compañía de Aurelio y de Montserrat. Quién quita y hasta viene El Calamar con su esposa. Soñar no cuesta nada.

(La versión de los hechos escrita por el Vaquero, aquí)