jueves, 6 de octubre de 2011

¿Nuevo miembro en la familia?



(Para Sofía y Julieta, mamás bloggeras)

Han sucedido muchas cosas desde la última entrada. Carlita renunció y, pese a que hice hasta lo imposible porque su salida no fuera melodramática, fue eso y más. Días después comenzaron a arderme las palmas de las manos. Pensé que se trataba del detergente, desacostumbrada como estaba de lavar platos y otras cosas incluso en fines de semana. Cuando la comezón fue aumentando, una de mis amigas me dijo que se trataba de una alergia nerviosa, algo llamado "soriasis". Para entonces las manos se me despellejaban, digamos que no se me caían a pedazos pero casi. Lo peor no fue eso sino el momento en que ligué los pedazos que a mi madre verdaderamente sí se le caían de sus manos en nuestra infancia. Mi mamá comenzó más joven con ese trastorno, tenía una vida más difícil en muchos sentidos. No vivía en su país, estaba lejos de su madre, sus hermanas, sus amigas. Estaba casada con mi padre, un machín prototipo de los '70s que se paraba de la mesa en el momento inmediato en que le decían que no había bolillos para acompañar la comida. Pero además, mi mamá era perfeccionista, obsesiva, nerviosa, estresada...un poco como yo. Luego de hacer el link con mi soriasis y la de mi mamá, el siguiente pensamiento que me asaltó (más bien, me torturó) fue que, claro, se trataba de una bienvenida adelantada de los cuarenta que se avecinan... el glamour de los cuarenta.

Hice varias cosas para la soriasis, tomé flores de Bach, me descolocó emocionalmente pero en fin, se trata del proceso normal de curación, me dicen. A las pocas semanas del abandono de Carla -que dejó de ser Carlita para siempre en nuestro imaginario familiar en cuestión de segundos luego de su salida de telenovela- llegó Yola. Vino a conocer la casa un domingo por la noche con dos amigas más. Traía el pelo pintado de rojo y eso, de entrada, me cayó bien. Para entonces Yola no sabía pero yo tenía una lista mental kilométrica de las cosas que, esta vez, no iba a permitir ni conceder. Necesitaba una real ayuda, alguien eficaz, eficiente, no sólo que me adivinara el pensamiento sino que se me adelantara a pensar. Así de complicadas somos las mujeres. Yola aparentó ser sincera y decir que había sido niñera en su último trabajo. Que le sabía más o menos a lo de la limpieza y otro tanto a lo de la cocina. Le dije que yo no buscaba una niñera. Anna acababa de entrar a la guardería y tenía hijos que disque ya se cuidan solos. Tengo dos preadolescentes en casa: uno de once y la otra de un año siete meses. Y como nadie es monedita de oro, menos yo y mi familia, le advertí de lo sui generis, disfuncionales e intensos que podemos llegar a ser, no con esas palabras, claro está. Yola, con muy buena actitud, quedó de llegar a la mañana siguiente.
Yola mostró ser en cuestión de horas no mejor que Carla sino mucho mucho peor, far beyond. Hasta las cosas más básicas como poner una mesa se le complicaban. Para mis adentros yo respiraba hasta cien, paciencia, paciencia. Comenzaban a picarme las manos. De la cocina ni hablamos, yo acostumbrada a nanas oaxaqueñas que confeccionan platos mexicanos tan bien como los chilenos. Que además de cocinar y limpiar, hacen disfraces, fabrican piñatas para los cumpleaños... supuse el triste fin: N-E-X-T. Lo peor fue una noche en que llegué a ver qué hacía Yola en la cocina. Partía jitomate y cebolla, muy mal partido, como era obvio. No me quise meter, sólo le pregunté que para quién pues supuse que alguien se lo había pedido: "Para mí, señora. Es que voy a cenar apenas". Le hice carita de ok, me dí la media vuelta y salí de la cocina. Acto seguido, un ruido apocalíptico, yo que giro y veo reflejadas llamas descomunales en la puerta de madera y uno de los gatos que sale corriendo despavorido. El ruido era el del sartén que había dado a parar al piso. No reparé en que Yola tuvo a bien hervir aceite en lo que cortaba las verduras y como corta a dos por hora, pues el aceite del sartén saltó en el momento de echar las verduras al fuego y la cocina se incendiaba.

En realidad no se incendió.

No pasó nada, de hecho, ni un trapo chamuscado. Pero por mi cabeza pasaron las peores escenas: Anna en su sillita, los niños cenando, esta chava con la cara deforme por las quemaduras. Le expliqué, por suerte no me enojé, lo que sucede con el aceite y otras sustancias calientes como mantequilla, azúcar, etc. Le dije que a partir de ese momento utilizaría las hornillas de la cocina sólo si estábamos nosotros. Al día siguiente mi querida Luci, la que solía ayudarme con los niños unas horas a la semana, se volvió la cocinera y la planchadora. Le pagaría por horas. Yola sería ahora la niñera.

No podía tomar una decisión precipitada, me iba en semanas a un viaje, dejaría a los niños solos por primera vez. Me ayudaría mi familia en muchos menesteres y, en cuestión de limpieza, es peor no tener nada que tener a alguien que haga lo mínimo indispensable. Pero mis insomnios y pesadillas regresaron ¿estaba yo acaso jugando con el bienestar de mis hijos?, ¿era peligroso tener a Yola en la casa?, ¿su ingenuidad se extendería a otros terrenos como la seguridad, la gente extraña que toca timbres, etc. etc., etc.? Por el otro lado se me cruzaban los cables con esta pinche filosofía de vida que nos cargamos: la educación como herramienta de cambio, este país necesita de solidaridad, vivimos en una sociedad apática y despreocupada por el que tenemos enfrente de nuestros ojos. Todo eso aunado a las culpas pequeñoburguesas: Yo estudio mientras otras trabajan para que yo pueda estudiar. ¿Me lo merezco? ¡La puta suerte!, ¿qué coños he hecho para merecerme más? No lograba yo enlazar la A con la B.

En uno de esos días en que no daba más con la lista ordinaria de pendientes, muchos como siempre, traté de relajarme. Llamé a Yola y pedí que se sentara a jugar con Anna. No lo podía creer. Yola era la persona más divertida y Anna se la pasaba bomba. Le leía hasta en inglés. Luego ya me contó que en las anteriores casas donde había trabajado existía una legión de servidumbre: desde guaruras y choferes hasta recamareras, cocineras, jardineros, etc. En ese momento pensé que la que me estaba haciendo un paro al ocuparse de casi todo en una casa donde viven cinco personajazos, era ella a mí y no yo a ella. En el pasado, Yola se ocupaba de los chavos de principio a fin y escuchaba todo, hasta las clases de inglés. Su pronunciación de "Cars" película con la que está obsesionada y pretende traspasar esa obsesión a Anna, es mejor que la mía por mucho.

De cualquier forma, yo seguía deprimida. D. se llevó a Tomás al TKD. Guido se quedó porque andaba enfermo sin ir a la escuela por dos días. Intenté relajarme y no pensar en lecturas pendientes, maljugadas de la vida, doctorado, tesis, economía, etc. etc. Me senté en el cuarto de los niños hombres sobre la alfombra y le propuse a Guido que jugáramos "Verdad o reto". Invité a Yola a que se sentara con nosotros y jugara también. Guido fue por una botella para establecer los turnos.

El primer turno le tocó decidir a Yola si me imponía una verdad o un reto. Ah caray, a ver qué se le ocurre. Decidió que "Verdad" y me preguntó: "A usted, señora, ¿qué es lo que la hace más feliz en la vida?"

¡No mames!, hace mucho que nadie me contactaba así, vaya, ni mis mejores terapeutas ni yo que me jacto de ser tan creativa. Tardé mucho, pero mucho en formular una respuesta de seguro bastante pendeja que olvidé en el minuto siguiente. Pero de que me descuadró, me descuadró. A los pocos turnos me tocó preguntar o retar a Yola. Le regresé la bolita: "Y a ti, Yola ¿Qué es lo que más te gusta en la vida?"

Ni tarda ni perezosa, Yola respondió, amplia y ancha, como si llenara el espacio del cuarto con su sola presencia: "A mí, señora, lo que más me gusta en la vida es bailar".

Puta madre, ¿en qué momento se me olvidó eso a mí?, ¿cuáles son mis prioridades?, ¿qué no era esa yo?, ¿no era yo la niña que jorobaba a sus padres con clases de ballet en lugar de teatro o pintura?, ¿no era yo la que sacaba libros de contrabando de la librería para aprenderme las cinco posiciones básicas de ballet, el arabesque y más jaladas en vista de que nada iba a conseguir con mis ruegos?, ¿no me salía yo al jardín de mi casa a ensayar mis mejores pasos con el volumen de la música a todo lo que daba si tenía una fiesta en puerta? ¿acaso no perdía yo pretexto o motivo para organizar festivales improvisados en la cuadra con motivo del Día del Padre, de la Madre, la llegada de unos primos y poder, así, poner los pasos de un numerito musical? Varios años después ¿No fui yo una de las organizadoras del baile navideño que cerró el año de mi último trabajo de oficina?. De ahí pasé al "¿hace cuánto no bailo?", "pero si yo bailaba hasta en los pasillos, en el coche con todo y que a mis hijos les doy ya pena ajena", "¿qué pasa conmigo?"

Al siguiente turno tocó que yo le impusiera una verdad o un reto a Guido. Y que le digo: "Órale chavo, ponte a bailar con Yola y que te enseñe unos pasos. Mira que lo que mejor se cotiza en el mercado son hombres que sepan bailar y llevar bien a las mujeres" Para entonces, Yola ya nos había relatado que lo que mejor se le da es la cumbia seguida del rock and roll. La salsa y la norteña, para su gusto van muy rápido. Menos mal porque puso a girar a Guido como pepita en comal. Él feliz pero la que no cabía en sí, vaya, nunca le había visto esa mirada, era Anna que hasta se paró para ser la siguiente.

Yola es de Veracruz y como su casa está muy lejos -ya saben, el día de camino clásico entre las dos horas que hace a la terminal, las diez horas a la ciudad más cercana de donde parte transporte cada cierto tiempo a su pueblo, otras dos horas-, no puede visitar a su familia todos los fines de semana. Me ha contado que por su casa había caballos y vacas pero ahora ya no hay ni burros. "Eso sí señora, es campo campo." Las gallinas de su familia se fueron muriendo de la enfermedad de las gallinas. Tenía una gatita pero la envenenaron.

Le pregunto: "¿Y cuándo bailas tú, Yola, si no vas a las fiestas de tu pueblo todos los fines?" Estúpida yo que sólo se imagina la vida de una manera. "Pues los domingos, señora".

Ahí va Yola, casi todos los domingos a un lugar donde el baile arranca desde las 10
a.m. a morir. Se va con tacones, la admiro. Supongo que el salón no le queda nada cerca.

Y pues con la noticia de que Yola no se va hasta que ella quiera o hasta que nos aguantemos mutuamente. Ya reorganizamos el asunto y yo haré mis sacrificios que a estas alturas, se me antojan bastante pocos. Todos, de hecho, hemos hecho un ejercicio de tolerancia mayúsculo: D., Anna, los niños, yo mera. Ayudo con los lunchs y preparo los desayunos, me levanto un poco más temprano, eso es todo. Yola ya toma flores de Bach para reforzar la memoria, el poder de concentración y atinar a tolerarnos a todos.

Y sí, decidí quedarme con la que me abrió los ojos. Pero sobre todo, porque no puedo evitar que me caiga rebien.

martes, 9 de agosto de 2011

Vacaciones



Todo comienza con el anhelo. Los días se dilatan de sólo evocarlo. No obstante, en un parpadeo se acercan hasta que esos que queremos, llegan: los días de vacaciones acariciados por tantos meses.
La carretera es un paraje disfrutable sólo para los adultos que, anteladamente, sufrieron de exceso de chamba previa, lo que no les impidió de armarse de una buena selección de música. Los niños cuentan las curvas, las montañas, las casetas y los zopilotes. Nos marean con su "¿cuánto falta?" cada diez minutos pese a las advertencias nuestras de no develar ninguna clase de información, a toda costa, ignorando cualquier porfía. Nuestra resistencia parece estar tan curtida como nuestras estrenadas arrugas, a veces, no siempre.
La noche previa, el sueño con retenes; la atmósfera de inseguridad que nos permea tras la última emisión de noticias, toda clase de recomendaciones para quienes osan viajar en carretera. La pesadilla fatal, imaginarse en el peor de los escenarios para saber qué hacer en dado caso. Pasan por mi intrincada cabeza desde llantas ponchadas hasta abusos de autoridad, vejaciones, violación y tortura.
Aunque me confieso no practicante-casi atea, no puedo evitar el tradicional rezo mental cuando los neumáticos de la Scénic se amarran a la autopista. Los niños se impacientan, quieren comprar revistas, papitas, rastrillos y cubetas con todo y que llevamos un par de cada uno de los aditamentos playeros en la cajuela. Ignoran aun, que la canción que oyen se les quedará grabada en la memoria. Regresarán a ella y a este viaje cada vez que la vuelvan a escuchar.
Llegamos al mediodía al soñado paisaje. Nuestra carne reluce en su palidez, insisto en sumir la panza, para el tercer o cuarto día ya no me importará más. Sólo queda la mitad del día, todos emprendemos esfuerzos máximos para sacarle el jugo, como si se tratara de un día completo. Hasta la bebé se emociona, se revuelca en la arena como si la conociera de siempre. Todo le parece maravilloso: el mar, los perros, la brisa. Pedimos una pizza y nos la comemos mientras contemplamos las olas desde una palapa; hacemos bromas, sacamos fotos, somos felices.

Segundo día
Tradicionalmente, el segundo día es uno nublado. Hay en nosotros una mezcla de incredulidad y de sentencia, un ave de mal agüero ¿Por qué en nuestras vacaciones?, ¿por qué si sólo hemos venido a la playa una sola vez en lo que va del año? Sumisión final, no queda de otra. Me unto galones de bronceador al recordar el fin de semana en el que me insolé durante un día más tirado al gris que éste. Las rodillas me quedaron arrugadas para siempre, cargo el rastro de aquella mini vacación desde que tengo quince. En aquel entonces, llevaba un peinado que ahora me hace recordar a Chewbacca. La carne de la cara se me desgarró en gruesos pellejos, parecía una alcachofa sin desgajar. La más impopular cuando lo único que deseaba en aquel entonces era, precisamente, lo contrario.

Por fortuna, los niños encuentran amigos en un par de segundos, no más. Se hacen amigos del capi, de los meseros, recuerdan sus nombres de pila desde el año pasado. Son tan amigueros como yo cuando era niña y les sacaba plática a los vecinos de mesa, de alberca, de enramada, de asiento de avión. Los dejo ser como también me dejaron ser a mí. Rara vez les llamo la atención, no parece que importunan sino todo lo contrario.
Aprovechamos lo nublado del día para que la bebé merodee, haga un castillo con los hermanos, meta los pies en las puntas de las agrestes olas del mar abierto. Ella cree que nada lo mismo en el mar que en la alberca, se quiere desafanar de nuestras manos que representan hasta ahora su único cobijo y protección. Yo platico con las mamás de los recientes amigos de mis hijos, se une D., comienza el recuento de las coincidencias, el número de conocidos en común. Para la noche, acompañados de sendos whiskies, tequilas y chelas, ya hemos establecido un claro panorama de la situación del país, hemos comprado tamarindos y sombreros, entre todos le hemos dado $50 de propina a un loco simpático que se hace pasar por salvavidas voluntario. Nos dice que no nos puede agasajar con "el Cristo" ni ninguna pirueta por lo picado del mar. El país está jodido, es como uno de los perros playeros que se ha quedado ciego luego de tamaña infección en los ojos. Detectamos desazón en las caras de los ambulantes playeros, más muros descarapelados y negocios cerrados que el año anterior. Si preguntamos a los empleados del hotel sobre la situación, ellos no hablan de crisis. "Así es en agosto, es por el clima". Se me antoja pensar que los tienen aleccionados, no vaya a ser que se corra el rumor y el año que venga esto sí esté realmente desolado. Hace un verano, tres, cuatro atrás, Pie de la Cuesta se encontraba infestado de turistas por estas mismas épocas.

Los estrenados amigos se van al día siguiente, intercambiamos nuestros datos. Por la noche, dejamos las toallas en la terraza y cae una tormenta que, lejos de secarlas, las inunda.

Tercer día

Ha salido el sol, todo fluye, casi no hay playa, el mar se la ha devorado. No sé cómo le voy a hacer pero prometo trotar esa misma tarde ya que por la mañana, el sol nos sorprendió pasadas las nueve a.m. Los niños conocen nuevos amigos, hacen castillos, minas y túneles; los amenazo, les explico que deben untarse más bloqueador. Anna parece un muñeco de nieve perdido en la playa gracias al FPS del 60. Los adultos estamos estreñidos, yo le echo la culpa a la falta de ejercicio. Aún así, todo me parece maravilloso, el día de hoy hemos comido excelente, a diferencia de los anteriores platillos, lugares y decisiones erradas. Me vale madres si me tomo más de una chela por día, le paro al recuento de las calorías, ya llegará el regreso al mundanal ruido y su consabido régimen de horarios y disciplina: estamos de vacaciones. Leo, reflexiono, saco conjeturas que me sorprenden, estoy de buen humor. Por la tarde, corro como me había prometido, las canciones del shuffle se enfilan una tras otra y me sorprende su sincronía. Miro los edificios descarapelados, en ruinas, los rostros de la gente, las redes improvisadas de voleibol y las porterías del futbol playero. A través de todos ellos, siento que huelo el México inexplicable y común a todos. Corro y lo hago muy mal, parece que me despeño de los montículos apenas amortajados en el débil horizonte de la arena.
La bebé tarda en dormirse esta noche. Comió muy bien a lo largo del día pero hizo el gran entripado al final pues amenazamos con "apagarla" cuando todavía le queda pila para rato. Ni modo, las luces se extinguen.

Cuarto día
Estoy en mi día irritable. Uno de los niños se insoló, la bebé amanece de pésimo hunor. Hoy no corre brisa y hace un calor del nabo. Me prometí un masaje para este día que ahora me parece excéntrico. Hoy no hay niños con quien jugar. Los míos se aburren y preguntan "¿qué hago, mamá?". Pero ¿qué acaso no hay suficientes opciones disponibles? Lee, nada, haz un castillo, duérmete, ¡son vacaciones!, deja de joder. Parece que nadie se da cuenta de que se trata de mi día cero. El volumen de las bocinas me parece de una insolencia espectacular. ¡Qué mal gusto musical tienen los dueños de este lugar! El "mi amor", "sí, corazón" dirigido a mis hijos ha sido sustituido por "Porque sí y te callas", "si no te sales de la alberca a la de tres..." Mis días susceptibles generalmente coinciden con la irascibilidad de Anna y la extrañeza de mi marido. Y, cuando llega mi simpleza, mi facilidad inusual de talante, chocan entonces con la intolerancia de él. En cuestión de hormonas no siempre nos ponemos de acuerdo. Cuando sucedió en los primeros días de sosiego, me dieron ganas de decirle que parecía que lo habían mandado a vacacionar al gulag de Siberia...en realidad no me quedé con las ganas y se lo dije. ¿Quién dijo que el mar, las vacaciones, lo curan todo?
Les pregunto a los niños si se quieren regresar y me dicen que sí. La bebé sólo quiere estar sumergida en agua pero los flotis que le compré no la mantienen a flote. Me arrepiento de no haber pagado los $600 del traje de baño con hule-espuma integrado a manera de lastre que, en su momento, me pareció excesivo. Me pregunto si opinaría lo mismo de las vacaciones si tuviera una casa en los Hamptons. Me siento culpable, sobre todo cuando recuerdo que soy de aquellas madres que recomienda cada vez que puede, contar sus bendiciones, voltear al lado y encontrarse con los niños que trabajan, lo jodido que es también, vivir de este lado del mundo. Es falso sentenciar: "En el mar, la vida es más sabrosa".
Mañana nos regresamos, para bien o para mal. Nuestro presupuesto dio para cuatro noches y cinco días en este hotel rústico venido a menos por la crisis. Mi hijo mayor me sorprende con sus detalles detectivescos al relatarme la historia y los chismes del hotel, el mal carácter de la dueña que todos los empleados -¡Ninguno mamá!, ¡ninguno dijo lo contrario!- dicen que tiene. Mis dos hijos mayores me recuerdan que les prometí una vuelta a caballo. Me duelen las vacaciones y el bolsillo. Ya no me parece la mejor idea cabalgar en esta estrechísima franja de playa al ver lo tieso y huesudo de los jamelgos. ¡Vaya!, hasta pensaba inaugurar la memoria de la pequeña con su primer paseo a caballo. Recuerdo el primero de los paseos de mi hijo el mediano. Tenía más o menos la misma edad de Anna, estábamos en la Marquesa, iba montado con su padre, luego de finalizada la mini excursión ayudé al padre a bajar al entonces bebé. Rechinó tan fuerte por bajarlo del caballo en contra de su voluntad y me tomó tan enérgicamente de las orejas, que sentí que me las iba a arrancar. Me sorprendió tanto su fortaleza como su naturaleza iracunda.
"Mañana nos regresamos", me repito. La vida de seguro tendrá sus mecanismos para salir de la marejada y adentrarse en la cotidianeidad. Nos sonríe la tradicional pasada por la cecina de 4 Vientos, ya me vale madres si a estas alturas se me ve panza o no. El siguiente viaje será uno internacional ¿me estaré quejando igual para entonces? No sé por qué pero me cuesta creerlo.

(Increíble pero cierto: Esta es la primera foto de nosotros cinco como familia. Ahora que edito este blog pienso que no serán mis hijos los únicos que rememoren estas vacaciones al oír ciertas canciones. Y cuando suceda, la nostalgia me anegará, de seguro).

martes, 26 de abril de 2011

No más... al menos hasta ahora o sólo por hoy.



La primera vez que entré a un consultorio psicoterapéutico fue después de los veinte años de edad. Era un consultorio donde existían distintos espacios y, supongo, de acuerdo al espacio que uno elegía, la dinámica de la terapia sufría sus adaptaciones. Un clásico diván y una zona donde sentarse en el suelo entre cojines hindús eran los principales. Tras pedirme mis generales, la terapeuta incidió: " Y claro, como tú te sabes más inteligente que el resto de los seres comunes que habitan este mundo..." Lo siguiente ya no lo recuerdo, no regresé más. Tampoco recuerdo su nombre pero sí el enterarme por terceros o por quien me dio sus referencias, que la primera terapeuta de mi vida se había suicidado años después.
Con la segunda duré un poco más pero tampoco tanto. Se llamaba Mili y me dejaba tareas para hacer en casa entre sesión y sesión. Recuerdo que uno de los ejercicios consistía en sacar cerillos de su caja, uno por uno. Una vez vaciada, debía meterlos y por cada cerillo, repetir: "Yo puedo más que esto." Mili después me contó que se trataba de uno de los ejercicios utilizados en logoterapia y que rememoraba las órdenes absurdas y las tareas humillantes que los nazis daban a los prisioneros en los campos de concentración. Los únicos que sobrevivían, según Mili, eran aquellos que los obedecían con la consigna mental y secreta que repetían cada vez que eso sucedía y que ahora se volvía el mantra del ejercicio. Luego de demasiados ejercicios que no surtían efecto, abandoné las citas semanales.
Con la tercera duré poco más de un año. Acudí con ella para una terapia medicinal-naturista. Angélica me dijo que también aplicaba acupuntara y daba psicoterapia. Me dio confianza. Angélica funcionó hasta el momento en que comencé a sentir que era yo la que debía de cobrarle a ella, pues se la pasaba contándome más cosas de su vida que yo. Nos hicimos amigas.
La cuarta fue la gran efectiva. Estaba desempleada, había tenido una pésima suerte en el amor, no podía concentrarme para acabar mi tesis de licenciatura y me sentía obesa. Vicky me convenció de hacer un viaje a Chile, mi tierra natal, pese a que yo me resistía ya que deseaba que mis abuelas, tíos y primos reconocieran a una María Paz simpática, exitosa y delgada en lugar de una devastada, deprimida y entrada en kilos. Me la pasé bomba. Me metí a una piscina pública con todos mis primos en Doñihue, una y otra vez me subí a la montaña rusa en un parque de diversiones de Santiago. Tiré a la borda la idea de hacer dieta desde que me subí al avión de ida y regresé idéntica pero feliz. Tuve charlas con tíos y primos que duraron hasta el amanecer. Las cosas más cotidianas se volvieron extraordinarias.
Después de dejar a Vicky, adelgacé, conseguí trabajo, me recibí, me inscribí a la maestría, me casé, tuve dos hijos, todo en ese orden. Antes de embarazarme del segundo, caí con Jenny. Con ella, los temas recurrentes eran mi reciente maternidad, el hastío que sentía, de pronto, me sofocaba; la relación con mi marido. No conseguí cambios radicales pero al menos las sesiones me servían a manera de desahogo a la vez que de pretexto para ausentarme de mis tareas maternales. En aquel entonces, esa cita era tan deseada como ir al supermercado en total soledad, tardarme horas enteras y llegar a la zona de cajas con el carrito repleto, en vilo, a punto de perder el equilibrio.
Nació mi segundo hijo, comencé a dar clases, regresé a la maestría. Luego de unos meses, mi marido quedó desempleado y tuve que dejar las clases para trabajar de tiempo completo. Dos años después decidí separarme. Comencé a ir con Antonio que insistía en que no me separara y siempre me llevaba a situaciones y terrenos que no me interesaba explorar. Era carísimo además. Su idea básica consistía en que yo podía tener la vida, las fantasías y los amantes "virtuales" que deseara en aras de mantener ese contrato previamente celebrado. Lo dejé por Susana, una brasileña encantadora que había estudiado filosofía y medicina china en los Estados Unidos de principios de los 70s, había sido guerrillera en Guatemala y también había vivido en Cuba, en la búsqueda incesante por mantener una utopía rota. Con Susana ibamos T-O-D-O-S. No era extraño que en el pasillo que daba a su departamento nos encontráramos amigos, hijos, parejas, ex parejas y amantes de las parejas. Llegué a imaginar un largometraje llamado "El club de Susana" en el que las historias de las relaciones de todos los involucrados se adivinaban y se entrelazaban a partir de las sesiones, pero me ganaron la idea los israelíes que inventaron In Treatment. Recién separada, con Susana iban también mis hijos para superar el trauma de la ruptura. A veces ella fungía de intermediario cuando de plano no podía ponerme de acuerdo con mi ahora ex. Gracias a ella pude acordar desde las horas y los días que nos tocaban los hijos hasta la cantidad económica asignada a manera de pensión sin tener que pasar por los lúgubres pasillos que representan los abogados, las demandas, los jueces y sus juzgados. De no ser por ella no sé en calidad de qué hubiera sobrevivido a esa etapa.
Susana tenía unos talleres de biodanza. Fui al primero animada con la garantía de que iba a salir de ese recinto curada, más que feliz, en un estado similar al que sobreviene el uso permanente de ciertas drogas. Me sucedió exactamente lo contrario. Lloré desde el inicio y a las cuatro horas seguía llorando. Salí llorando de ahí y no tuve mejor ocurrencia que aterrizar en casa de mi madre, de quien entonces me mantenía distanciada pues ella no estaba de acuerdo con mi separación. Me eché en su cama toda la tarde y solo ahí y así me calmé. Cuando le conté lo sucedido a Susana en la sesión siguiente, ella no dejaba de afirmar en un arrebato de completo éxtasis: ¡Pero qué maravilla!, ¡qué interesante! ¡El regreso al seno materno!
Años después, sin trabajo de nuevo, sin expectativas claras de la vida y en una nueva relación, decidí que de la era de Acuario ya había tenido suficiente. Me recomendaron una experimentada psicoanalista judía y argentina. Como ya había sido mi costumbre en terapias pasadas, rematé la primera sesión con el tema de los dineros, el hallarme sin trabajo y con dos hijos en un país que cada día pintaba peor. La psicoanalista respondió secamente: "Regrese la próxima semana. Luego hablamos de eso." A diferencia del resto de los terapeutas, ésta era un témpano de hielo, no se le movían ni las pestañas le contara lo que le contara. Supuse que el éxodo del exilio obligado de mis padres tocaría sus fibras más sensibles pero ni eso. En la siguiente sesión sucedió lo mismo. Me dijo al finalizar: "Vuelva la próxima semana." En la tercera yo no daba más con el asunto monetario. Me dijo lo que cobraba y multiplicó esa tarifa por el número de sesiones que hasta ese momento habían sido. Me dijo que, de continuar, proseguiríamos con una sesión semanal y luego, obligadamente, aumentaríamos a dos. No regresé. Sin lugar a dudas, prefería que mis terapeutas me abrazaran.
Más adelante fui con Michelle a que me hiciera Reiki. Jamás me teletransporté ni aluciné ni viví ninguna experiencia paranormal mientras otras y otros a quienes había recomendado con ella veían y sentían brotar flores dentro de sí mientras transcurría la sesión. De hecho, descansé con dificultad la mayoría de las veces. Una mente atribulada que jamás cesa de trabajar aunada a las más variadas expectativas era mi respuesta más lógica ante semejante frustración. Mi ex, bastante escéptico en todo lo que tiene que ver con todos esos temas, me contaba que de soltero le habían hecho reiki en una playa en la que pudo ver a su abuela y a su padre fallecidos. A las pocas sesiones me enteré de mi tercer embarazo. Michelle me dijo que en la anterior sesión había sentido al bebé. Yo sólo recuerdo que me había puesto una piedra clara en el bajo vientre y que algo, en efecto, había saltado por un breve instante. Fue algo similar a poner los dedos en una toma de corriente sólo que más sutil. Tomé un par de sesiones más, ahora por el bebé. Mis hijos primeros habían nacido en la generación de los niños índigo. Ese ser que entonces llevaba en el vientre, de acuerdo con los calendarios, las constelaciones, las profecías y lo que Michelle había investigado en torno a ellos, era un bebé "semilla."
Embarazada de cinco meses fui a una terapia de constelación con dos de mis mejores amigas. Era mi segunda, la primera había sido con mi ex marido a raíz de decidir separarnos. Las tres lloramos a moco tendido. Le pregunté a Daniela si podía recibirme como su paciente una vez a la semana. Mi problema era de otro orden. Me habían aceptado en el doctorado, había recibido un apoyo en coinversión para un proyecto y esperaba a mi tercer hijo. Me sentía ahogada, tan a la deriva como cuando no tenía trabajo. Mi problema ahora era la falta de tiempo para hacer tantas cosas.
Daniela solía trabajar con circulitos, triangulitos y cuadrados encima de un tapetito, los cuales representaban a cada uno de los miembros de la familia. Con esos ejercicios me hizo comprender que era mejor que yo durmiera del lado izquierdo de la cama en lugar del derecho al que habitualmente había estado acostumbrada, y que mi hijo menor se sentara a la mesa del lado derecho de mi nueva pareja y mi hijo mayor de frente a él. Fui con Daniela hasta que tuve tiempo y fuerza suficientes para movilizarme a los edificios Condesa con mi enorme panza.
El bebé nació. El año pasado apenas y tuve tiempo para respirar. Ahora me cuesta conciliar la teoría pura y dura y el hecho comprobado de que todo lo sólido se desvanece en el aire, con las buenas intenciones, los mantras, el tarot y la sincronicidad junguiana. Ya no voy a terapia. Corro casi todas las mañanas, hago yoga tres o cuatro veces a la semana y, cuando mis hijos tienen tkd y me es imposible concentrarme en la lectura con sus gritos, me escapo al gimnasio un piso abajo. Sumando lo que me gasto en un mes por hacer ejercicio apenas rebaso una sola de las cuotas por sesión de la afamada psicoanalista. Hasta ahora ha funcionado aunque siempre pienso: "Sólo por hoy."

domingo, 31 de octubre de 2010

San Antonio el Grande



En pocas ocasiones he logrado organizar visitas extramuros con mis alumnos de Historia del Arte. Además de una ida a Teotihuacán la primera vez que dí clases en mi vida, no recuerdo haber salido del DF.

Para este semestre, mis ambiciones no iban más lejos de visitar alguna iglesia ortodoxa ubicada en la ciudad. Googleé algún directorio existente en la red, dí con una cercana ubicada en la Col. Roma. Al responder el teléfono, el Padre Ignacio me comentó que, además de dicha iglesia, tenían un monasterio camino a Querétaro, cercano al poblado de Jilotepec. Me sorprendió la idea. ¿Un monasterio ortodoxo en México? Confiésome una ignorante al respecto.

Conseguimos transporte de la escuela. Llegamos con todo y un chofer que manejaba el camión de pasajeros como si fuera el Ferrari protagonista de una película de Bollywood... Corrijo: como si fuera un chofer mexicano cualquiera, acostumbrado y dispuesto a burlar baches, cilindros, semáforos en rojo, y camiones o trailers de igual o mayor tamaño. Tuve que pedirle de la manera más atenta posible, que dejara de hablar por celular mientras hacía todo lo anteriormente descrito, ora sí que por mi hija Anna de escasos meses con quien fui a la visita, y por su presunto hijo cuya fotografía se hallaba dispuesta entre el volante y el espejo retrovisor.

Conocí al Padre Ignacio, hombre sirio, oriundo de Damasco, de grandes ojeras y ojos profundos, quien me introdujo al Abad del monasterio y a un tercer sacerdote que parecía todo menos llevar una vida de ascetismo. No recuerdo el nombre pero sí sus medidas: más de 1.80, fornido, el pelo cortado al ras de la nuca, una barba de candado bien cuidada que contrastaba con las barbas ralas de los otros dos sacerdotes; edad cercana a los cuarenta y cinco en el mejor estado posible de conservación, tez aceitunada, llevaba lentes oscuros y vestía de negro al igual que sus compañeros pero sin llevar la túnica monacal. El tercero en discordia no hablaba una gota de español a pesar de llevar dos años y a diferencia del perfecto español del Padre Ignacio luego de nueve en México. Se encargaba, entre otras cosas, de vender el shanklish que esta microcomunidad produce con la leche de un grupo de vacas que pastaban en los alrededores. Para ser precisa, parecía haber emergido de un film del Medio Oriente; un personaje salido de los films de Kiarostami o el miembro de un grupo de lucha palestino.

De San Antonio el Grande, lo único que semeja por fuera al casco de un templo ortodoxo, son las cúpulas doradas en forma de cebolla similares a las del Kremlin o a las de la catedral de Nuestra Señora de Kazan, en Moscú. El monasterio en sí, lo constituye un edificio de una sola planta digno de la arquitectura vernácula mexicana: aluminio en las molduras de las ventanas, piso de pedacería de mármol en ciertas áreas y de congoleum en otras; muebles sin identidad, resultado de las donaciones que hicieron posible la erección del inmueble, eclécticamente distribuidos a partir de un criterio azaroso.

Tras una tierna presentación del padre Ignacio en la que nos explicó gran parte del sentido de la iconografía ortodoxa con ayuda de una presentación en powerpoint que hizo por motu propio, tocó conocer el interior de la iglesia de San Pedro el Grande, erigida en el 2006 y para la que encomendaron a un grupo de pintores rusos que viajaron desde su país hasta Jilotepec a fin de seguir todos los preceptos explicados en el powerpoint. En la cúpula mayor que corona el altar, el Pantocrator. En la franja inmediata inferior, los doce apóstoles y, en el perístilo, los pasajes más emblemáticos de la vida de Jesucristo. Al lado izquierdo del altar, los apellidos de las familias donantes: Chedrahui, Atala, Kuri, Nazif, por mencionar algunos.



La pintura no recordaba a la hallada en Hagia Sophia. De hecho, constituía una extraña mezcla de la iconografía bizantina habitual, con aires occidentales, resultado de la emulación que la pintura rusa hizo de la academia francesa desde tiempos de la Corte de Catalina la Grande, más un extraño acento kitsch que la actualizaba y recordaba las ilustraciones de los panfletos que distribuyen los testigos de Jehová. Todo estaba pintado en colores vivos en la gama de los pasteles más el inconfundible uso iconográfico del dorado por esta derivación del cristianismo desde el cisma que dio su nacimiento como culto alternativo. Desacostumbrados a ello, nos parecía una iglesia alienígena trasladada a los confines del mundo en tiempos apocalípticos. Además de los tres padres, la población del monasterio también comprendía una pálida monja vestida de oscuro, a quien vimos merodear en una ocasión como un fantasma errabundo por los exteriores de lo que constituía la vivienda, más dos seminaristas a quienes nunca vimos.

Me despedí del Padre Ignacio quien momentos antes había invitado a los alumnos a cortar las peras de un gran peral cercano a las vacas que pastaban. De pronto, al contemplar la mesa dispuesta con agua de limón y galletas para todos nosotros, la arcaica computadora en la que el padre expuso su presentación, las bolsas de shanklish empacadas para todos aquellos que querían llevarse una a su casa, me percaté del siguiente hecho: nuestra pequeña agrupación había logrado romper la monotonía monacal de los habitantes de dicho lugar. Me sentí mal al ver los ojos enmarcados por las grandes ojeras de esos tres sirios, contemplar nuestro camión alejarse de su singular retiro. Me hubiera gustado ser lo suficientemente arriesgada e inocente como para subirme al peral en medio de las vacas, tirarme en el pasto y comer shanklish en compañía del padre Ignacio.

martes, 6 de julio de 2010

El abandono del nido



Anoche escuchaba los sonidos que hacía Anna en su cuna grande a través del monitor. El aparatejo se tornó en una suerte de micrófono a través del que intentaba descifrar los códigos, la semántica de los distintos ruidos que emitía mi bebé. ¿Acaso soñaba?, ¿por quién suspiraba?; cuando emitía agudos chillidos, ¿no me imploraba, en ese lenguaje críptico, que la desencadenara de esa gran nave que ahora es su cuna?

En la nueva cuna de Anna podrían caber nueve bebés de su tamaño, alineados como si se dispusieran a habitar una lata de sardinas. Anna es la novena parte de ese ínfimo espacio a juzgar por su tamaño si se le compara con nuestra cama, pero gigantesco si se le mide partiendo de su cuerpo como sistema métrico.

A mi lado izquierdo permanece el moisés, una cuna pequeña de madera y tela en la que Anna durmió hasta ahora todas las noches de su corta existencia, a excepción de las que pasamos en el hospital; su tercera morada si contamos mi útero como primera, mi regazo en el hospital como la segunda... la cuna grande es, entonces la cuarta ¿Por cuántas camas tendrá que pasar?, ¿cuántas más le faltan, si sumamos las pasajeras -las de los campamentos y los viajes, las casas de los amigos- y las permanentes: las mudanzas, la independencia, el amor, las separaciones? Miro el moisés que permanece a mi lado, quiero deshacerme de él cuanto antes, le marco al hospital a una amiga que acaba de tener a su bebé, más para ofrecerle el objeto que para felicitarla. Está lleno de ausencia. Aunque Anna duerme a escasos metros de nosotros, en la habitación contigua, ¿Qué es una cuna sin un bebé en sus entrañas?

El moisés me recuerda las semanas previas al parto. Yo no dejaba de contemplarlo, estaba lleno de esperanza, no de vacío. Ahora está lleno de reliquias: el fino pelo que se cae de su cabeza, una mancha de su saliva, un rastro de su anterior presencia.

Entro al cuarto celeste, como su padre lo bautizó. Está lleno de luz y de pájaros aunque ficticios, tiene un mejor clima. Mi bebé crece, se vuelve cada vez menos mía y más de ella. En su cuna grande, su cuarta morada, bucea en el centro. Respira tranquila. Parece que le vino bien el cambio. No dejamos de escuchar su ligero tremor que traspasa las paredes, se sumerge y navega por el cable hasta llegar a nosotros.

¿A qué hora despertará?

domingo, 14 de marzo de 2010

De la nueva vida con Anna y otras cosas


Nos supimos embarazados y, como por arte de magia, llegaron a nosotros bebés, parejas igualmente embarazadas, fiestas de cumpleaños con piñata incluida. De las primeras que recuerdo, la de cinco años de Pablo cuando yo rondaba los tres meses de embarazo. Sólo era cuestión de fijarse un tanto más en el espacio circundante para encontrar carreolas, panzas preñadas, ropa de bebé por doquier: en el metro, en los parques, en las esquinas. Previo a eso, nada, sólo la vida que se me antojaba hasta un tanto adulta de Guido y Tomás, mis hijos mayores.

Ahora que Anna está entre nosotros, son muchos los bebés, las mamás y futuras mamás que nos rodean; desde un futuro primito que nacerá a principios de agosto hasta una gran hueste de amiguitas y amiguitos que seguramente acompañarán a Anna en la estimulación temprana, el kinder, las fiestas de cumpleaños, la primaria...

Extraños los juegos del tiempo, más de uno apelaría a la sincronicidad junguiana en torno a las coincidencias de saberse en el mismo sitio que otros muy cercanos. Aunado a ello, está la duración del mismo que se alarga como una banda elástica inconmensurable, al tiempo que cae, las más de las veces, a cuentagotas. Recuerdo cuando todavía no cumplía ocho meses de embarazo y me parecía que faltaba una eternidad para el arribo de Anna. Hoy a veinte días de sucedido su nacimiento, siento que han transcurrido milenios desde entonces, las escenas idílicas del hospital, su tierna cara redonda en mitad de la noche cuando dormíamos ella y yo, abrazadas en la misma cama del cuarto número 27. Y, sin embargo, cada día que pasa es tan extenso y tan corto a la vez, se mide por tres horas, el tiempo en que Anna tarda en comer, en mantenerse despierta, en ser arrullada y lo poco que queda para desayunar, bañarse, distraer un poco la cabeza o descansar.

Mañana serán veintiún días desde su nacimiento, en una semana más Anna cumplirá su primer mes de vida. Atrás quedaron las primeras mayorías de edad: el día que cumplió una semana, el día en que se le cayó el reducto de cordón umbilical, a diez días de nacida. Hace poco más de un mes que llevé a mi hijo mayor al restaurante giratorio del WTC para celebrar su primer aniversario "redondo", una década, y no dejo de recordar como si fuera ayer cuando lo cargaba en mis brazos hecho un bebé. De Anna sólo se antoja disfrutarla más y más: que esté bien, que permanezca sana y fuerte, que descubra el mundo al ritmo de las canciones de los Beatles y otros, tal y como hoy lo hicimos los tres: ella, su padre y yo mientras la alimentábamos y veíamos los pequeños documentales que celebran la remasterización de sus discos. De pronto, nos sentimos invadidos de una alegría que se mezclaba con una tristeza y una nostalgia tremenda al mirar en nuestra pequeña pantalla la última portada de los Beatles; aquella mítica en la que el cuarteto camina sobre la banda peatonal. Anna, sin saber lo que le depara de la vida, dormía ya, arrullada en nuestro abrazo.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Descanse en paz




Hoy, me cuentan, murió Andrés, uno de mis alumnos más entrañables. Lo asaltaron, él no opuso resistencia y, sin embargo, le metieron un balazo. Espero la llegada de mi hija Anna en menos de quince días, me entero gracias a una de las profesoras de la universidad donde doy clase hace unos años pues este semestre, ante su llegada inminente, suspendí las clases hasta agosto.

¿Qué se puede agregar? No mucho, que estoy más enojada que triste... que estoy más triste que enojada. Que me provoca una impotencia tremenda que la gente buena como Andrés se vaya de esta selva incomprensible, como bien dijera A.G.

Que quede ésto a manera de tributo: Andrés formó parte de un grupo de alumnos de Cine que me hizo volver a creer en la importancia de dar clases, en un semestre por demás difícil en otros terrenos de mi vida. Para mí, los martes se volvieron una especie de sábado, pues sabía que los iba a ver, entre ellos al gran Andrés curioso, lleno de preguntas, de recomendaciones, inquieto, sonriente siempre. Sus playeras fueron legendarias. De su colección aprovechó para hacer una propuesta artística a manera de trabajo de fin de semestre. Fue él quien me recomendó bajar el Stumble! a mi compu, gracias a él encontré cosas realmente sorprendentes. Hace un tiempo me mandó también la página del futuro teléfono celular Nokia que se comporta como un ser vivo, en atención a mis pesquisas alrededor de un proyecto de doctorado que estaba por entregar.

Con él y otros más igual de entrañables que él, visitamos el estudio de Ariel. A Ariel, mitad escéptico en un principio, se le iluminó la cara al ver tanto interés, hecho inusual en las actuales generaciones por demás apáticas. De ahí nos seguimos al Bar del Jazz New Orleans, Andrés y el resto le pidieron que los involucrara en alguno de sus proyectos que requiriera de filmaciones. Organizamos castillos en el aire: un viaje a Real de 14 en octubre pasado que ya nunca fue pues no me tomé la molestia de organizarlo, con casi 5 meses de embarazo a cuestas. No menos de un mes pasó luego del New Orleans y nos volvimos a reunir en la exposición de Ariel en su galería ubicada en la San Miguel de Chapultepec.

Espero algún día no muy lejano, hacer ese viaje con el resto de la comitiva. Si así sucede, nos acompañará el espíritu de Andrés a quien dedicaremos ese viaje con todo y que él ya remontó el suyo propio, de seguro a un lugar donde su felicidad plena sea bien entendida y mejor recibida que aquí.

Descanse en paz nuestro querido Andrés.