domingo, 22 de febrero de 2009

Tábula rasa




En recientes fechas y a raíz de la polémica inauguración del MUAC, se ha desatado un embate que pretende ser, ante todo, intelectual, pero que tan sólo refleja la pobreza cultural de nuestra sociedad. Más allá de la discusión tras bambalinas en los pasillos del resto de los museos que la UNAM cobija y que vieron en este nuevo proyecto el desahucio presupuestal que bien podría haber sido repartido entre el Chopo, la Casa del Lago, Universum, el Museo de la Luz y otros; más allá de la mordaz aunque siempre endeble crítica de un sector que se dice "especializado" y que no es más que la rapiña periodística de medios masivos que detentan su "carácter crítico" y que vieron en los números financieros y patrocinios detrás del proyecto museal un juego añejo, molesto y siempre efectivo en aquellos que gozan al leer cifras y poderes comprometidos para con la que se precia de ser nuestra máxima casa de estudios; más allá de si el espíritu creativo de Teodoro González de León se ha visto disminuido, si copió o no la carcaza de un museo japonés, si el bestial edificio rompe de manera abrupta, o bien, se inscribe dentro del modelo arquitectónico proyectado y armado por Pani, del Moral, O´Gorman y García Ramos, entre otros (y a todos los puntos anteriores, habría que sumar esta cruda guerra subterránea que el poder neoliberal mantiene con la UNAM hace varias décadas), yo festejo la articulación de semejante proyecto.

Me precio todavía de no perder la fe cuando una universidad, con los problemas bestiales que todos conocemos, es capaz de erigir, bajo la dirección de una mujer por demás experimentada en la historia museística y de la gestión cultural reciente en México, un museo que, además de ser escandalosamente contemporáneo es, además, universitario. Si la UNAM, representada por De la Fuente, gestor del proyecto en sus inicios de la mano de Graciela de la Torre, debió de emprender la estrategia de manera distinta, podría ser el tema de otra entrada. Lo único que acotaré al respecto es que sólo alguien como De la Torre podría haber sido capaz de procurar los fondos necesarios dentro de los intrincados estatutos legales de la UNAM en un tiempo que, aunque fue numerosas veces postergado, se antoja milagroso. Y aquí, recuerdo el número de años que el departamento legal se tardó en revisar un acuerdo celebrado con Hewlett Packard tan sólo para insertar un equipo abierto al público en Universum, patrocinado por la anterior firma: más de ocho años para dos metros cuadrados.

Independientemente de las aristas ya citadas, este amplio sector de detractores obtuvo en Cantos Cívicos, la pieza de Miguel Ventura, la cereza del pastel. Una pieza que, en mi muy particular punto de vista, no destaca dentro del promontorio actual de obras provocadoras de las buenas conciencias -coincido con una opinión reciente al respecto: "esta pieza no es más que una versión extra light de cualquiera de las obras de Thomas Hirschhorn"-; una pieza que, para quienes conocen la obra de Ventura, tan sólo se suma al común de las obras creadas por él mismo, iconográfica, formal y discursivamente hablando. El día que asistí a conocerla, me pareció interesante, puedo decir que hasta me divirtió, pero no me percaté de las omisiones que tanto han servido a los detractores y que se relacionan con el Holocausto judío o ciertas prácticas antisemitas; tampoco sentí resquemor en quienes como yo, se sumaban a explorar las entrañas de este laberinto multiforme. (Salí devastada, eso sí, de la pieza de Hirschhorn en el Museo Tamayo, al tiempo que me pareció inmejorable por su resolución. La sensación y las reflexiones que de esa experiencia se desprendieron, duraron los mismos días -más de cuatro, al menos- que lo que me duró el trauma luego de ver el remake norteamericano de Funny Games de Michael Haneke en una pequeña sala de cine habilitada para la prensa).

Ahora tan sólo elucubro lo que estos supuestos intelectuales y "periodistas especializados" opinarán del pabellón mexicano y la obra de Teresa Margolles en la futura edición de la Bienal de Venecia. Pero no, supongo que muchos de ellos ni la conocen como tampoco saben del antaño colectivo SEMEFO al que la artista pertenecía. Ellos que se precian de saber tanto de letras y artes contemporáneas como de política -y me refiero concretamente a las desafortunadas plumas de Enrique Krauze, Soledad Loaeza, Leo Zuckerman, Isabel Turrent y otros supuestos periodistas de mucha menor ralea que ni vale la pena mencionar-, en su vida habían oído mencionar el nombre "Miguel Ventura" durante sus comidas de negocios, en sus escritorios, en sus juntas de redacción. El nombre de un artista con una amplia, amplísima trayectoria dentro del arte contemporáneo no sólo a nivel nacional, con un estilo por demás fácil de identificar y una retórica presente tanto en Cantos cívicos como en el corpus general de su obra, misma que plantea sus inquietudes particulares respecto a los estereotipos de la cultura global y las parodias que de ellos hace, como también de la hegemonía social tradicional de este lado del mundo; hegemonía que se disuelve por segundos pero cuyo disfraz delira aún y se vuelve fácilmente identificable en eventos católicos en torno a los más altos valores familiares, organizados por los altos jerarcas de la iglesia e inaugurados por el más alto jerarca del estado.

Vuelvo a la Bienal de Venecia. Difícilmente creo que Krauze o Loaeza o Turrent destinarán, de menos, un párrafo para desarmar lo que muchos consideran feo, vago, insidioso. Algo que está tan lejos del culto al arte dieciochesco (decir decimonónico sería muy avant-garde para ellos) tan lleno de virtuosismo y artificio: el mismo artificio que enmarca sus vidas en una burbuja que es, por supuesto, ajena a las muertas de Juárez, los vendedores ambulantes y los campesinos muertos de hambre al interior del país. Ellos quisieran ver en el Centro Histórico, el downtown a la Manhattan que Slim nos prepara hace años, cuanto antes. El subempleo y la explotación son cuestiones menores pues, como a Calderón, no les imputa responsabilidad social ni cívica alguna. Con que se viera limpio ya estarían felices, sus buenas conciencias descansarían.

¿Por qué les afectó tanto la obra de Ventura? Porque ellos sí nos recuerdan el Holocausto en sus textos pero no levantan su indignación ante el genocidio palestino. Representan a los descendientes que, pese a ser los sobrevivientes de un momento histórico deplorable, padecen de amnesia histórica y ahora ostentan altos cargos en las empresas e instituciones que día con día, nos hacen más pobres y más ignorantes. Forman parte de la desgraciada camarilla encargada de desviar los ojos y oídos de una sociedad por demás apática y réproba a discusiones que, a mi gusto, no tienen la mayor trascendencia y se alejan de los problemas reales por los que habría que tomar partido aquí, frente a nuestras narices. Bien dice Ventura: "Mientras en Copenhague o en Estocolmo se hacen exposiciones minimalistas maravillosas, en Irak están cortando cabezas. Eso es perversión, yo no." Dicha camarilla todavía pretende orientar, con sus probadas medidas patriarcales, a los directivos del MUAC respecto a si la pieza genera lagunas históricas en quienes la vean y desconozcan los episodios de la historia mundial a los que "Cantos cívicos" hace referencia.

Para finalizar, me sorprendió, por fortuna, que Teresa del Conde hablara en términos muy claros, sin la pasión trasnochada de los ya citados, sobre la pieza de Ventura mientras que Raquel Tibol nos vuelve a comprobar que es una de las mejores críticas... del Muralismo Mexicano. Lo que es deleznable es esta campaña en contra de las múltiples facetas del arte contemporáneo por feo, por contestatario. En una carta que envié hace algunos meses al suplemento cultural del periódico Milenio, hacía ver mi preocupación respecto a la clase de periodistas que opinan a destajo y que luego son leídos por el posible público de esos museos. La carta, por supuesto, jamás fue publicada, como tampoco lo fueron todos los comentarios bien pensados que muchos enviaron al blog de la redacción de Letras Libres en contra de Krauze y sus huestes.

No cabe más que recordar a Maquiavelo, a Montesquieu, a muchos otros que, de seguro, son sus autores capitales, están en su buró para ser consultados como suerte de oráculos. Puede ser que no nos demos cuenta pero se trata de un desmantelamiento procaz, premeditado, constante y certero de todo aquello que no cabe dentro de una "buena sociedad". Y, sin embargo, el escándalo ocurre ante una pieza que no llamaría menor pero sí común. Y he ahí lo triste: somos una sociedad que no alcanza siquiera a articular una crítica de altura, nos seguimos rompiendo las vestiduras por nada; seguimos siendo aquella que, hace más de una década, irrumpía en el MAM para boicotear la inauguración de una exposición compuesta por Vírgenes de Guadalupe con rostros en forma de balones de futbol.

viernes, 13 de febrero de 2009

Tomás de las Maravillas




A Franky.

Ayer mientras manejaba me acordé del siguiente escrito, el cual escribí hace poco más de tres años. En aquel entonces, la vida me vapuleaba, eso sentía yo hasta que pude quedarme en silencio y escuchar que, detrás del miedo, se encontraba la gran oportunidad de ser quien yo quería ser. Ayer también, alguien me lo volvió a recordar y por eso le dedico el siguiente relato escrito hace poco más de tres años desde el corazón.

Gracias F.

TOMÁS DE LAS MARAVILLAS

El embarazo trajo alas a la cabeza de mi madre. Cuando llevaba 7 meses de ingravidez con mi hermano mayor, mi abuela materna la llevó un domingo a encomendar el fruto de su vientre a la mismísima Basílica de Guadalupe. Mi madre, presa del fervor multitudinario, el olor a incienso y la comezón en el vientre turgente, con todo y que no se consideraba a sí misma, originalmente guadalupana, contectóse a la madre de todos los mexicanos y repitió una vez más el rito nacional por medio del cual unió a mi hermano con todas las generaciones predecesoras, atascadas de hombres y mujeres felices y tristes, mártires y cínicos, sufridores, tequileros, sumisos, libertinos, mariachis y culpígenos mexicanos. En resumen, prometió que si mi hermano nacía con bien, llevaría su nombre. Fue así como mi hermano mayor fue sumergido en la pila bautismal, con el nombre de Guido Guadalupe. Hasta ese momento, mis padres no habían reparado en que el primer nombre de origen teutón, significaba ¨líder¨. Lo encontraron meses después de desvelos, embelesos, pañales y arrullos interminables, en un diccionario de nombres propios. Fue así como a mi padre se le ocurrió también inaugurar el discurso bautismal de su primer hijo, de pie, frente a todos los invitados a la celebración, con la frase categórica: Guido, de quien algún día deseamos se convierta en un líder…un guerrero del amor. Cosa extraña: ¿casualidad quizás, que se juntaran en él, la noción de líder con el nombre, ahora suyo también, de la guía espiritual de todo un país?

En los nombres, diría Jodorowski, no existen las casualidades. Ejemplos de ello en mi familia son varios: Una de mis bisabuelas paternas se llama Esperanza Amelia. Una de mis bisabuelas maternas, viviendo del otro lado del casco terráqueo, fue bautizada en épocas simultáneas, también con el nombre de Amelia. Va otro: Mi abuela materna es chilena y se llama María Angélica. Una tía política de mi padre tuvo a bien, casarse con el tío sanguíneo de mi padre durante una misión diplomática en Santiago de Chile. Fortuito quizá, que fuera chilena y se llamara también, María Angélica. Va un tercero: Mi abuela paterna se llama Eleonora. A mi madre, mi abuelo estuvo a nada de llamarla así, de la misma manera: Eleonora. Pero por común acuerdo con mi abuela materna, la llamaron María Paz. Dice mi madre que en su nombre lleva la paz que le falta. No por nada, de pequeña, el resto de los locatarios del centro comercial donde mis abuelos tuvieron su primera librería, la llamaban María Terremoto…la imagino revoloteando como un torbellino, unas veces rosa, otras veces de mil colores que cambiaban en formas pixeleadas y caleidoscópicas, cruzar el umbral de las puertas de boutiques y cafeterías, ultramarinos y bancos, con la misma facilidad con la que lo hace Guido ahora, más de 30 años después…mi guía y hermano mayor.

Casualidades en los nombres y en la procedencia de las familias que se unieron para darnos vida a nosotros. Un día, mis padres cayeron en la cuenta de que nombraban a los orines humanos de la misma forma. No le decían pipí. Decían pichí. Mi madre rió sorprendida ¿Cómo es que le dices así si eso sólo lo saben los chilenos? Fue así como, adentrándose en los supuestos orígenes de la saga familiar, dieron con los huesos de ancestros paternos que descansan en el nódulo de parte de mi familia paterna: Ometepec Guerrero, ruta de paso rumbo a la fiebre del oro hacia California, donde muchos sureños, entre ellos varios chilenos, hicieron una parada supuestamente intermitente en esas tierras que luego cimbraron con ritmos y bailes nostálgicos que recuerdan a la Cueca pero que en la Costa Chica, los llaman ¨Chilenas¨, en honor a sus importadores. Va el último: Zapata es uno de los apellidos de la familia de mi padre. ¨ Nada tan chileno como un apellido Zapata ¨, exclamó mi abuela chilena al oírlo mentar por primera vez.

A mí me fue mejor con la repartición de nombres. El mío es más poético. Yo me llamo Tomás de las Maravillas con todo y que a mis padres se les olvidó recordarle al padre Carlos, repitiera en la pila bautismal, de la misma manera que lo hiciera dos años atrás, con el nombre de mi hermano Guido Guadalupe. Mi madre volvió a repetir la misma fórmula, esta vez en Puebla, con el vientre hinchado de nuevo y un niño a cuestas: mi hermano. En aquella ocasión, iba toda la familia, como todos los años, en procesión panatenaica, a comprar dulces poblanos a Sta. Clara y llevar a las más viejas de la familia: dos chochas nonagenarias, mi bisabuela Esperanza Amelia y mi tía bisabuela Carmen, a que visitaran al Milagroso Señor de las Maravillas. Mi madre, quizás no tan emocionada como la primera vez en que decidió invocar a los espíritus protectores en medio de una multitud cosmopolita; más movida que conmovida, por el celo de una tradición que ella misma había decidido iniciar; más consciente también, de los mitos que envuelven a la maternidad; tocada en esta ocasión por los apuros económicos, las ojeras y la realidad, que distaban mucho de las primeras tertulias psicoprofilácticas y los ejercicios visuales de ese primer embarazo donde se veía ella, enseñándole a sus hijos, los nombres de las estrellas, los colores jaspeados del horizonte y la lluvia matinal. En esta segunda ocasión mi madre ya sabía lo que era ser madre. Lo que se sentía en ocasiones, cuando se está más enamorada de un hijo que del hombre que se lo hizo y lo triste que era acostarlo, lamentándose de que faltaran tantas horas para verlo amanecer. Pero a la vez, lo corta que se le antojaba su libertad, la cantidad de metal que oía correr, como en los spots de la Lotería Nacional cuando el niño disfrazado de botones, le da la vuelta a la rueda. Y oír cómo esas monedas corrían y corrían en marejadas interminables, puertas afuera de nuestra casa. Decidir dejar el trabajo para quedarse con los hijos pero no tener dinero para comprar un helado en el parque. Tener el coche estacionado afuera porque faltaban escasos días para la quincena, y la gasolina. Tener que fingir demencia o temprana senilidad postparto ante los avisos de la educadora pues a mi hermano, hacía semanas que los zapatos le apretaban… Ir cada 15 días al pediatra. Y sin embargo, el milagro de la vida decidió repetirse. Mi madre fue tan valiente como para con todo y avisorar unos pocos años de premuras, pedirle a mi padre la embarazara de nuevo, ¨justo para que se llevaran dos años exactos¨. Mi hermano y yo nacimos en el mismo mes con dos años y días de diferencia. Fue mera cuestión de cálculo biológico. Mi madre supo sentir el día exacto de ovulación y ese día sucedió. 41 semanas después nací yo: Tomás de las Maravillas. En mi nombre no llevo quizás la fuerza de las hazañas futuras que de mi hermano esperan: ahora luchas con dragones, con enemigos imaginarios, mañana quizás combatir en nombre de una causa… ser el guía. En mí, como mi nombre lo dice, se volvió a repetir la maravilla del milagro; el milagro de la vida que es más fuerte que cualquiera; que cualquier súplica, que cualquier imprecación; que cantidad de legajos tumultuosos acumulados para dar fe a los milagros de tal o cual beato o santo y que son enviados a la Curia Romana para su validación. En mí, se repitió el milagro más grande del hombre.

¿Mi madre? Sigue con las alas puestas en la cabeza y en los ojos, en el corazón y en el alma. A veces no la vemos tanto como quisiéramos pero pasa y nos deja polvo plateado en las manos. Atrás quedaron los años de renuncia y pesares. Ahora es otra nuevecita. La misma pero nuevecita. Le vibran los ojos, le tiemblan de intensidad las manos y entre ella y nosotros pasan constelaciones iridiscentes. Las mismas que prometió nombrarnos cuando nos llevaba en su vientre. Ahora las nombra en silencio, para ella y para nosotros, susurrando quedito, en un lenguaje críptico que sólo ella, yo y mi hermano sabemos descifrar. Mi madre vuela. Se posa de pronto entre los dos, no siempre el tiempo que nosotros quisiéramos pero algún día nosotros volaremos igual y ella no quiere esperarnos desde ahora como toda una lista generacional de mujeres con sueños derribados. La escucho con su risa cantarina, su risa que se vuelve niña. Regresa la María Terremoto, se descubre a sí misma y no olvida quién ha sido desde siempre. Una amiga suya le decía hace tiempo: ¨La gente no cambia, tan sólo se encuera¨. Es ahora mi madre la que se quita los trajes de madre abnegada, de hija responsable, de mujer culpable. A ratos, la asaltan y la quieren volver a tener presa del disfraz. Pero ya no. Mi madre decidió quemarlos y volverlos ceniza.

jueves, 29 de enero de 2009

Ya nada es igual



El pasado lunes leía a Arnold Hauser a propósito de una sesión que debía preparar sobre el arte en el Barroco. En uno de los últimos párrafos del capítulo, el autor cuenta la forma en que el contundente hallazgo de Copérnico al afirmar que nuestro sistema era en sí, heliocéntrico, permeó gran parte de las obras de dicho periodo:

“El hombre se convirtió en un factor pequeño e insignificante en el nuevo mundo desencantado. Pero lo más curioso fue que, ante esta nueva situación, adquirió un sentimiento nuevo de confianza en sí mismo y de orgullo. La conciencia de comprender el Universo, grande, inmenso, implacablemente dominador, de poder calcular sus leyes y con ello de haber vencido a la Naturaleza, se convirtió en fuente de un ilimitado orgullo hasta entonces desconocido (...) Todo el arte del Barroco está lleno de este estremecimiento, del eco de los espacios infinitos y de la correlación de todo el ser. La obra de arte pasa a ser en su totalidad, como organismo unitario y vivificado en todas sus partes, símbolo del Universo. Cada una de estas partes apunta, como los cuerpos celestes, a una relación infinita e ininterrumpida; cada una contiene la ley del todo.”

Como muchos saben, los marcos teóricos de Hauser han sido superados y/o ampliados por sus sucesores. Sin embargo, a pesar del materialismo histórico a veces frío que corre por sus venas, en estos pasajes se adivina una pasión irreflenable al hacer teoría; una postura que va in crescendo hasta ser cerrada por él con bombo y platillo.
"Cada línea conduce la mirada a la lejanía; cada forma movida parece quererse superar a sí misma; cada motivo se encuentra en un estado de tensión y de esfuerzo, como si el artista nunca estuviera completamente seguro de que consigue también expresar efectivamente lo absoluto. Incluso detrás de la tranquilidad de la vida diaria representada por los pintores holandeses se siente la intranquilizadora infinitud, la armonía siempre amenazadora de lo finito."

Ese mismo lunes pensé en el hombre anquilosado en aquella época, sujeto de una gran consternación al verse desprovisto de lo que había sustentado su existencia por siglos. No sólo la institución de la iglesia, antaño intocable, sino también los dogmas teológicos cuestionados por los reformistas, y la ciencia hasta entonces contenida e inamovible, era derrocada en sus preceptos más irrefutables. Aquel hombre promedio era incapaz de vislumbrar qué seguiría. Apabullado quizá, tan sólo alcanzaba a contemplar la virtuosidad de Bernini o la sincera claridad de Vermeer. Con dificultad hubiera imaginado la caída de sistemas económicos, de gobierno y de pensamiento. Menos aún la conquista del espacio, las imágenes de Marte capturadas por un satélite artificial.

Al día siguiente, otro tema nos competía en clase: La prehistoria del arte contemporáneo, presente en los sustratos decimonónicos. A razón de leer las opiniones de curadores respecto a si el arte contemporáneo se rige o no por un determinado marco de reglas, recordé de nuevo los usos y formas prevalecientes en los tiempos de las Bellas Artes. Aquéllas que, como les explico a los alumnos, se escriben en mayúsculas doradas y se exhiben en una marquesina. Recuerdo de forma muy general el sistema de valores que regía la vida de la sociedad del Medioevo o la del Neoclásico y, aunque cliché, me vuelvo a preguntar ¿cuáles son los retos a los que se enfrenta la sociedad actual? (aún cuando muchos de éstos nos los sepamos de memoria). Recordé, asimismo, pasajes de la colección redactada por Georges Duby ¿Cómo podría haberse imaginado el futuro una mujer del antiguo Imperio Romano? Me la imaginaba a ella en contraste con la mujer promedio de la sociedad actual –si es que existe–, ¿cuáles eran sus preocupaciones?, ¿serían las mismas que ahora?, ¿cuáles habrían cambiado y cuáles subsistían como las más importantes?

Mientras transcurren los días de la semana, a la quiebra de los bancos estadounidenses le sigue la de los islandeses y los encabezados de las primeras planas recuerdan el Apocalipsis de San Juan. Nadie hubiese imaginado que el neoliberalismo alcanzó incluso a los grandes carteles del narcotráfico y que ahora se geste una batalla intestina contra los pequeños -"los piratas"- con tal de reorganizar el control del mercado.

En nuestro barrio, un grupo de chicos de la cárcel de menores se amotina. Los menores se quejan tanto de los malos tratos como de las pésimas condiciones del internamiento. Cuando pasamos enfrente del Tutelar, no entendemos el despliegue de seguridad: alrededor de cien granaderos, ambulancias y camiones de bomberos para intentar contener a lo que se cree fue la tercera parte del reformatorio en rebeldía. Eberard anuncia esa misma noche: "Todo bajo control". Sin embargo, pasan los días y un helicóptero policíaco vuela en círculos bajos sobre el techo del edificio mientras mi hijo de nueve años me reclama que ya es hora de que él tenga un perfil en facebook.

¿Alguien me puede decir qué sigue?

lunes, 12 de enero de 2009

Mi Top 10


Hace algunas noches tuve el siguiente sueño: tanto Juan Antonio como Alejandra y yo, acostumbrábamos pasar la noche en los museos de forma clandestina a manera de pasatiempo. Uno de los propósitos de la aventura, era echarnos un Tokaji aunque, en el sueño no se trataba del dulce vino húngaro sino de un “tokaji” de otra clase (¿?). En dicha ocasión, pernoctamos en el Museo Nacional de Antropología e Historia. Por algún motivo, yo conocía al director del museo que, más adelante, sería un importante político. Mientras dormíamos en alguna de las salas a oscuras, un spot de luz se dirigió repentinamente hacia nosotros, dejando al descubierto nuestro presunto delito. En el operativo se encontraban varios policías, otros miembros del personal del museo y el mentado director, quien se dirigía a Alejandra para reprenderla y preguntarle en qué cabeza cabía semejante actividad y cuáles eran las razones que nos llevaban a hacer aquello.

La respuesta de mi amiga A. fue completamente inesperada. En lugar de responder y pedir disculpas como yo esperaba, de pronto A. se posesionó en el papel de una guía para visitantes y comenzó a lanzarle una perorata etnohistórica al director que dejó a todos completamente trastornados. Mi amiga A. lo hacía tan bien y fue tan sorpresiva su respuesta que, de pronto prorrumpí en ruidosas carcajadas a la medianoche. Me desperté y, por supuesto, desperté a D. también, quien no entendía nada. Lo que recuerdo es que no podía parar de reírme. Incluso trataba de volverme a dormir pero, tan pronto volvía la escena a mi cabeza de mi amiga A. poseída por una guía fantasmal del museo, volvía a reír tan fuerte que no recuerdo haberlo hecho nunca con semejante energía.

A la mañana siguiente, recordaba la escena a la perfección. Le pregunté a D. si escuchó mis carcajadas. D. no sólo me dijo que sí sino que mi risa era una distinta a la ordinaria. Sonaba como una risa infantil, totalmente limpia y genuina, sin rastros de contaminación adheridos por el uso de las formas en vigilia, el temor al ridículo u otras convenciones. Tal parecía que la risa se originó, como todo buen sueño, en lo más profundo de mi inconsciente.

Como casi todos los que se jactan de tener sueños vívidos, recuerdo haberme despertado entre gritos y también en medio de sollozos, sudando de miedo, temblando de horror o de desesperación. Rememoro, asimismo, sueños comiquísimos de cuando tenía doce o trece años, pero no recuerdo haberme reído así en todos estos treinta y siete años. Espero que en este nuevo año que comienza, sean muchas las veces en que me despierten las carcajadas.

Probablemente muy tarde, presento mi particular Top 10 a manera de cierre del año. Y digo tarde ya que, debido a numerosas razones, a este blog le ha faltado la debida constancia y actualización. Esperemos que 2009 traiga, entre otras cosas, tiempo de sobra. No quería dejar pasar más tiempo para enumerar, de manera muy personal, la serie de platillos, películas, expos y momentos que hicieron del 2008, un año sin parangón.

Top 10 restaurantes
Este año se coronó con el gusto sibarita de mi bienamado y un par de kilitos que no me he podido quitar tras el enamoramiento (será que sigo en ese mismo estado). Tras ver el video earthlings pude llevar a cabo algo que llevaba pensado hacer durante mucho tiempo, sin mayor esfuerzo: dejar de comer carne a excepción de pescados y mariscos. Muy probablemente, el año pasado sirvió como preámbulo de esta decisión. Para muestra, lo que sigue.

El Pujol:
Para ser sinceros, conocimos este increíble lugar a finales del 2007, dos o tres días antes de que dicho año llegara a su fin. Como cortesía de la casa, nos ofrecieron una quesadilla literalmente líquida, dispuesta en un caballito tequilero donde se acomodaban los sabores en su respectivo lugar: abajo, una capa de tortilla, luego el queso, encima otra capa de tortilla coronada con una espuma de salsa verde. Recuerdo también haber comido una ensalada regada por pétalos de flores, una vinagreta cremosa y unas pequeñas vainas verdes de alguna leguminosa tierna que no alcancé a reconocer, en-su-pun-to. D. pidió unas costillitas de cordero de Nueva Zelanda, montadas en un mole inmejorable, terso al paladar, con el exacto nivel de picor, de chocolate y de especias, que contrastaba de forma excepcional con la carne. Luego del postre y, al final de la cena, nos ofrecieron unas esferas con sabor a manzana verde que, en el momento en que entraban en contacto con la acuosidad bucal, estallaban.
¡Por cierto!, recuerdo que me deben una cena en dicho lugar.
El Malayo: Conocimos este lugar al regreso del viaje de D. a la Argentina. Pequeño y de decoración confortable, siempre que hemos regresado me gusta encontrarme con los pequeños pájaros diseminados en el papel tapiz, como si se hubieran equivocado de rama y hubieran elegido, en su lugar, las cenefas de tan maravilloso lugar. Por fortuna, hemos regresado un par de veces. La atención, siempre de primera. El sahimi del día, el más fresco que puedas encontrar. Los pequeños panes fritos que ofrecen al inicio y cuyos sabores varían, son un milagro. El arroz basmati, en toda su sencillez y su incomparable aroma, un regocijo al alma. Y tienen un postre a base de arroz, leche de coco y, si mal no recuerdo, pasas rubias o acitrón, que he traído a la mente un sinnúmero de veces desde que lo probé. Ojalá y en el 2009 volvamos muchas veces a El Malayo.
China Grill: Gracias al fin de un trabajo bastante mezquino pero, a final de cuentas, con una retribución a cambio para D. y CA, fueron ellos y sus respectivas, a desmitificar las voces y comentarios de este sonado restaurante, uno de los situados en el Hotel Camino Real. Entre tantos otros platillos, pedimos unos dumplings de camarón, un rack de cordero en salsa de ciruela que, literalmente, nos dejó chupándonos los dedos sin temor a las opiniones de los otros comensales. Al finalizar, pedimos varios postres pero el mejor, sin lugar a dudas, fue un sushi bañado en chocolate aunque aquí GM disentiría conmigo pues ella se queda con el pie de queso. El riego de aspersión utilizado a lo largo de toda la degustación fue el mejor de los sakes tibios con aroma de bambú. ¡¡¡Mmmmmmmmmm!!!
El Bajío: definitivamente, el mejor restaurante de comida mexicana en la ciudad. Cada vez que vamos, pedimos casi lo mismo: empanaditas de plátano macho y frijol, gorditas de frijol con hoja de aguacate y de requesón, los tacos de carnitas al estilo Michoacán y los huauzontles en caldillo de jitomate o en chile pasilla. En alguna ocasión, se me ocurrió pedir el mole de olla, el más grande de mi historia. Por supuesto, no me lo pude acabar, pero hay pruebas fotográficas de que lo intenté.

Tandoor: Cuando se encuentren en las inmediaciones de la Anzures y aledañas, vale la pena que visiten este lugar, especializado en cocina hindú y pakistani. Para beber, solicitamos el tradicional Lassi con cardamomo. De entrada y, para acompañar el resto del atasque, pedimos una papadum asada, que es una tostada hecha a base de lentejas y especias además del tradicional arroz blanco basmati, un chapati y un nan, esas clásicas especies de tortillas de harina de trigo hechas al momento. Como si eso no fuera poco, de platos fuertes nos trajeron a la mesa, un Bhuna Mushroom (champiñones asados con especias, receta de la casa), un Aalu Gobhi (plato confeccionado con papas y coliflor en curry picante) y el Bhuna Murga, el pollo especialidad del chef. Finalmente cerramos con kheer, mi versión favorita de postres hechos a base de arroz, con almendras, pistaches y cardamomo.
Al Jamil: con todo y que, a la semana de haberlo conocido, fuimos a El Ehden, me quedo con el primero: hojas de parra rellenas de carnero, falafel y garbanza, el pan con zathar, las lentejas con arroz y el jocoque tradicional. Me gusta más la sazón de este local ya que El Ehden, nada despreciable, tanto en las presentaciones de los platillos como en su confección, me pareció más casero.
Deigo: Había oído hablar mucho de este restaurante hasta que lo conocí en compañía de D. Probablemente el segundo mejor restaurante de comida japonesa de la ciudad: el pescado a la sal, el sushi de anguila de río además de las sopas de fideos orientales son una delicia.

Casos aparte dignos de mencionar: yo conocí el Deigo, el Tandoor y otros muchos más pero D. me debe el haber conocido el mejor restaurante japonés de la ciudad: el Teppanyaki Taro. Se volvió un fanático del lugar, a tal grado que tuvimos una época en que no perdonábamos las cenas de los viernes. Casi siempre pedíamos lo mismo: gyozas de carne, sushi de atún, de anguila y de pasta de cangrejo, una ración más de la pasta fría que te sirven como entrada, sashimi, sukiyaki y tempura de verduras. Si no lo conocen, se están tardando.
Durante el verano, regresamos a la enramada de Doña Nica, en la Playa de Troncones donde están las mejores camaronillas del planeta. Una semana después, descubrimos el mejor pescado a la talla y los camarones a la diabla de una enramada en Pie de la Cuesta. Las pizzas y otras especialidades del Vayma le hicieron un buen contrapeso.
El resto del año me quedé con ganas de pedir los ravioles rellenos de foie gras en salsa de morillas y la entrada de jitomates con mayonesa y huevo duro que pidió I. en Le Bouchon. Pero me quité las ganas con los scones rellenos de arándano de La Lorena, el helado de queso mascarpone bañado con chocolate belga, de La Trattoria della casa nuova, recomendación de G., y las inigualables quesadillas-tacos de guisado de los portales de Huasca a la par de los pastes de mole verde y arroz con leche en Real del Monte. Tuvimos, también, un tour gastronómico veracruzano que inició con el tradicional desayuno en La Parroquia que D. venía saboreándose meses atrás –canilla, café, jugo de naranja, huevos tirados y Zaraza–, siguió con un pámpano en Mandinga y cerró con unas truchas rellenas en Coatepec. Además, le seguimos la pista a The Minimalist en el NY Times y aprendimos a hacer dos ensaladas memorables: una sencillísima a base de duraznos y jitomate y otra con edamame y queso pecorino. También aprendimos a hacer gnocchis por vía telefónica. La primera vez nos salieron increíbles; la segunda, intentamos hacerlos de camote y fue un fracaso rotundo.

Top 10 películas

Ostrov ( sin palabras).
There Will be blood y la genial actuación de Daniel Day Lewis.
The Savages, con Laura Linney y Philip Seymour Hoffman.
The Darjeeling Limited (jamás entenderé por qué Wes Anderson figura tan poco entre las películas premiadas).
El remake de Funny Games de Hanecke con la actuación de Naomi Watts y otros. El trauma me duró varios días aunque no puedo dejar de admitir el poder del cine y las sensaciones que todavía puede provocar.
In the valley of Elah
Ira and Abby (qué bien me la pasé cuando la vi).
Las dos musicales de los estrenos del año: Control de Corbijn y La Môme.
Otras a destacar fueron: Atonement, Juno, Persépolis, La flor del cerezo de Doris Dörrie y Reprise de Joachim Traer.

Exposiciones

Wolfgang Tilmans, la colección de grabados de Toledo en el MACO Oaxaca, León Ferrari, Julio Galán, Thomas Hirschhorn, Marina Abramovic, Taka Fernández, Sinergia, Las implicaciones de la imagen, los cortos de Valerie Mréjen y, ¿por qué no? Vic Muniz. La decepción: Jeff Wall en el Tamayo.

El Top 10 de Momentos 2008:

El Año Nuevo en casa de la Morra; la fiesta de aniversario en La Tumbona; el día en que conocimos a Joe Félix y el día en que regresó a nuestras vidas; Pie de la Cuesta; el día del anuncio en Troncones; un baño en tina en el Camino Real de Acapulco; The 40 year old virgin en un hotel de Veracruz; el día en que nos mudamos y la semana que le siguió.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Hannah Höch



Uno de los grandes regalos de mi cumpleaños, fue un libro sobre Hannah Höch. Aquí va una cita, dedicada a Juan Antonio, por hacerme llegar este paraíso de imágenes.

"Quiero borrar las fronteras fijas que los humanos tendemos a trazar seguros de nosotros mismos en torno a todo lo que nos es alcanzable. Yo pinto cuadros con los cuales trato de hacer que eso sea comprensible, perceptible a la mirada. Quiero mostrar que lo pequeño puede ser también grande; sólo cambia el punto de vista desde el que juzgamos y todo concepto tiene su validez. Deseo seguir formulando la advertencia de que, aparte de tu concepción y tu opinión y las mías, existen millones y millones de otros modos de ver legítimos. Preferiría mostrar hoy el mundo como lo ve una abeja, y mañana como lo ve la luna, y luego como pueden verlo muchas otras criaturas, pero soy un ser humano; puedo, en virtud de mi fantasía, ser un puente. Deseo hacer sentir como posible lo que me parece imposible. Deseo ayudar a vivir un mundo más rico, para poder estar unidos más benignamente a este mundo que conocemos."

H.H

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Mi Lola (2005-2008)



Unos días después de que atropellaron a nuestra perra Matilde, me di a la tarea de encontrar una nueva mascota para nosotros. Hallé a Lola en un criadero de perros de raza Labrador. La pude adoptar pues, a pesar de haber nacido en un criadero, no alcanzaría la talla necesaria para poder venderla. Recuerdo muy bien cuando le conté a Alejandra, mi entonces jefa, que había encontrado varios perros en oferta: uno era macho pero no se podía vender pues nunca le bajó un testículo; la otra era hembra pero chaparra. Alejandra pensó que mis explicaciones eran meros pretextos para rechazar ambas opciones y me respondió muy enojada: "¡Ay, Chiquis! ¿pero qué no te has visto en un espejo? ¡Tú también estás chaparra!."

Cuando la recogí en un consultorio veterinario, pues el criadero se encontraba rumbo a la carretera a Puebla, era apenas una pequeña cría de Labrador. Sin embargo, no alcanzaba a entender cómo con esos dos pares gigantes de patas, podían argumentar que no llegaría a la talla de un adulto propio de su raza. En efecto, Lola creció sólo hasta cierto punto, hecho que provocaba en ella, un aspecto bastante gracioso. Todos los que la encontraban a su paso cuando la sacábamos de paseo, se admiraban de su nobleza y pensaban que era un rasgo distintivo de su ser cachorro. En los casi cuatro años que estuvo con nosotros, jamás lanzó un gruñido a nadie.

Al principio, le costaba un enorme esfuerzo algo tan simple como bajar las escaleras. Se le imponían como gigantescas mesetas y le provocaban un vértigo tremendo. Era como tener un tercer hijo pues mis otros dos, le daban una cuerda interminable. Mordía todo, era la más inquieta y juguetona. Descansaba en una postura similar a la de un tapete hecho con la piel de un tigre. Eso parecía: una alfombra de chocolate.



Más adelante, maduró. Se adaptaba a lo que la vida le pusiera enfrente. Se acostumbró a viajar entre una casa y otra con mis hijos cada quince días. Fue muy feliz en Valle de Bravo, en la cima del bosque de Tlalpan y en los parques de Chimalistac. Le tenía miedo a los demás perros. Su amigo más reciente fue nuestro gato, Joe. Tardaron un par de días en acostumbrarse a la presencia del otro. Luego de eso, se volvieron compañeros de juego donde, cabe decir, Joe siempre fue el líder. Todavía ayer, tal y como escribió D., Joe se ufanaba en alcanzar la ventana para ver qué había pasado con Lola y, así, dar con la posible explicación del por qué ya no entraba a casa.

Cuando por un tiempo viví en casa de mi madre, Lola aguantó estoicamente las medidas ajenas, y vivió en un pequeño patio con la esperanza de que la sacáramos a pasear a los parques de Chimalistac, en la medida de nuestras demandas cotidianas. Eterna compañera de juegos de Guido y Tomás, la recordaremos por siempre, como el apoyo que constituyó en todo momento: desde volverse una especie de sillón reclinable para la talla también pequeña de mis hijos, hasta asumir los tiempos de penas y alegrías; las vacas gordas y las vacas flacas.

Me consuela un pequeño gran hecho. Tuvo un último mes lleno de alegría, uno de los más felices. Entraba y salía de la casa, subía y bajaba de la azotea, me saludaba metiendo su hocico en el umbral de la puerta del coche cada vez que yo llegaba.

Ayer me sentía incapaz de explicar la pena que invade cuando estos extraños seres se meten en nuestro corazón a pesar de no ser personas. Tuve que interrumpir una visita guiada con mis alumnos para recibir la noticia de su muerte y no alcanzaba a explicar el motivo de mis ojos llorosos: "Disculpen ustedes, pero es que acaba de morir mi perra". En lugar de ello, me pareció mejor idea fingir una gripa implacable.

De regreso del centro, durante el trayecto del metro a mi auto, en el auto mismo, reparé en lo sabio que es el cuerpo, que se vuelve literalmente agua cuando encara una gran pena. Eso sentía, que toda yo me volvía agua mientras recordaba los mil y un momentos viejos y recientes junto a mi perra Lola. Uno de los últimos fue intentar ponerle un tratamiento en los oídos, dos veces al día en las últimas dos semanas. Tan sólo de ver las botellitas de medicina, se volvía una estatua. Poco a poco había que convencerla para que se recostara, a veces, con ayuda del abrazo de una pierna a manera de una Wilson. Me daba mucha risa observar cómo, poco a poco, el semblante de Lola se transformaba hasta ser la digna anunciante de un spa. Llegaba hasta roncar.

Sólo una gran verdad se me ocurre agregar ante su pérdida, y cito aquí a Guido, mi hijo mayor, que ayer escribía esta gran, gran frase: "Lola: me dio mucho gusto haberte conocido."

domingo, 2 de noviembre de 2008

Felicidad




A las 8:30 del lunes 13 de octubre, recibí oficialmente mi título de Maestra en Historia del Arte. Luz Ma., sinodal que fungió en calidad de Secretaria durante la firma de actas, reparó en la inusual manera de iniciar la semana. Una vez terminado el protocolo y despedirme de los representantes, acompañé a Daniel, Director de mi tesis, a que se tomara un café y fumara un cigarro. Platicamos de los proyectos futuros inmediatos; de la exposición próxima de Luis Barragán y de otras posibilidades en puerta. A raíz de Barragán y sus proyectos en el Pedregal, recordé a las dos personas que fueron el motivo por el que yo llegara a vivir a México a la edad de un año. Momentos después, acompañé a Daniel a que tomara un taxi; nos despedimos deseándonos buena suerte y feliz inicio de semana.

Una serie de papeleos y trámites en la UNAM impidió que arribara a tiempo a mi rutina habitual de los lunes: dar clase. No hubo tiempo, en esta ocasión, de celebrar con una fiesta de recepción o una gran comida. Tan pronto pasó el tiempo reglamentario en CU, me dirigí a mi nuevo hogar, ubicado en el centro de Tlalpan, a desvalijar cajas pendientes de la mudanza y acomodar libros, trastos, utensilios, ropa. Esa fue mi particular manera de festejar mi nuevo estatus. Alrededor de las 18:00, llegaron D. y los niños, estos últimos enfundados en sus trajes de Tae Kwon Do, demostrando las patadas triples y combinadas que aprendieron en clase. Ahora somos más en la casa: los niños, D., yo, mi perra Lola y Joe, el gato de D. Por suerte, Lola y Joe, acostumbrados a vivir en calidad de mascotas únicas, cada día que transcurre se caen mejor. A diferencia de la reciente vida pasada de Lola en la que, por ciertas circunstancias, su espacio vital se vio reducido a un pequeño patio por más de un año, hoy puede transitar libremente dentro y fuera de la casa. Cuando permanece afuera, tiene un jardín que, si bien no es grande, circunda nuestra casa de una sola planta por la que camina entre dos árboles de mandarina, una camelia y varios rosales, piracantos y alcatraces.

Por la noche del mismo lunes, llegó Alejandra, nuestra primera visita oficial a nuestra nueva casa. Cocinamos una pasta, cenamos con los niños, le entregué mi tesis autografiada, la cual esperaba guardada por semanas. Habérsela entregado en el día oficial fue una señal de buena suerte para nosotras.

El jueves siguiente recogí a los niños luego de sus talleres. Después de la mudanza parece que no extrañan la televisión. Las horas han transcurrido en la revisión de sus antiguos libros que parecen nuevos cuando los desempacamos. Les conté el añejo chiste de la fiesta de los papeles en la que el papel Bond salva a los pocos sobrevivientes al filo de los hermanos tijera. A mi sorpresa, se rieron mucho y yo lo celebré doblemente. Por la noche, fuimos D. y yo a ver, por tercera vez, los videos de Valérie Mréjen al Laboratorio Arte Alameda. Tuve la suerte de conocerla, en su franca paz. Los alumnos que acudieron al evento también la conocieron. La próxima vez que los vea, si ya he logrado desembalar todas las cajas de libros para aquel entonces, les leeré fragmentos de "Mi abuelo" -la pequeña novela autobiográfica de Valérie- como éste:

"Mi abuelo viajaba todos los años a Italia, desde donde enviaba una postal dirigida a nuestro perro."

"De niño, mi abuelo gastaba bromas en los hoteles. Echaba en los orinales unos polvos que hacían que la orina se pusiera espumosa y verde. Volvía locos a los botones."

"Cuando nos pasaba algo, mi padre nos tranquilizaba diciendo: 'no es grave'; y añadía: 'nada es grave, sólo la muerte'."

Luego de la exhibición de los videos, fuimos al Covadonga con Valérie, Cuauhtémoc, Tania, la Morra y D. Por la noche, D. y yo dormimos con los cuerpos amarrados en un largo abrazo, por quinta noche consecutiva.

A la salida de la clase que doy los viernes por las mañanas en el Claustro de Sor Juana, caminé por el andén del metro, como siempre, hasta alcanzar los primeros vagones. Perdida en mis permanentes tribulaciones, me vi distraída, de pronto, por las cabezas de dos hombres que asomaban por entre las pequeñas ventanillas de ventilación del primer vagón. Me sorprendió el cinismo, por no decir, la valentía con la que me hacían señas y me lanzaban chasquidos, sacando sus manos al exterior de la ventanilla y haciendo aspavientos con ellas para que yo me acercara. La sorpresa fue rápidamente sustituida por el inicio del miedo... ¿Y si entro al vagón y ellos se cambian al mío en la siguiente estación?, ¿qué debo hacer? Dos vendedores de Cds piratas que esperaban en el andén al igual que yo, se mostraban igual de estupefactos ante las muecas deliberadas de los extraños hacia mí. En eso, se asomó el chofer del metro, hizo otra serie de ademanes, supuse que iban dirigidos a mí, lo verifiqué al voltear la cabeza al lado contrario, pues no había nadie cercano que las pudiera descifrar. Al volver hacia el chofer, por primera vez di un vistazo al interior del vagón en el que, supuestamente, viajaría. Me sorprendió ver, en medio de él, un retén; estas altas estructuras plásticas color naranja que se utilizan en los andenes después de las 17:00 para dividir los vagones exclusivos de mujeres y niños. Al interior del vagón, alrededor del retén, observé a varios hombres, unos parados y otros sentados, con la mirada perdida y el cuerpo uniformado. Descarté que se tratara de reos pues su vestimenta no era parda sino de una combinación de azules asépticos. Lo anterior, conjugado con el pelo cortado a navaja y las reacciones completamente descontextualizadas de los primeros dos personajes, me hizo constatar que se trataba de los internos de un pabellón psiquiátrico. La nave de los locos, en una mañana de viernes en el metro de la Ciudad de México.

Las puertas del vagón jamás se abrieron. De cualquier forma, no pude evitar pensar en la suerte de una distraída, más pendiente de sus tribulaciones mentales que de los acontecimientos externos ¿Qué hubiera sido de mí si las puertas se hubieran abierto y yo entrara en automático, como casi siempre? Haber sido avisada a tiempo por medio de tantos signos extraños fue, en sí, otra una buena señal. Lo consideré un amuleto más de aquella afortunada semana.

Al parecer, en días próximos conoceré a F.A. Le entregaré, tal y como antes lo había pensado, mi tesis, emparejada a la foto de los perros que duermen en forma de ovillo.