martes, 6 de julio de 2010

El abandono del nido



Anoche escuchaba los sonidos que hacía Anna en su cuna grande a través del monitor. El aparatejo se tornó en una suerte de micrófono a través del que intentaba descifrar los códigos, la semántica de los distintos ruidos que emitía mi bebé. ¿Acaso soñaba?, ¿por quién suspiraba?; cuando emitía agudos chillidos, ¿no me imploraba, en ese lenguaje críptico, que la desencadenara de esa gran nave que ahora es su cuna?

En la nueva cuna de Anna podrían caber nueve bebés de su tamaño, alineados como si se dispusieran a habitar una lata de sardinas. Anna es la novena parte de ese ínfimo espacio a juzgar por su tamaño si se le compara con nuestra cama, pero gigantesco si se le mide partiendo de su cuerpo como sistema métrico.

A mi lado izquierdo permanece el moisés, una cuna pequeña de madera y tela en la que Anna durmió hasta ahora todas las noches de su corta existencia, a excepción de las que pasamos en el hospital; su tercera morada si contamos mi útero como primera, mi regazo en el hospital como la segunda... la cuna grande es, entonces la cuarta ¿Por cuántas camas tendrá que pasar?, ¿cuántas más le faltan, si sumamos las pasajeras -las de los campamentos y los viajes, las casas de los amigos- y las permanentes: las mudanzas, la independencia, el amor, las separaciones? Miro el moisés que permanece a mi lado, quiero deshacerme de él cuanto antes, le marco al hospital a una amiga que acaba de tener a su bebé, más para ofrecerle el objeto que para felicitarla. Está lleno de ausencia. Aunque Anna duerme a escasos metros de nosotros, en la habitación contigua, ¿Qué es una cuna sin un bebé en sus entrañas?

El moisés me recuerda las semanas previas al parto. Yo no dejaba de contemplarlo, estaba lleno de esperanza, no de vacío. Ahora está lleno de reliquias: el fino pelo que se cae de su cabeza, una mancha de su saliva, un rastro de su anterior presencia.

Entro al cuarto celeste, como su padre lo bautizó. Está lleno de luz y de pájaros aunque ficticios, tiene un mejor clima. Mi bebé crece, se vuelve cada vez menos mía y más de ella. En su cuna grande, su cuarta morada, bucea en el centro. Respira tranquila. Parece que le vino bien el cambio. No dejamos de escuchar su ligero tremor que traspasa las paredes, se sumerge y navega por el cable hasta llegar a nosotros.

¿A qué hora despertará?

domingo, 14 de marzo de 2010

De la nueva vida con Anna y otras cosas


Nos supimos embarazados y, como por arte de magia, llegaron a nosotros bebés, parejas igualmente embarazadas, fiestas de cumpleaños con piñata incluida. De las primeras que recuerdo, la de cinco años de Pablo cuando yo rondaba los tres meses de embarazo. Sólo era cuestión de fijarse un tanto más en el espacio circundante para encontrar carreolas, panzas preñadas, ropa de bebé por doquier: en el metro, en los parques, en las esquinas. Previo a eso, nada, sólo la vida que se me antojaba hasta un tanto adulta de Guido y Tomás, mis hijos mayores.

Ahora que Anna está entre nosotros, son muchos los bebés, las mamás y futuras mamás que nos rodean; desde un futuro primito que nacerá a principios de agosto hasta una gran hueste de amiguitas y amiguitos que seguramente acompañarán a Anna en la estimulación temprana, el kinder, las fiestas de cumpleaños, la primaria...

Extraños los juegos del tiempo, más de uno apelaría a la sincronicidad junguiana en torno a las coincidencias de saberse en el mismo sitio que otros muy cercanos. Aunado a ello, está la duración del mismo que se alarga como una banda elástica inconmensurable, al tiempo que cae, las más de las veces, a cuentagotas. Recuerdo cuando todavía no cumplía ocho meses de embarazo y me parecía que faltaba una eternidad para el arribo de Anna. Hoy a veinte días de sucedido su nacimiento, siento que han transcurrido milenios desde entonces, las escenas idílicas del hospital, su tierna cara redonda en mitad de la noche cuando dormíamos ella y yo, abrazadas en la misma cama del cuarto número 27. Y, sin embargo, cada día que pasa es tan extenso y tan corto a la vez, se mide por tres horas, el tiempo en que Anna tarda en comer, en mantenerse despierta, en ser arrullada y lo poco que queda para desayunar, bañarse, distraer un poco la cabeza o descansar.

Mañana serán veintiún días desde su nacimiento, en una semana más Anna cumplirá su primer mes de vida. Atrás quedaron las primeras mayorías de edad: el día que cumplió una semana, el día en que se le cayó el reducto de cordón umbilical, a diez días de nacida. Hace poco más de un mes que llevé a mi hijo mayor al restaurante giratorio del WTC para celebrar su primer aniversario "redondo", una década, y no dejo de recordar como si fuera ayer cuando lo cargaba en mis brazos hecho un bebé. De Anna sólo se antoja disfrutarla más y más: que esté bien, que permanezca sana y fuerte, que descubra el mundo al ritmo de las canciones de los Beatles y otros, tal y como hoy lo hicimos los tres: ella, su padre y yo mientras la alimentábamos y veíamos los pequeños documentales que celebran la remasterización de sus discos. De pronto, nos sentimos invadidos de una alegría que se mezclaba con una tristeza y una nostalgia tremenda al mirar en nuestra pequeña pantalla la última portada de los Beatles; aquella mítica en la que el cuarteto camina sobre la banda peatonal. Anna, sin saber lo que le depara de la vida, dormía ya, arrullada en nuestro abrazo.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Descanse en paz




Hoy, me cuentan, murió Andrés, uno de mis alumnos más entrañables. Lo asaltaron, él no opuso resistencia y, sin embargo, le metieron un balazo. Espero la llegada de mi hija Anna en menos de quince días, me entero gracias a una de las profesoras de la universidad donde doy clase hace unos años pues este semestre, ante su llegada inminente, suspendí las clases hasta agosto.

¿Qué se puede agregar? No mucho, que estoy más enojada que triste... que estoy más triste que enojada. Que me provoca una impotencia tremenda que la gente buena como Andrés se vaya de esta selva incomprensible, como bien dijera A.G.

Que quede ésto a manera de tributo: Andrés formó parte de un grupo de alumnos de Cine que me hizo volver a creer en la importancia de dar clases, en un semestre por demás difícil en otros terrenos de mi vida. Para mí, los martes se volvieron una especie de sábado, pues sabía que los iba a ver, entre ellos al gran Andrés curioso, lleno de preguntas, de recomendaciones, inquieto, sonriente siempre. Sus playeras fueron legendarias. De su colección aprovechó para hacer una propuesta artística a manera de trabajo de fin de semestre. Fue él quien me recomendó bajar el Stumble! a mi compu, gracias a él encontré cosas realmente sorprendentes. Hace un tiempo me mandó también la página del futuro teléfono celular Nokia que se comporta como un ser vivo, en atención a mis pesquisas alrededor de un proyecto de doctorado que estaba por entregar.

Con él y otros más igual de entrañables que él, visitamos el estudio de Ariel. A Ariel, mitad escéptico en un principio, se le iluminó la cara al ver tanto interés, hecho inusual en las actuales generaciones por demás apáticas. De ahí nos seguimos al Bar del Jazz New Orleans, Andrés y el resto le pidieron que los involucrara en alguno de sus proyectos que requiriera de filmaciones. Organizamos castillos en el aire: un viaje a Real de 14 en octubre pasado que ya nunca fue pues no me tomé la molestia de organizarlo, con casi 5 meses de embarazo a cuestas. No menos de un mes pasó luego del New Orleans y nos volvimos a reunir en la exposición de Ariel en su galería ubicada en la San Miguel de Chapultepec.

Espero algún día no muy lejano, hacer ese viaje con el resto de la comitiva. Si así sucede, nos acompañará el espíritu de Andrés a quien dedicaremos ese viaje con todo y que él ya remontó el suyo propio, de seguro a un lugar donde su felicidad plena sea bien entendida y mejor recibida que aquí.

Descanse en paz nuestro querido Andrés.

domingo, 20 de septiembre de 2009

María Terremoto at the steering wheel



Al mediodía del 15 de septiembre me disponía a subir por Av. Juárez rumbo a mi hogar tras haber recogido a mi par de fieras. Días antes, vaticinaba el clásico caos que rodean estas fechas pero no adiviné que la avenida principal de Tlalpan estuviera deliberadamente cerrada por un trío de policías que, por sus dimensiones, semejaban a tres enormes orangutanes, conos de plástico y cilindros viales incluidos.

Con todo, reparé en que los dos automóviles delante de mí habían bajado cortésmente su ventanilla, explicado algo a uno de los policías, quienes habían bajado de forma automática una suerte de cinta adhesiva de aquellas que suelen utilizar en las zonas de crimen, catástrofes, etc. Supuse, como era lógico, que dichos autos eran vecinos de la colonia, hecho por el cual, comprensiva y justificadamente los habían dejado pasar. No dudé en hacer lo mismo ya que mi calle hace esquina con Juárez. A menos que me metiera en sentido contrario, no había forma alguna de acceder a mi casa.

Lo que siguió es, más o menos, la transcripción del diálogo con Orangután 1:

María Terremoto (en adelante, MT): Buenas tardes, oficial. Vivo en ______ esquina con Juárez.
Orangután 1 (O.1): Permítame su credencial de elector.
MT: No tengo credencial de elector, oficial. No nací en México.
O.1: Entonces, su comprobante de domicilio.
MT: Oficial, no llevo uno conmigo. Además, rento la casa en la que vivo. Ninguno de los documentos oficiales ni la correspondencia llegan a mi nombre a ese lugar.
O.1: ¿Cuánto tiempo lleva viviendo ahí?
MT con cara de perpleja: Pues casi un año... ¿Por qué la pregunta?
O.1: ¿No cree que ya va siendo hora de que regularice sus documentos?
MT: No lo creo, oficial. No sé por cuánto tiempo más viviré allí. De cualquier manera, no entiendo a qué viene su pregunta. Voy a mi casa, vengo de recoger a mis hijos del colegio. Si usted gusta, nos puede acompañar y corroborar la dirección anterior.
O.1: No puedo dejarla pasar si no es por medio de la presentación de algún documento que compruebe su domicilio.
MT: (¡¡¡!!!) Oficial, acabo de ver que usted dejó pasar a dos automóviles antes que nosotros.
O.1: Porque me enseñaron su credencial de elector.
MT: Lo dudo mucho. Sin embargo, no le estoy mintiendo. Voy rumbo a mi casa. Si lo desea, le repito, nos puede acompañar.
O.1: Si no me enseña su credencial de elector no la puedo dejar pasar.
MT: Pero oficial, le acabo de explicar...

Acto seguido, Orangután 1 se dio la media vuelta, comentó algo a sus compañeros que no alcancé a escuchar pero que provocó que, momentáneamente, me hicieran señas frente al parabrisas para que me moviera en reversa. Mis hijos, que bien me conocen y cuyas fantasías infantiles hacen confundir a un policía con un híbrido mezcla de héroe e impostor, comenzaron a gemir y a intentarme convencer de que les hiciera caso. Demasiado tarde, había comenzado a sentir hervirme la sangre y reconocer los síntomas que le siguieron: el impulso ciego, la impotencia, la incredulidad...

Decidí no moverme, pese a que media Avenida San Fernando había comenzado a tocarme el claxon. Detrás de mí, un taxi envalentonado que, de cualquier manera, impedía que yo hiciera cualquier movimiento. Los policías procedieron a convencer a dicho personaje para que se moviera y Orangután 1 me pidió que abriera mi ventanilla: "¡MUÉVASE!, ¡ESTÁ IMPIDIENDO LA AFLUENCIA DEL TRÁFICO!" (o algo así).

MT: No me voy a mover hasta que no me deje pasar. Ya le expliqué y me parece absurdo tener que venir con un comprobante de domicilio en la guantera para hacer realidad los caprichos de alguien tan incongruente como usted.
O1:¡Entonces oríllese y vaya caminando por su comprobante de domicilio! Así sí la dejo pasar.
MT: Estoy embarazada y llevo a mis hijos conmigo. No voy a caminar hasta mi casa para cumplir con su berrinche.

Acto seguido, el oficial hizo un ademán que simulaba la indiferencia extrema. Para mis adentros, dije: "A ver quién se cansa más rápido". A esas alturas, mis hijos ya estaban al borde de la histeria y me imploraban que hiciera caso a los oficiales. En aquel momento, debo confesar que era lo que menos oía: Su débil aunque permanente murmullo comparado con la serie de pensamientos que invadían mi precaria paz.

Entonces, sin pensarlo ni por dos segundos, metí el clutch, puse primera y aceleré por encima de los cilindros de plástico y la cinta adhesiva, no sin escuchar ya detrás de mí, a Orangután 1 mentándome la madre. Lo siguiente fue rememorar algunas escenas de Uma Thurman en Kill Bill pero, sobre todo, el final de Thelma & Louise mientras mis hijos deliraban de terror al ver que en cada bocacalle que atravesábamos, otro contingente de policías con radios nos hacían señas con los brazos. Yo mantenía, impasible, la misma velocidad pese a que me había llevado conmigo uno de los cilindros que hacía un ruido sordo en la parte baja del auto. Llegamos a salvo a la casa mientras mi corazón latía a mil por hora y las imágenes en mi cerebro se atropellaban unas a otras: las heroínas seguidas del "si hubiera" mezcladas con escenas infantiles cuando reviví momentos similares con mi padre al volante.



Sólo de una cosa me arrepiento: de haber hecho vivir a mis hijos la misma angustia que yo pasé innumerables veces con mi padre cuando se peleaba a golpes en la librería con presuntos ladrones, cuando se peleó a golpes con el vecino por problemas de estacionamiento, cuando osó entrar a una sala de cine mientras terminaban de hacer la limpieza, no sin evadir a los guardias que lo impedían; cuando estuvo a punto de abofetear a mi tío frente a toda la familia, cuando el mentado helado en Danesa 33 del que ya hablé... Mea culpa, mea maldita herencia genética. Maldito orangután. Viva México y las absurdas cotas de poder.

martes, 8 de septiembre de 2009

Gate 18



Son las 23:25 del domingo 6 de septiembre. Llevo casi cuatro horas varada en el aeropuerto de la ciudad de Guadalajara. Mi vuelo inicial despegó con rumbo al DF a las veinte horas tras un ligero retraso. No había pasado ni media hora de estar al ras de las nubes cuando el capitán nos avisa por las bocinas que debemos regresar a Guadalajara por las pésimas condiciones meteorológicas en la Ciudad de México.

Sigo aquí, en un estrecho asiento de una incómoda sala de espera. Las pistas del aeropuerto de la capital están anegadas. Se espera que, con suerte, dicho aeropuerto reanude operaciones alrededor de las 2:30 am y recibir, poco a poco, el cúmulo de vuelos retrasados. Tengo que llegar a dar clase a las 10 am y me temo que no serviría de mucho cambiar mi vuelo al primero de la mañana. Tal parece que llegaría, más menos, a la misma hora de una u otra manera. Tendré que pasar la noche aquí en esta sala, ya que ni la aerolínea ni el aeropuerto se hacen responsables de gastos de transporte ni de hospedaje debido al escenario climatológico ajeno a su control.

Dudo en volver a Guadalajara y dormir con D. un par de horas -dormir en compañía, abrazada, abrazarlo a él-, sin embargo, mi mente hace cuentas: $600 en taxi por una cantidad de horas inexacta, brumosa.

Poco a poco han sido numerosos los que han desertado de mantenerse a la espera, sobre todo, aquellos que tenían vuelos en conexión con otros lugares de la república. Los latinoamericanos, que no pueden hacer nada mas que incrementar su paciencia, se solidarizan. Se encuentran ante un callejón sin salida ya que los vuelos que requieren se toman forzosamente en el DF. Venezolanos, cubanos y peruanos se reúnen en círculo y hacen chistes, ríen al menos. Más tarde se unirán a ellos un par de mexicanos prototipo, que los animarán a abrir la caja de Don Julio que llevaban de regalo, compran latas de Squirt y les enseñan a hacer "Palomas". El cubano saca una cajetilla de puritos y, convenciendo a los sobrecargos que se encargan de nosotros como si fueran guardias, logran burlar las medidas de seguridad y abrir la compuerta que da al exterior para tomar y fumar. Un argentino comienza a ligarse a su vecina que lo mira, ilusionada ante el luminoso futuro que sospecha en medio de un jet lag abominable. Debo confesarlo: yo quise, en algún momento de la noche, hacerme amiga de una peruana que viajaba en compañía de su hijo de tres años. Cruzamos un par de sonrisas y de gestos relativos a la incoherencia de nuestra presencia en aquel lugar. Me dan ganas de contarle que estoy embarazada aunque todavía semeje una evidente hinchazón estomacal. Más tarde, debrayo y me imagino contando a mis amigos, a mis hijos, a éste que espero, la fortuita anécdota que nos unió a mi nueva amiga peruana y a mí. Imagino viajar a Lima para visitarla en unos años; incluso la imagino a ella, en la comodidad de mi casa, unas horas después, esperando su vuelo de conexión en algo más que una sala incómoda.

Pero la peruana de pronto se esfuma con todo y carriola. Horas después, más bien, nuestras miradas de hastío se entrecruzarán. Creo que ambas hemos abortado la misión de lo que prometía una fructífera amistad. Ahora nos encontramos en sendos extremos de la sala de espera, agotadas.

Recuerdo que tenía que regresar una película en Blockbuster antes de las 11 pm; que debía descongelar unas hamburguesas de pavo para la comida de mañana; que Mina, mi perra, ya se habrá acabado el agua de su cubeta. Al menos, me queda la esperanza del torrente que imagino, cayó sobre la ciudad. Esa misma agua que me impide llegar a casa servirá para aplacar su sed.

Mientras pienso que debo apoltronarme de lado izquierdo para optimizar la irrigación del torrente sanguíneo hacia el bebé que espero, contemplo a los latinoamericanos en su pequeña bacanal y vuelvo a desvariar. ¿No sería posible, acaso, que todos hiciéramos una gran ronda?, ¿que expresáramos aquello que nos angustia, que nos tortura, o bien, lo que más anhelamos, nuestro más grande deseo? Miro a todos e imagino quiénes podrían ofrecerme una observación atinada, darme un buen consejo, quiénes lograrían apaciguarme, cuáles reirían inocentemente al pensar que lo que me atribula no tiene nada que ver con los verdaderos problemas de la vida. Observo al venezolano de pelo cano y sonrisa quieta, y pienso que podría ser él aquel que me brindara un mejor dictamen. De entrada, me imagino su respuesta: Que no me angustie, que no sirve de nada. Que, como leí en el libro más reciente, a la vida se viene a pasarlo bien.

Recuerdo la facilidad con la que hacía amigos en los vuelos aéreos de mi infancia. No sólo en los vuelos; en los viajes, en los restaurantes, en los hoteles, en sus piscinas, en la playa, en los parques. ¿Cuándo fue que perdí aquella candidez?, ¿Sirvió de algo ahorrarme esa iniciativa que me caracterizaba? De pronto, recuerdo a mis hijos mayores, me llevo la mano al vientre y acaricio a mi único y seguro acompañante... ¿Será niña?

Por lo pronto logré avanzar más páginas del libro de Foucault de las previstas : "...el alma recibe los movimientos del cuerpo y se asimila a él, en tanto que el cuerpo se altera y se corrompe por las pasiones del alma". Pienso en la mejor opción de aquí a que todos recibamos noticias: conectarme al i pod, seguir leyendo, recostarme del lado izquierdo de mi cuerpo, intentar de nuevo con la peruana. Pero de todas las opciones, la que me sigue resultando más atractiva, es la de formar un círculo y, llegado mi turno, decir a todos: Me llamo María Paz y esto es lo que me angustia; o: me llamo María Paz y este es mi mayor deseo.

domingo, 12 de julio de 2009

La Duda



Anoche D. y yo rentamos La Duda pero, como ha sido costumbre reciente, me quedé dormida en el minuto uno. Hoy, antes de intentar verla de nuevo, leía sin ninguna intención premeditada un texto en torno a la duda y la inocencia, esta última sinónimo de la verdad aunque en estos tiempos nos cueste creerlo.

Durante la película recordé todas las veces en que he dudado, en que he tenido una suerte de presentimiento o premonición, misma que fue comprobada. Me sentí perdida de nuevo, justo en el momento exacto en el que Sister James (Amy Adams) se siente completamente desorientada y hace caso de lo que sus ojos miran más no de lo que su corazón vislumbra.

Segundos después, vino la calma. Pude ver a través de los ojos de quienes, según yo, me habían dañado, la luz de la inocencia: la de mi padre, la de otras personas menos o más importantes en mi vida pasada y en la actual. Deseo quedarme con eso, pues lo contrario sólo hace daño, sólo hiere el corazón: el único instrumento mediante el cual realmente podemos ver.

Quiero conservarme así, mantenerme limpia e inocente, tener la capacidad de transmitir eso a mis hijos. ¿Qué otra cosa es más importante que eso? Sólo la verdad que, a final de cuentas, resulta ser lo mismo.

(Abajo, los lienzos del portentoso Frans Hals, los cuales recordé al ver esta grandiosa película. Quienes ya la hayan visto sabrán a qué me refiero. Y quienes no, sembrará curiosidad en ellos para que corran a verla).



miércoles, 17 de junio de 2009

¿De qué otra cosa podríamos hablar?




A casi dos semanas de la más reciente inauguración de la Bienal de Venecia, sorprende el silencio de los medios, sobre todo nacionales, en torno a la segunda ocasión en que México tienen un pabellón sólo para sí. La anterior fue enlucida por Rafael Lozano-Hemmer pese al catastrófico inicio que fue revestido por la sentida muerte de una de las figuras más importantes del arte contemporáneo: su curador, Príamo Lozada. Recuerdo haber ido al homenaje que le hicieron In Memoriam en el Laboratorio Arte Alameda, recinto que tuvo a bien fundar. A Príamo lo conocí muy poco, fue con motivo del evento de apertura de la universidad donde doy clases. Me sorprendió su calidez pero, sobre todo, la elegancia al hablar, al moverse; sin exagerar, al pestañear. Nunca antes me había visto y, sin embargo, me trataba como si fuéramos viejos conocidos. Hablamos de las instalaciones que había tenido a bien curar para aquel día y no sé de qué más. Por eso fui con orgullo a despedirlo a su lugar. Desde entonces llevo amarrada a mi muñeca la cinta de tela de uno de sus últimos eventos artísticos –Plataforma, en Puebla– como un estigma de buena suerte. A partir de aquel día tengo la extraña ilusión de que algo del talento de Príamo me acompañará para llevar a cabo las empresas que tanto deseo.

Pero éste sólo es el preámbulo de lo que realmente quiero escribir hoy. Valientes como Príamo hay pocos. Dos de ellos son los que le siguieron a la par de todo su equipo: Teresa Margolles, la artista y Cuauhtémoc Medina, su curador. Dicen que el catálogo del pabellón es una joya. Yo quisiera conocer de cerca todas las aventuras que acompañaron a este proyecto, al que se le cerraron puertas, decreció numerosas veces en presupuesto, tuvo mil y un vericuetos. Sin embargo, helo allí. No será tan plástico como el checo ni tan ocurrente como el escandinavo; tampoco tan ambicioso como el de Estados Unidos, megaproducción a la Hollywood que le apostó, sin lugar a dudas, a los cuarenta años de carrera de Bruce Nauman. No es que no le apostara a ganar alguno de los premios. Sin embargo, pareciera que, luego de la mala suerte con la que inició nuestra presencia oficial en Venecia, Margolles y Medina le apostaron, sin querer, al anonimato.

Conocidos míos arriban de la Bienal. Con el corazón encogido nos relatan su experiencia. No sé si aquel día amanecí muy emocional pero la piel se me eriza cuando los escucho, siento el nudo en la garganta, comparto sus sueños utópicos de huir y construir una comuna en un paraje clandestino. Al compartir lo anterior con mis alumnos, me sorprende el hecho de que muchos están igual que yo: sobrecogidos y trastocados al escuchar de nuevo sobre alguien de la que ya habíamos hablado en sobradas ocasiones; cuyo trabajo expusieron para obtener alguna calificación. Qué bien que no se queden sólo con lo “estético”. Esta pieza, por desgracia, habla de lo que sucede en su terruño aun cuando los medios, el Estado, los empresarios, se resistan a atenderlo. Revisamos la escasa cobertura que se ha acumulado en los recientes días. Gran parte de los textos proceden de páginas en Internet. Se trata de una réplica del boletín de prensa. Nadie es capaz de emitir un juicio. Los comentarios de los blogs son casi todos puntas de lanza hacia la artista. Apenas este fin de semana apareció uno de los textos más decorosos sobre la pieza: el escrito por Carlos Aranda Márquez para Reforma. Habrá que esperar a la difusión del catálogo para leer los textos magistrales del mismo Medina, Ernesto Diezmartínez Guzmán, Élmer Mendoza, Antonio Escohotado y Mariana Botey. Desconozco si es el de Diezmartínez o el de Mendoza pero es el texto de uno de ellos quien, asentado en Culiacán, narra la forma despiadada en que su plácida vida provinciana ha cambiado en estos últimos años. Dice que en Culiacán la cantidad de balazos que irrumpen la cotidianeidad es equivalente a la suma de claxons de cualquier día de la semana en el DF. Pero sus hijas ya no se asustan, es más, reconocen la proveniencia y la cercanía. Han llegado a azuzar su oído con tal eficacia que son ellas quienes calman al padre. “No te preocupes, ese último provino de tal o cual región de la colonia. No pasará por aquí.”

Huelga decir que la pieza se enfrentó en un concurso y ganó gracias al comité evaluador que con valentía y responsabilidad decidieron a favor de la misma y así, enfrentaron sus consecuencias. La primera fue el retiro de la jugosa ayuda económica que La Colección Jumex siempre proporciona a dicha empresa. Le siguieron despidos laborales de los directivos involucrados, amenazas a los equipos que operaban en Ciudad Juárez, Culiacán y otras ciudades, a Margolles misma, de nueva cuenta. La artista siempre viste de negro, anteojos incluidos. Sorprende su sentido del humor, su arrojo al defender sus proyectos. Sin embargo, detrás de esa imagen a la underground se adivina una mujer vulnerable, frágil en su luto permanente.

Cabe agregar que la obra de Margolles no es necrófila, tampoco amarillista, mucho menos escatológica, ni qué decir moralista. No acusa al narcotráfico como culpable directo. Acusa a la violencia descarnada como recurso principal de ambos bandos. Los especialistas refieren que se habla de la muerte como una posibilidad estética. Yo agregaría que, hoy por hoy, nos guste o no, el arte también es un mecanismo para cobrar conciencia. Quienes presenciaron los días posteriores a la inauguración vieron desfilar a los visitantes multinacionales del pabellón, enojados algunos, incrédulos los más. Muchos de ellos abandonaban las salas arrasados en lágrimas.

Los highlights de lo que ha derivado un espectáculo similar al Festival de Cannes fueron, en esta ocasión, los premios que Yoko Ono y John Baldessari recibieron, el estreno de la megacolección de Pinault en el palacio que le costó una fortuna, Bruce Nauman, el simulacro del coleccionista ahogado en una piscina. Sólo encontré una imagen del pabellón mexicano y fue en el NY Times. Es la que aparece al inicio de esta reflexión, resulta escasa pero cobra sentido cuando sabemos que quien trapea el piso puede ser un familiar de las víctimas de esta guerra sin cuartel, llevado por la misma Teresa Margolles a petición suya para abandonar el país de forma definitiva luego de haber visto correr tanta sangre. Cobra sentido cuando nos enteramos que el líquido con el que lo hace es esa misma sangre, la de quienes murieron, casi todos inocentes.

¿De qué otra cosa podríamos hablar?