miércoles, 13 de febrero de 2008

Futbol llanero


Unos parecen abejorros y se hacen llamar “El escuadrón Nazi”. Los contrarios, llevan el uniforme del Barsa a manera de amuleto, en espera de la suerte suficiente para ganar la semifinal.

El futbol es más un deporte catártico que catalítico. Los abejorros arrasan en un inicio con un vergonzoso 4-0, más aún cuando dos de éstos han sido autogoles. Los padres se inflaman igual que los niños, quienes son coucheados “para no dejarse”, para responder a cualquier gesto de violencia por ínfimo que éste sea. El futbol no tiene las características olímpicas que suele llevar, de este lado del mundo, en la cancha de tierra de la 9 Oriente.

Las madres del Barsa les mientan la madre a las contrarias, sin percatarse de que sus hijos son idénticos; se confundirían a simple vista, de no ser por los vistosos uniformes. Los “chingada madre”, “pinche arbitro” y “vendido” irrumpen en la mañana dominical soleada. Vienen tanto del entrenador como del padre. Aquí se olvidan todos los consejos paidopsiquiátricos. El padre presiona, el hijo resopla. El único momento en que se escucha la solidaridad de la matraca al ritmo de la porra del “Copilco Junior”, es cuando nuestro equipo, el Barsa, es golpeado, y nadie entonces se pone de acuerdo para comenzar a vitorear. Esto es sólo el principio.

Los azules y rojos pierden el control. Actúan como si evacuaran un edificio, en desbandada general. El partido mejora ligeramente cuando al segundo tiempo el juego se prolonga de este lado de la cancha, del nuestro. Pero no es suficiente. Tal parece ser que el conjuro del escuadrón Nazi resultó ser más efectivo que la sonrisa de Ronaldinho. Es en estos momentos cuando uno se empieza a cuestionar el sentido profundo de la historia… justo en estos niveles. Desde la teoría del amo y el esclavo hasta el neoliberalismo económico.

Mi hijo de cinco años que nunca juega, presa del pánico escénico cada vez que nos adentramos en estos lares, me mira escribir y piensa que estoy haciendo una lista interminable de futbolistas famosos. No quiere jugar en la cancha grande hasta que cumpla los diez. Comienza por sugerirme añada a los del Barsa, y se sigue con los del álbum 2006. Mientras, el mayor de mis hijos permanece en la banca frustrado por no haber podido jugar en la cancha ni diez minutos. Seguramente pensará que su esfuerzo hubiera evitado menos goles del contrario. O se sueña victorioso, al meter cinco al hilo.

En tanto, los padres del equipo se desarticulan, se extrañan, se rompen las vestiduras. Todos miramos hacia un punto distinto del horizonte. Los más, miran el reloj, a la espera impaciente de la mentada hora en que este pinche partido de mierda concluya.

Yo soy una más de este complejo colectivo, puesto que en medio del partido, me encuentro escribiendo.

martes, 12 de febrero de 2008

María...ahora en paz (11 de febrero 2008, hace unas horas)


Últimamente, las fechas me obsesionan. Tengo particulares avenencias y desavenencias con ciertos números del calendario. Existen unos, como el 19, que me persiguen, pero eso será motivo de otra entrada.

Conforme transcurrió esta última semana, reparé, justo al final de ella, que para efectos tanto prácticos como administrativos, tenía que acabar la tesis el 11 de febrero. "Cualquier relación con la realidad es mera coincidencia." Hace ocho años, el 11 de febrero del 2000 cayó en viernes. Llegué al hospital en los inicios de ese día, paradójicamente a oscuras. Esperaba que después de diez horas de trabajo de parto, la llegada de mi primer hijo a este mundo no demorara más. Sin embargo, transcurrieron otras ocho horas. Con el cuerpo invadido de oxitocina que me drenaron al interior de las venas de manera artificial, atestigüé el arribo de mi hijo a las 8:03 a.m. de aquel día.

Si me remonto aun más al pasado, sumarían 10 años los que, desde 1998, llevo en la maestría. Mi caso, modestia aparte, no fue un asunto de indolencia. Sobreviví a dos festivales Cervantinos que me mantenían concentrada en Guanajuato alrededor de un mes seguido. Sobreviví también a la huelga que duró un año y a dos embarazos consecutivos. En ocasiones, por razones de trabajo, no pude inscribir más de una materia al semestre. La maestría sirvió para recordarme quién era yo, más allá de lo que sentía que me había convertido: madre unas veces, ama de casa otras, trabajadora a sueldo, la gran mayoría.

Conocí a Cuauhtémoc Medina y me dieron ganas de dar clases. Apelé también, con toda seguridad, a la herencia genética de mis progenitores, ambos profesores de historia. Di mis primeras clases de historia del arte cuando todavía no había acabado de cursar todos los prerrequisitos de la maestría. En una ocasión, entregué un ensayo en la puerta del Instituto de Investigaciones Estéticas y, acto seguido, llamé a una ambulancia para que pasara por mí. El diagnóstico fue una peritonitis aguda. Cuando decidí separarme, cuestioné mi decisión mientras veía la femme fatale encarnada en Marlene Dietrich durante las sesiones que sobre Buñuel, daba Aurelio de los Reyes. Ni qué decir lo que pasaba por mi cabeza durante ese mismo semestre, a la luz de los textos de Freud, Klein y Lacan, bibliografía obligada del seminario que proferían a dúo, Manuel González y Cuauhtémoc Medina. Lo único que se me ocurre a manera de cierre de este párrafo: en una palabra, sobreviví.

Heme aquí, de nuevo, en paz. Cierro estos diez años con una tesis que seguramente recibirá con buen talante una multitud de correcciones. Lo fuerte, como las contracciones de parto de hace 8 años, ya pasó. A unas horas de haber celebrado el cumpleaños no. 8 de Guido, mi primer hijo, celebro también todas las bendiciones, todos los apoyos y todas las compañías, tanto nuevas como viejas. Celebro estar sana y disfrutar de la vida más que nunca.

Hoy 11 de febrero, hace unas horas, acabé mi tesis.

(hoy, 12 de febrero, 5:36 am)

Pd: Esta primera entrada va dedicada de manera muy especial, a David, a Daniel Garza y a Cuauhtémoc Medina.