domingo 20 de septiembre de 2009

María Terremoto at the steering wheel



Al mediodía del 15 de septiembre me disponía a subir por Av. Juárez rumbo a mi hogar tras haber recogido a mi par de fieras. Días antes, vaticinaba el clásico caos que rodean estas fechas pero no adiviné que la avenida principal de Tlalpan estuviera deliberadamente cerrada por un trío de policías que, por sus dimensiones, semejaban a tres enormes orangutanes, conos de plástico y cilindros viales incluidos.

Con todo, reparé en que los dos automóviles delante de mí habían bajado cortésmente su ventanilla, explicado algo a uno de los policías, quienes habían bajado de forma automática una suerte de cinta adhesiva de aquellas que suelen utilizar en las zonas de crimen, catástrofes, etc. Supuse, como era lógico, que dichos autos eran vecinos de la colonia, hecho por el cual, comprensiva y justificadamente los habían dejado pasar. No dudé en hacer lo mismo ya que mi calle hace esquina con Juárez. A menos que me metiera en sentido contrario, no había forma alguna de acceder a mi casa.

Lo que siguió es, más o menos, la transcripción del diálogo con Orangután 1:

María Terremoto (en adelante, MT): Buenas tardes, oficial. Vivo en ______ esquina con Juárez.
Orangután 1 (O.1): Permítame su credencial de elector.
MT: No tengo credencial de elector, oficial. No nací en México.
O.1: Entonces, su comprobante de domicilio.
MT: Oficial, no llevo uno conmigo. Además, rento la casa en la que vivo. Ninguno de los documentos oficiales ni la correspondencia llegan a mi nombre a ese lugar.
O.1: ¿Cuánto tiempo lleva viviendo ahí?
MT con cara de perpleja: Pues casi un año... ¿Por qué la pregunta?
O.1: ¿No cree que ya va siendo hora de que regularice sus documentos?
MT: No lo creo, oficial. No sé por cuánto tiempo más viviré allí. De cualquier manera, no entiendo a qué viene su pregunta. Voy a mi casa, vengo de recoger a mis hijos del colegio. Si usted gusta, nos puede acompañar y corroborar la dirección anterior.
O.1: No puedo dejarla pasar si no es por medio de la presentación de algún documento que compruebe su domicilio.
MT: (¡¡¡!!!) Oficial, acabo de ver que usted dejó pasar a dos automóviles antes que nosotros.
O.1: Porque me enseñaron su credencial de elector.
MT: Lo dudo mucho. Sin embargo, no le estoy mintiendo. Voy rumbo a mi casa. Si lo desea, le repito, nos puede acompañar.
O.1: Si no me enseña su credencial de elector no la puedo dejar pasar.
MT: Pero oficial, le acabo de explicar...

Acto seguido, Orangután 1 se dio la media vuelta, comentó algo a sus compañeros que no alcancé a escuchar pero que provocó que, momentáneamente, me hicieran señas frente al parabrisas para que me moviera en reversa. Mis hijos, que bien me conocen y cuyas fantasías infantiles hacen confundir a un policía con un híbrido mezcla de héroe e impostor, comenzaron a gemir y a intentarme convencer de que les hiciera caso. Demasiado tarde, había comenzado a sentir hervirme la sangre y reconocer los síntomas que le siguieron: el impulso ciego, la impotencia, la incredulidad...

Decidí no moverme, pese a que media Avenida San Fernando había comenzado a tocarme el claxon. Detrás de mí, un taxi envalentonado que, de cualquier manera, impedía que yo hiciera cualquier movimiento. Los policías procedieron a convencer a dicho personaje para que se moviera y Orangután 1 me pidió que abriera mi ventanilla: "¡MUÉVASE!, ¡ESTÁ IMPIDIENDO LA AFLUENCIA DEL TRÁFICO!" (o algo así).

MT: No me voy a mover hasta que no me deje pasar. Ya le expliqué y me parece absurdo tener que venir con un comprobante de domicilio en la guantera para hacer realidad los caprichos de alguien tan incongruente como usted.
O1:¡Entonces oríllese y vaya caminando por su comprobante de domicilio! Así sí la dejo pasar.
MT: Estoy embarazada y llevo a mis hijos conmigo. No voy a caminar hasta mi casa para cumplir con su berrinche.

Acto seguido, el oficial hizo un ademán que simulaba la indiferencia extrema. Para mis adentros, dije: "A ver quién se cansa más rápido". A esas alturas, mis hijos ya estaban al borde de la histeria y me imploraban que hiciera caso a los oficiales. En aquel momento, debo confesar que era lo que menos oía: Su débil aunque permanente murmullo comparado con la serie de pensamientos que invadían mi precaria paz.

Entonces, sin pensarlo ni por dos segundos, metí el clutch, puse primera y aceleré por encima de los cilindros de plástico y la cinta adhesiva, no sin escuchar ya detrás de mí, a Orangután 1 mentándome la madre. Lo siguiente fue rememorar algunas escenas de Uma Thurman en Kill Bill pero, sobre todo, el final de Thelma & Louise mientras mis hijos deliraban de terror al ver que en cada bocacalle que atravesábamos, otro contingente de policías con radios nos hacían señas con los brazos. Yo mantenía, impasible, la misma velocidad pese a que me había llevado conmigo uno de los cilindros que hacía un ruido sordo en la parte baja del auto. Llegamos a salvo a la casa mientras mi corazón latía a mil por hora y las imágenes en mi cerebro se atropellaban unas a otras: las heroínas seguidas del "si hubiera" mezcladas con escenas infantiles cuando reviví momentos similares con mi padre al volante.



Sólo de una cosa me arrepiento: de haber hecho vivir a mis hijos la misma angustia que yo pasé innumerables veces con mi padre cuando se peleaba a golpes en la librería con presuntos ladrones, cuando se peleó a golpes con el vecino por problemas de estacionamiento, cuando osó entrar a una sala de cine mientras terminaban de hacer la limpieza, no sin evadir a los guardias que lo impedían; cuando estuvo a punto de abofetear a mi tío frente a toda la familia, cuando el mentado helado en Danesa 33 del que ya hablé... Mea culpa, mea maldita herencia genética. Maldito orangután. Viva México y las absurdas cotas de poder.

martes 8 de septiembre de 2009

Gate 18



Son las 23:25 del domingo 6 de septiembre. Llevo casi cuatro horas varada en el aeropuerto de la ciudad de Guadalajara. Mi vuelo inicial despegó con rumbo al DF a las veinte horas tras un ligero retraso. No había pasado ni media hora de estar al ras de las nubes cuando el capitán nos avisa por las bocinas que debemos regresar a Guadalajara por las pésimas condiciones meteorológicas en la Ciudad de México.

Sigo aquí, en un estrecho asiento de una incómoda sala de espera. Las pistas del aeropuerto de la capital están anegadas. Se espera que, con suerte, dicho aeropuerto reanude operaciones alrededor de las 2:30 am y recibir, poco a poco, el cúmulo de vuelos retrasados. Tengo que llegar a dar clase a las 10 am y me temo que no serviría de mucho cambiar mi vuelo al primero de la mañana. Tal parece que llegaría, más menos, a la misma hora de una u otra manera. Tendré que pasar la noche aquí en esta sala, ya que ni la aerolínea ni el aeropuerto se hacen responsables de gastos de transporte ni de hospedaje debido al escenario climatológico ajeno a su control.

Dudo en volver a Guadalajara y dormir con D. un par de horas -dormir en compañía, abrazada, abrazarlo a él-, sin embargo, mi mente hace cuentas: $600 en taxi por una cantidad de horas inexacta, brumosa.

Poco a poco han sido numerosos los que han desertado de mantenerse a la espera, sobre todo, aquellos que tenían vuelos en conexión con otros lugares de la república. Los latinoamericanos, que no pueden hacer nada mas que incrementar su paciencia, se solidarizan. Se encuentran ante un callejón sin salida ya que los vuelos que requieren se toman forzosamente en el DF. Venezolanos, cubanos y peruanos se reúnen en círculo y hacen chistes, ríen al menos. Más tarde se unirán a ellos un par de mexicanos prototipo, que los animarán a abrir la caja de Don Julio que llevaban de regalo, compran latas de Squirt y les enseñan a hacer "Palomas". El cubano saca una cajetilla de puritos y, convenciendo a los sobrecargos que se encargan de nosotros como si fueran guardias, logran burlar las medidas de seguridad y abrir la compuerta que da al exterior para tomar y fumar. Un argentino comienza a ligarse a su vecina que lo mira, ilusionada ante el luminoso futuro que sospecha en medio de un jet lag abominable. Debo confesarlo: yo quise, en algún momento de la noche, hacerme amiga de una peruana que viajaba en compañía de su hijo de tres años. Cruzamos un par de sonrisas y de gestos relativos a la incoherencia de nuestra presencia en aquel lugar. Me dan ganas de contarle que estoy embarazada aunque todavía semeje una evidente hinchazón estomacal. Más tarde, debrayo y me imagino contando a mis amigos, a mis hijos, a éste que espero, la fortuita anécdota que nos unió a mi nueva amiga peruana y a mí. Imagino viajar a Lima para visitarla en unos años; incluso la imagino a ella, en la comodidad de mi casa, unas horas después, esperando su vuelo de conexión en algo más que una sala incómoda.

Pero la peruana de pronto se esfuma con todo y carriola. Horas después, más bien, nuestras miradas de hastío se entrecruzarán. Creo que ambas hemos abortado la misión de lo que prometía una fructífera amistad. Ahora nos encontramos en sendos extremos de la sala de espera, agotadas.

Recuerdo que tenía que regresar una película en Blockbuster antes de las 11 pm; que debía descongelar unas hamburguesas de pavo para la comida de mañana; que Mina, mi perra, ya se habrá acabado el agua de su cubeta. Al menos, me queda la esperanza del torrente que imagino, cayó sobre la ciudad. Esa misma agua que me impide llegar a casa servirá para aplacar su sed.

Mientras pienso que debo apoltronarme de lado izquierdo para optimizar la irrigación del torrente sanguíneo hacia el bebé que espero, contemplo a los latinoamericanos en su pequeña bacanal y vuelvo a desvariar. ¿No sería posible, acaso, que todos hiciéramos una gran ronda?, ¿que expresáramos aquello que nos angustia, que nos tortura, o bien, lo que más anhelamos, nuestro más grande deseo? Miro a todos e imagino quiénes podrían ofrecerme una observación atinada, darme un buen consejo, quiénes lograrían apaciguarme, cuáles reirían inocentemente al pensar que lo que me atribula no tiene nada que ver con los verdaderos problemas de la vida. Observo al venezolano de pelo cano y sonrisa quieta, y pienso que podría ser él aquel que me brindara un mejor dictamen. De entrada, me imagino su respuesta: Que no me angustie, que no sirve de nada. Que, como leí en el libro más reciente, a la vida se viene a pasarlo bien.

Recuerdo la facilidad con la que hacía amigos en los vuelos aéreos de mi infancia. No sólo en los vuelos; en los viajes, en los restaurantes, en los hoteles, en sus piscinas, en la playa, en los parques. ¿Cuándo fue que perdí aquella candidez?, ¿Sirvió de algo ahorrarme esa iniciativa que me caracterizaba? De pronto, recuerdo a mis hijos mayores, me llevo la mano al vientre y acaricio a mi único y seguro acompañante... ¿Será niña?

Por lo pronto logré avanzar más páginas del libro de Foucault de las previstas : "...el alma recibe los movimientos del cuerpo y se asimila a él, en tanto que el cuerpo se altera y se corrompe por las pasiones del alma". Pienso en la mejor opción de aquí a que todos recibamos noticias: conectarme al i pod, seguir leyendo, recostarme del lado izquierdo de mi cuerpo, intentar de nuevo con la peruana. Pero de todas las opciones, la que me sigue resultando más atractiva, es la de formar un círculo y, llegado mi turno, decir a todos: Me llamo María Paz y esto es lo que me angustia; o: me llamo María Paz y este es mi mayor deseo.

domingo 12 de julio de 2009

La Duda



Anoche D. y yo rentamos La Duda pero, como ha sido costumbre reciente, me quedé dormida en el minuto uno. Hoy, antes de intentar verla de nuevo, leía sin ninguna intención premeditada un texto en torno a la duda y la inocencia, esta última sinónimo de la verdad aunque en estos tiempos nos cueste creerlo.

Durante la película recordé todas las veces en que he dudado, en que he tenido una suerte de presentimiento o premonición, misma que fue comprobada. Me sentí perdida de nuevo, justo en el momento exacto en el que Sister James (Amy Adams) se siente completamente desorientada y hace caso de lo que sus ojos miran más no de lo que su corazón vislumbra.

Segundos después, vino la calma. Pude ver a través de los ojos de quienes, según yo, me habían dañado, la luz de la inocencia: la de mi padre, la de otras personas menos o más importantes en mi vida pasada y en la actual. Deseo quedarme con eso, pues lo contrario sólo hace daño, sólo hiere el corazón: el único instrumento mediante el cual realmente podemos ver.

Quiero conservarme así, mantenerme limpia e inocente, tener la capacidad de transmitir eso a mis hijos. ¿Qué otra cosa es más importante que eso? Sólo la verdad que, a final de cuentas, resulta ser lo mismo.

(Abajo, los lienzos del portentoso Frans Hals, los cuales recordé al ver esta grandiosa película. Quienes ya la hayan visto sabrán a qué me refiero. Y quienes no, sembrará curiosidad en ellos para que corran a verla).



miércoles 17 de junio de 2009

¿De qué otra cosa podríamos hablar?




A casi dos semanas de la más reciente inauguración de la Bienal de Venecia, sorprende el silencio de los medios, sobre todo nacionales, en torno a la segunda ocasión en que México tienen un pabellón sólo para sí. La anterior fue enlucida por Rafael Lozano-Hemmer pese al catastrófico inicio que fue revestido por la sentida muerte de una de las figuras más importantes del arte contemporáneo: su curador, Príamo Lozada. Recuerdo haber ido al homenaje que le hicieron In Memoriam en el Laboratorio Arte Alameda, recinto que tuvo a bien fundar. A Príamo lo conocí muy poco, fue con motivo del evento de apertura de la universidad donde doy clases. Me sorprendió su calidez pero, sobre todo, la elegancia al hablar, al moverse; sin exagerar, al pestañear. Nunca antes me había visto y, sin embargo, me trataba como si fuéramos viejos conocidos. Hablamos de las instalaciones que había tenido a bien curar para aquel día y no sé de qué más. Por eso fui con orgullo a despedirlo a su lugar. Desde entonces llevo amarrada a mi muñeca la cinta de tela de uno de sus últimos eventos artísticos –Plataforma, en Puebla– como un estigma de buena suerte. A partir de aquel día tengo la extraña ilusión de que algo del talento de Príamo me acompañará para llevar a cabo las empresas que tanto deseo.

Pero éste sólo es el preámbulo de lo que realmente quiero escribir hoy. Valientes como Príamo hay pocos. Dos de ellos son los que le siguieron a la par de todo su equipo: Teresa Margolles, la artista y Cuauhtémoc Medina, su curador. Dicen que el catálogo del pabellón es una joya. Yo quisiera conocer de cerca todas las aventuras que acompañaron a este proyecto, al que se le cerraron puertas, decreció numerosas veces en presupuesto, tuvo mil y un vericuetos. Sin embargo, helo allí. No será tan plástico como el checo ni tan ocurrente como el escandinavo; tampoco tan ambicioso como el de Estados Unidos, megaproducción a la Hollywood que le apostó, sin lugar a dudas, a los cuarenta años de carrera de Bruce Nauman. No es que no le apostara a ganar alguno de los premios. Sin embargo, pareciera que, luego de la mala suerte con la que inició nuestra presencia oficial en Venecia, Margolles y Medina le apostaron, sin querer, al anonimato.

Conocidos míos arriban de la Bienal. Con el corazón encogido nos relatan su experiencia. No sé si aquel día amanecí muy emocional pero la piel se me eriza cuando los escucho, siento el nudo en la garganta, comparto sus sueños utópicos de huir y construir una comuna en un paraje clandestino. Al compartir lo anterior con mis alumnos, me sorprende el hecho de que muchos están igual que yo: sobrecogidos y trastocados al escuchar de nuevo sobre alguien de la que ya habíamos hablado en sobradas ocasiones; cuyo trabajo expusieron para obtener alguna calificación. Qué bien que no se queden sólo con lo “estético”. Esta pieza, por desgracia, habla de lo que sucede en su terruño aun cuando los medios, el Estado, los empresarios, se resistan a atenderlo. Revisamos la escasa cobertura que se ha acumulado en los recientes días. Gran parte de los textos proceden de páginas en Internet. Se trata de una réplica del boletín de prensa. Nadie es capaz de emitir un juicio. Los comentarios de los blogs son casi todos puntas de lanza hacia la artista. Apenas este fin de semana apareció uno de los textos más decorosos sobre la pieza: el escrito por Carlos Aranda Márquez para Reforma. Habrá que esperar a la difusión del catálogo para leer los textos magistrales del mismo Medina, Ernesto Diezmartínez Guzmán, Élmer Mendoza, Antonio Escohotado y Mariana Botey. Desconozco si es el de Diezmartínez o el de Mendoza pero es el texto de uno de ellos quien, asentado en Culiacán, narra la forma despiadada en que su plácida vida provinciana ha cambiado en estos últimos años. Dice que en Culiacán la cantidad de balazos que irrumpen la cotidianeidad es equivalente a la suma de claxons de cualquier día de la semana en el DF. Pero sus hijas ya no se asustan, es más, reconocen la proveniencia y la cercanía. Han llegado a azuzar su oído con tal eficacia que son ellas quienes calman al padre. “No te preocupes, ese último provino de tal o cual región de la colonia. No pasará por aquí.”

Huelga decir que la pieza se enfrentó en un concurso y ganó gracias al comité evaluador que con valentía y responsabilidad decidieron a favor de la misma y así, enfrentaron sus consecuencias. La primera fue el retiro de la jugosa ayuda económica que La Colección Jumex siempre proporciona a dicha empresa. Le siguieron despidos laborales de los directivos involucrados, amenazas a los equipos que operaban en Ciudad Juárez, Culiacán y otras ciudades, a Margolles misma, de nueva cuenta. La artista siempre viste de negro, anteojos incluidos. Sorprende su sentido del humor, su arrojo al defender sus proyectos. Sin embargo, detrás de esa imagen a la underground se adivina una mujer vulnerable, frágil en su luto permanente.

Cabe agregar que la obra de Margolles no es necrófila, tampoco amarillista, mucho menos escatológica, ni qué decir moralista. No acusa al narcotráfico como culpable directo. Acusa a la violencia descarnada como recurso principal de ambos bandos. Los especialistas refieren que se habla de la muerte como una posibilidad estética. Yo agregaría que, hoy por hoy, nos guste o no, el arte también es un mecanismo para cobrar conciencia. Quienes presenciaron los días posteriores a la inauguración vieron desfilar a los visitantes multinacionales del pabellón, enojados algunos, incrédulos los más. Muchos de ellos abandonaban las salas arrasados en lágrimas.

Los highlights de lo que ha derivado un espectáculo similar al Festival de Cannes fueron, en esta ocasión, los premios que Yoko Ono y John Baldessari recibieron, el estreno de la megacolección de Pinault en el palacio que le costó una fortuna, Bruce Nauman, el simulacro del coleccionista ahogado en una piscina. Sólo encontré una imagen del pabellón mexicano y fue en el NY Times. Es la que aparece al inicio de esta reflexión, resulta escasa pero cobra sentido cuando sabemos que quien trapea el piso puede ser un familiar de las víctimas de esta guerra sin cuartel, llevado por la misma Teresa Margolles a petición suya para abandonar el país de forma definitiva luego de haber visto correr tanta sangre. Cobra sentido cuando nos enteramos que el líquido con el que lo hace es esa misma sangre, la de quienes murieron, casi todos inocentes.

¿De qué otra cosa podríamos hablar?

lunes 1 de junio de 2009

Sueños



Hace varias semanas que no dormía tan bien como anoche, prácticamente de corrido. Tuve un sueño sui generis en mis treinta y siete años de existencia. Siempre que el mar aparecía era un sueño que, ineludiblemente, derivaba en pesadilla. Recuerdo muy bien uno que soñé cuando tenía alrededor de dieciséis años: Era alumna de un internado a las orillas de la playa, la tarde comenzaba a oscurecerse. Jugaba el papel de segura observadora al ser considerable la extensión de terreno que me distanciaba de la escena. Me percataba de dos compañeras mías del internado que salían del edificio principal y se sumergían en el agua. Nadaban tranquilas mientras yo divisaba a lo lejos, el nado de un par de ballenas acercarse hacia ellas. Su nado hizo tal movimiento en el agua circundante que las olas crecieron metros y metros en cuestión de segundos. Yo contemplaba la zozobra de mis compañeras, su lucha por salir a tierra firme hasta que, presas de la desesperación, se ahogaban.

Si mal no recuerdo, en una antigua entrada escribí sobre mi relación con el mar en mis sueños. Sucedía algo muy extraño conforme los años pasaban. Más adelante, las olas voraces que arrasaban con poblaciones enteras de bañistas, se acercaban a mí pero jamás me tocaban. Luego, comenzaron por tocarme la punta de los pies, mojarme las piernas, envolverme el cuerpo entero. Me devoraban, eran sueños terribles aunque jamás sucumbí en ellos. Contemplaba cosas desastrosas, todo parecía morir a mi paso menos yo. Hace no mucho soñé que visitaba a mi amiga E. quien vive en Los Cabos. Para librar el trayecto de La Paz a su casa teníamos que sortear un acantilado. Como únicos recursos de salvación, las uñas de nuestras manos y pies y, a nuestras espaldas, el mar más encabritado que nunca.

Anoche soñé que vacacionaba con mis padres en un balneario distinto a cualquier hotel. En el agua transparente nadaban orcas de todos los tamaños, diminutas y enormes, y demás fauna marina entre las que el resto de los huéspedes y yo, buceábamos sin problema. Existía un restaurante justo en medio del mar, raro como suena. No se encontraba en una isleta sino sobre la superficie misma. De hecho, el restaurante carecía de protección alguna, soportaba olas dignas del más experimentado surfista enroscarse sobre los comensales, y nada, tan sólo se hacía un extraño vacío en el que apenas llegaba la brisa de estas olas colosales. La totalidad.

Por coincidencia o sincronía, a dos clases de cerrar el semestre, me topé hoy con mi cuadro preferido entre las obras de Dalí. Éste, en el que él mismo se autorretrata siendo una niña capaz de levantar la orilla de la playa como si fuera una hoja. Tal parece que, luego de todos estos años, la pesadilla tornose sueño. Rindiéndose al mar es que se volvió bueno.

martes 26 de mayo de 2009

Hoja en blanco



A Laura, a Estrella
Al 401


Hoy accedí a la invitación que me hizo uno de mis alumnos de mi grupo preferido durante este semestre, y mucho me temo que lo seguirá siendo por varios más o, al menos, estará siempre dentro de mi top 5 (hablando de top 10). La propuesta era presenciar sus puestas teatrales para la clase de dirección actoral, materia curricular dentro de la licenciatura de Cine. Los vi a ellos mismos en calidad de actores y directores, interpretar escenas de obras nada menos que de Harold Pinter, Dario Fo y Tennessee Williams. Hace años que no voy al teatro, lo más cercano capaz de abrirme el alma con esa velocidad es el cine. Ahí, en el salón de actos de la universidad, con escenografías austeras, vestuarios y maquillajes improvisados, el alma se me volcó en cuestión de segundos.

Han habido semestres estériles, yermos casi en su totalidad. En éste, gracias al 401, volví a creer en la enseñanza y su minúsculo o gran poder. Me dio pena haber visto sólo a algunos, pues llevan ejecutando estas escenas hace un par de semanas. Hoy dejé a mis hijos en la puerta del colegio, subí el cerro con L., no me bañé, me fui directo a verlos pues, de lo contrario, no llegaba. Se me pasó el primero, el de las diez y media por una confusión de naturaleza más bien espacial. Luego de que el semestre acabe, cosa que sucederá en dos semanas, extrañaré inmensamente los martes que para mí han sido como sábados desde enero hasta ahora.

Ayer que ultimaba detalles en la clase, en la búsqueda de obras de Jenny Holzer, encontré varias joyas, una de ellas adorna ahora mi wallpaper. Recuerdo a la par, la exposición de mi alumno D. y las maravillas que encontró en la red: una gran frase célebre que hablaba de los wallpapers como las obras de arte de la gente ordinaria.

Otro video de Holzer sobre las ya famosas series truisms me reconectó con la realidad. Grandes frases en las que residen sencillas verdades. Aquí, la muestra:



Como decía, subí el cerro con L. Nos asombraba una cosa. No hay inmovilidad en esta vida, todo es cambio, nada permanece exactamente igual, es sólo cuestión de mirar alrededor, de contemplar la naturaleza. La vida es, de hecho, como la escritura. Un ejercicio denso, inacabable, en el que puedes corregir, aumentar, borrar, o incluso, arrancar la página. Arrancar las hojas es una de las cosas que más duelen en la vida y, sin embargo, algo positivo queda de ello: la posibilidad interminable de empezar desde cero, de nuevo, aún cuando nunca es así puesto que siempre nos llevamos con nosotros lo aprendido. Y la vida, sí, ofrece oportunidades hasta cuando todo se presupone oscuro.

Un reciente amigo me escribía y cerraba con esta frase de Paul Virilio: “Ahí donde está el peligro crece la salvación.” Por mi parte, recuerdo que: “Nada real puede ser amenazado. Nada irreal existe.”

lunes 11 de mayo de 2009

El resultado de la influenza

video

“Los hombres buscarían en aquellos días la muerte, y no la hallarán, y desearán morir, y la muerte huirá de ellos.”
Libro del Apocalipsis según San Juan

La Semana Santa se repartió entre una singular y citadina semana de vacaciones con largas horas transcurridas en la casa, y una última e intensa semana de niños las veinticuatro horas del día, en la búsqueda de actividades que sirvieran para “matar la mañana”, “matar la tarde”,“matar”, en realidad, el día completo. Siempre me ha llamado la atención esta expresión: ¿Por qué buscar “matar” dicho tiempo cuando tendría que ser a la inversa? No matar sino vivir, en sí, disfrutar lo que está frente a uno, un día que jamás volverá una vez que muera, en su minúscula duración si se le compara con la abrumadora cantidad de días que un ser humano promedio vive ¿Por qué intentar matarlo antes?, ¿cuál es la razón por la que se busca acelerar la de por sí breve vida de un día, similar a la de la mosca que sólo vive para crecer lo suficiente e incubar así, sus microscópicos huevecillos?

A manera de paréntesis, siguió una semana que, extrañamente, no recuerdo, al igual que a muchos con los que me he topado les sucedió: amigos, profesores, conocidos y desconocidos que así lo reiteran. De estos últimos, sólo aquellos pocos desconocidos que, durante y después del periodo emergente, alcanzaron a comentar algo relacionado con la influenza detrás de la vitrina de la farmacia y de la coraza de su tapabocas. Extraños personajes de quienes jamás veremos su cara completa. Volver a la vida común y corriente, como para tantos, fue salir de una suerte de limbo bizarro y difuso. Incierto ante todo.

En lo que duró el disímil toque de queda, jamás usé tapabocas ni para ir al super. Tampoco compré gel antibacterial aunque la influenza y el encierro que conllevó, dejó su huella en otros aspectos aún más profundos de mi vida. Debo confesar que aquel viernes de hace dos semanas en que se prohibieron las clases, por recomendación de un médico fui a parar al Instituto Nacional de Pediatría con mi hijo de nueve años. Ligeramente resfriado, Guido se vio contagiado por la paranoia de los medios masivos y, de pronto, lo colmaron imaginarios dolores musculares, de cabeza y en las articulaciones. El médico que nos atendió ipso facto en el INP luego de una antesala irrisoria, hizo muy bien: me reprendió lo más elegantemente posible. Me explicó los verdaderos síntomas de la influenza, criticó a la prensa, el radio y la televisión por vender un miedo innecesario a la población. Heme allí, en un foco de infección con un niño vulnerable, con bajas defensas, a la espera de recibir cualquier bicho extraño de aquellos que viven preñando ad infinitum, la gélida atmósfera de un hospital. Fin de la paranoia: en mí duró sólo los quince minutos que conformaron el recorrido en automóvil rumbo al hospital y la pequeña espera previa a la consulta.

En la semana posterior, mis dos hijos se enfermaron: el que seguía con gripe y el otro, del estómago. Fue sí, una especie de encierro sui generis en donde nada parecía funcionar. Llamaba a mis amigos en igualdad de circunstancias: padres con hijos para poder, al menos, compartir el mismo encierro. Y nada, el extraño ángel de la influenza provocó que ninguno de los posibles planes se llevara a cabo: encierro redoblado, mucha paciencia. A veces, la paciencia agotada, la desesperación en su lugar. Y lo de siempre, lo característicamente humano: levantarse después de caer y hacer ese ejercicio cuantas veces fuera necesario.

Por fortuna, pudimos escapar de las medidas más extremas en aquellos días en que ni Blockbuster abrió sus puertas y vivir parte de nuestro exilio en “La ciudad de la eterna primavera”(aunque cabe aclarar, Sanborn´s siempre estuvo abierto al igual que Wal-Mart. Extraño fenómeno el de la vida de las corporaciones a prueba de todo. Suceda lo que suceda, no hacen más que volverse aún más ricos de lo que ya son. Me pregunto cuántas personas, presas de la desesperación, compraron películas, videojuegos y revistas en estos lugares. No cabe duda que la influenza fue un golpe de suerte para todos ellos). Ahí nos esperaba una alberca solitaria, un par de vecinos quisquillosos que evitaban nuestro contacto por medio de amplios metros de por medio y otro par de vecinos mucho más relajados que, con su mera presencia, volvieron livianos aquellos días y con quienes estaré eternamente agradecida. La más feliz de todos fue Mina, nuestra perra color grafito, quien dio rienda suelta a sus patas medianas, constreñidas en lo cotidiano por una angosta faja de pasto. Mina corrió, entró a la casa cuantas veces lo deseó, encontró incluso un filete que se marinaba en la terraza de los vecinos y se lo zampó entero, además de todas las sobras de nuestras frugales comidas, dignas de un periodo de cuarentena.

Tras cuatro días, los niños se aburrieron del sol, de la alberca desolada, de la falta de amigos con quienes comparar clavados. Llegamos el lunes por la tarde a México, nos encontramos con que no había películas, librerías ni centros comerciales abiertos para matar nuestra distracción. Pasaron los días, mi hijo menor se quejaba de dolor de oídos, le compré las gotas que el pediatra me recetó. Estaba dormido en el auto cuando Mina subió al asiento y con una de sus patas recientemente estrenadas y fortalecidas, le pisó el oído herido. Me encerré con él en el auto dentro de nuestro garage luego de que logré sacar a Mina. Nuestro breve confinamiento en la camioneta sirvió para que no se escucharan los gritos de dolor de Tomás y el ruido de sus pequeñas manos golpeando las vestiduras y los cristales mientras exclamaba ¡Ya no resisto! ¡Ya no resisto!

Este fin de semana, los niños se fueron con su padre, y D. y yo regresamos a Cuernavaca a una boda por demás significativa. Nos tocó encierro en el hotel de nuevo: un alimento contaminado envuelto en la turba de emociones derivadas de una era apocalíptica. En la boda, todos los meseros llevaban elegantes tapabocas a juego con sus uniformes. Demasiado tarde cuando busqué la cámara para captarlos perfectamente alineados, pero será una imagen que me acompañará siempre: la del fantasma de la influenza.

La boda fue magnífica como pocas. El poema que el novio le compuso a la novia, una música inmejorable acompañada de unos colosos ventiladores montados en la pista para que los bailarines se olvidaran del espeso calor. El recinto invadido de flores y, a un costado del mismo, una pareja de supervivientes saltándose las reglas y bailando cerca de su mesa cuando todavía no se abría la pista. Él sobrevivió al avionazo en el que Mouriño perdiera la vida. Corría por esa zona, luego del estruendo sintió un calor asfixiante, se arrancó la ropa quedando desnudo en medio de la calle, sin shorts ni tenis ni playera de corredor y así, desnudo, llegó al hospital transportado por una ambulancia. El día de la boda bailaba con su hermosa mujer. Guantes cubriéndole las manos, no por la influenza sino por los rezagos de las graves quemaduras.

¿Qué me dejó la influenza? No lo sé a ciencia cierta, me siento todavía en el limbo, hoy me costó retomar mi vida ordinaria, tuve que repasar con mis alumnos el programa de los futuros días. Algo que lamento fue la falta de contacto. Esta maldita paranoia que nos dejó congelados, el rechazo de las personas a quienes estamos acostumbrados a saludar cálidamente. Fue para mí un shock y espero que aquello se nos olvide muy pronto, que la paranoia sea sustituida por la apretura de los vínculos. “Más nada” –como suelen decir los cubanos–, que en los momentos más álgidos trataba de visualizar generaciones presentes y pasadas, ensombrecidas por los cuatro jinetes del Apocalipsis: los niños que mueren de hambre, o que se quedan huérfanos en la guerra, los prisioneros en campos de concentración, los desplazados y todos aquellos supervivientes que vivieron para contar que, pese a todo, pasó. Llegó un tiempo nuevo, una oportunidad de vivir regalada sólo a unos cuantos.

Heme aquí de nueva cuenta, sintiéndome como una superviviente, un tanto más extrañamente fortalecida; una nueva maría en paz, distinta a la que existía hace poco más de dos semanas.