miércoles, 4 de julio de 2012

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Estoy triste. Me duele el país. Pocas cosas me hacen mantener la esperanza. Entre ellas, mi familia, mis hijos, a quienes deseo un mundo mejor.

Miro y miro este video que hice hace unos meses, aquí lo vuelvo a compartir (Aclaro a mi favor que no es que desconozca encuadrar la cámara. Algo sucede con el iMovie que cuando pasa a otros formatos compatibles, empequeñece el video. También sugiero que lo vean directamente en vimeo.com donde la resolución es mil veces mejor. Aquí el link: http://vimeo.com/33509117).

La buena noticia es que acabé las 2/3 partes de mi tesis, a punto estoy de entregarla. Lo que sigue ahora es una ponencia. Como sea, sirve de algo estar encarrilada pero confieso que me urgen unas vacaciones.

Vi a mi shrink luego de que estuvo unas semanas en Suecia. Me encanta porque es una sabia vieja jovial. Hoy me dijo: "¡Pero si aún eres muy joven!" La amé doblemente.

video


lunes, 9 de abril de 2012

¿?

A punto de intentar rehacer una nueva entrada que borré por accidente, me llega un mail de Miranda July:
"You give into distraction as if it is a murderer. You lay there, waiting to be killed. 
Today: fight for your life."
Sin entender o queriendo entender a medias, le pido a D. me ayude a descifrar el contenido del consejo. Él me dice que no puede estar más claro: "Pelea contra la distracción". Casi en automático le respondo: "¿Y cómo se hace eso en vacaciones?, ¿cómo hago para concentrarme con tres niños a mi lado, entre otras tantas posibles "distracciones"? Y como la quimera vigilante del oráculo de Delfos me responde: "Quizá los niños no sean la verdadera distracción".
Me dirijo al baño, me siento en él. A veces las verdades y los veintes más profundos me han llegado en el eco de ese pequeño recinto. Comienzo a preguntarme y con tantas preguntas que siguen a la primera, imagino que hago un poema de toda esa retahíla.
...¿Cómo saber si el doctorado me distrae de ser creativa?
...¿Cómo saber si aprovechar las vacaciones para ver a los amigos me distrae de no estar conmigo?
...¿Cómo saber si la costura me distrae del doctorado?
...¿Cómo saber si ir al tianguis, pensar en el menú del día, ir a pagar la multa de Hacienda me distrae de estar con los niños?
...¿Cómo saber si estar con los niños me distrae de estar cosiendo?
...¿Cómo saber si preparar clase me distrae de capturar el último libro para mi investigación?
....¿Cómo saber si leer me distrae de lo que realmente tendría que estar leyendo?
....¿Cómo saber si escribir me distrae de lo que realmente tendría que estar escribiendo?
....¿Cómo saber si editar un video de las vacaciones me distrae de leer?
...¿Cómo saber si estar con la familia me distrae de no estar con D.?
....¿Cómo saber si estar con D. me distrae de no estar con mis amigos?
...
En estos días he pensado seriamente en llamar a la terapeuta opción 2. La opción 1 me caía muy bien pero dejé de verla por un mes y algo pasó que sentí que podía manejar mi vida sin su orientación. Ahora pienso que la terapeuta 2 -más vieja, más sabia- podría ayudarme a desentrañar el verdadero misterio y desatorarme de las constantes de mi reciente vida, o sea, de ésta que llevo hace cerca de veinte años. De pronto parece que se vuelve a enfilar y, al menor contratiempo, me encuentro sintiendo la misma sensación de angustia que cuando tenía veintitrés. Antes, sólo por ratos escasos: a los quince, el primer extraordinario y tener que notificarle a mi padre; más adelante, un examen de anatomía. Durante la infancia no la recuerdo, al menos no ésa en la que siento que es cuestión de vida o muerte; en la que el tiempo es oro y se me va como agua entre las manos.

En estas vacaciones he visto a uno o dos amigos distintos cada día. Estuve con Anna la mayor parte del tiempo y esta semana les toca a los mayores. Capturé, leí, preparé clases, escribí. Surfee por la red con el permiso de las vacaciones y vi capítulos de series sin sentir tanta culpa. Me di tiempo para estar no sólo con la familia inmediata sino también con la extendida. Fui al tianguis, cosí dos cojines, lavé trastes, recogí la casa en días festivos, cociné, respondí a todos los correos, pagué multas sin deberla ni temerla. La garganta se curó y empeoró varias veces, yo creo que es puramente emocional. Queda, de cualquier manera, la sensación de no haber destinado el tiempo suficiente, de ser más organizada, de reformular prioridades. Trato de jerarquizarlas pero todas se vuelven el número 1 o el 2, de perdis. Veo a mi hija jugar a tomar té en una tacita miniatura con tanta parsimonia, tan circunspecta ella. No hallo las horas de viajar en familia, de recorrer el mundo sola y acompañada, no entiendo tampoco por qué este pensamiento le sigue a la imagen de la tacita y cuál es su extraña conexión, por qué uno le siguió al otro. No hallo las horas de haber acabado con todos los pendientes que la vida obliga y sentarme, no tanto a verla pasar, pero sí a escribirla, a volverla un guión, a hacerla una historia.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Ramal



Hace mucho que no escribo en el blog. Tareas múltiples me persiguen. Copio el texto de la presentación del libro de Cynthia Rimsky. Por sugerencia de la autora y para romper con el protocolo clásico de este tipo de eventos, lo leímos de forma intercalada David y yo, en seis entradas distintas cada uno. Aquí mi parte. Por desgracia, creo que se disfruta más en el formato original de presentación. Ojalá y sume más lectores. No se arrepentirán.


1.- Caín, Abel y la literatura


Dice Francesco Careri en su libro Walkscapes:

“La primitiva separación de la humanidad entre nómadas y sedentarios traería como consecuencia dos maneras de habitar el mundo y, por lo tanto, de concebir el espacio.”

Si revisamos el mito de Caín y Abel, podremos observar la relación que éstos instauran respecto al nomadismo y al sedentarismo. Según las raíces de los nombres de los dos hermanos, Caín puede ser identificado con el Homo Faber, el hombre que trabaja y que se apropia de la naturaleza con el fin de construir materialmente un nuevo universo artificial, mientras que Abel, al realizar a fin de cuentas un trabajo menos fatigoso y más entretenido, puede ser considerado como aquel Homo Ludens, el hombre que juega y que construye un sistema efímero de relaciones entre la naturaleza y la vida. Si la mayor parte del tiempo de Caín estaba dedicada al trabajo, Abel disponía de mucho tiempo libre para dedicarse a la especulación intelectual, a la exploración de la tierra, a la aventura, es decir, al juego: un tiempo no utilitario por excelencia que llevará a experimentar y a construir un primer universo simbólico en torno a sí mismo.


2.- 40 años, Chile como regalo.


En mi cumpleaños número cuarenta recibo entre otros regalos, un libro que habla del país en el que nací. Soy chilena de nacimiento. Nací en la segunda primavera de Salvador Allende, en el mismo año en que Pablo Neruda recibe el Premio Nobel pero, por cosas del destino, aprendí a caminar a los 15 meses en México. Mi abuela paterna, a quien visité numerosas veces durante mi infancia y adolescencia, vivía en la calle de Carrión, muy cerca de la Avenida Independencia. Desde la vereda de su casa se podía mirar el edificio de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Chile. Abro el libro ese mismo día por la noche. En el primer párrafo surge una imagen conocida por mí ubicada a sendos pasos de la mencionada Avenida. Tanto los muros de la fachada como la entrada principal de la casa de mi abuela tenían lucernas en lo alto. Las coincidencias me facilitan imaginar el espacio que fue de tres generaciones: Arnoldo Bórquez, abuelo, y Salomón Bórquez, padre del protagonista y narrador de Ramal. Sin embargo, no puedo evitar a la vez, evocar la casa de mis abuelos. El comedor, las baldosas ajedrezadas del piso, las dos camas individuales en que ellos dormían dentro de la recámara principal, el living donde se recibía a las visitas y que quedaba justo enfrente del portón. Las celosías que cerraba mi abuelo con ayuda de un largo gancho, poco después de tomar la once.

No puedo evitar tampoco sentir un escalofrío correr a lo largo y ancho del cuerpo.

Leo el segundo párrafo y recuerdo la escena siguiente: Tres años después de la muerte de mi abuelo, en un ataque de rebeldía mezclada con hastío, me fugo de la casa de Carrión dejando a mi abuela en ascuas. Tomo una micro. El enojo se transmuta poco a poco en angustia. Aún cuando estoy en la ciudad donde nací no puedo moverme en ella. No la conozco. Me bajo en una de las primeras paradas. Apenas y pude cruzar las achocolatadas aguas del río Mapocho, mi espíritu de aventura llegó hasta ahí. Frente a mí queda la estación que también lleva su nombre –Estación Mapocho– antaño utilizada para esperar la llegada y salida de los trenes, y que ahora encuentro como sede de la Feria Internacional del Libro. Mis padres son libreros, sólo que en México. Puras coincidencias.

3.- Perderse

En su libro A field guide to getting lost que traducido al español sería algo así como “Guía práctica para poder perderse”, Rebecca Solnit repara en las deambulaciones infantiles como la primera posibilidad de desarrollar confianza en uno mismo; un sentido de dirección al tiempo que de aventura e imaginación. La voluntad de explorar y sentirse un poco perdido para luego encontrar el regreso o la salida. Solnit se pregunta sobre lo que le depara a esta nueva generación infantil que vive una especie de arresto domiciliario, pues ¿en dónde obtendrá la oportunidad de adiestrar este potencial humano, inherente en nosotros desde el tiempo de las cavernas?

Finalmente, la clave para la supervivencia es saber, de alguna manera, que estamos perdidos. La cuestión radicará en cómo decidamos perdernos ya que no haberse perdido implica no haber vivido. No saber perderse te lleva no a la conservación sino a la destrucción. Como Solnit afirma: “Perderse es el principio de encontrar el propio camino o encontrar un camino análogo en virtud de las múltiples posibilidades que hay de estar perdido.”

4.- Jaguares


Día con día o, con mayor precisión, noche con noche, durante breves días me doy cita con Ramal. Refrendo un Chile hace tiempo sin visitar, sin poder redescubrir. Ese Chile del que tanto han hablado mi madre y mi padre como los pocos amigos chilenos que han tenido en México a lo largo de su residencia. Recuerdo el campo chileno del que conozco poco y en el que vivieron mis antepasados: apenas Doñihue, Rinconada, San Fernando. En mi último viaje hace ya quince años me sorprendió la ruta que tomó mi tío Jorge para llegar a la casa de la tía Chofi. Mi madre dice que ahora le llaman “La ruta de la fruta” incrustada en la sexta región llamada como el libertador O’Higgins. En ese momento me asombraba reconocer un Chile similar al que mi padre evoca cuando se trata de comparar a las uvas chilenas con las sandías mexicanas en términos de proporción. Cuando hace eso, le gusta referirse a su país de origen como “Los jaguares de América Latina.” Puede ser que esté equivocada pero Google me lo confirma: jaguares en Chile sólo los importados por la firma británica automotriz y alguno que otro perdido deambulando en jaulas de zoológicos. Rememoro las naves industriales de Chilefrut alinearse por la autopista una tras otra, una tras otra, sin dejar mayor paisaje que eso: plantíos simétricos dispuestos en cuadros perfectamente organizados. Lo recuerdo tan bien como una anécdota que compartí con Cynthia, la autora del libro, hace una semana. Mi primo hermano viaja a México con su entonces polola, ahora su señora. Los recibimos en la entonces casa de mis padres.

- Pues bien primos ¿qué les apetece conocer de México?, ¿las pirámides, el museo Nacional de Antropología, Acapulco, Oaxaca? Quizá puros lugares comunes. Mi primo nos responde muy seguro de sí mismo.

- Lo tenemos clarísimo: Miami. Queremos llegar a Miami.

Lo que más le gustó a mi primo de México fue Taxco. Lo encontró “limpio y ordenado.” Por desgracia, en aquella ocasión no pudo llegar a Miami.

¿Será esa la nueva generación de los jaguares de la que habla mi padre tan orgulloso?

5.- Ramal


Por suerte, Ramal habla del otro Chile. Ese que se esconde todavía en las vías del subdesarrollo que, para estos efectos, pueden ser comparadas por unos con las vías del ramal que todavía une a Talca con Constitución. Auge ayer, agonía ahora. Icono del bicentenario de la independencia chilena como lo son los recientemente llamados “Pueblos mágicos” mexicanos a propósito de la misma celebración. Ese Chile más parecido a la América cantada por Calle 13 y Camila Moreno. El Chile oculto, en todos sentidos: por su geografía austral en la última esquina del mundo; disimulado por la historia mediática de los mineros y la nueva arquitectura cosmopolita de Santiago que se rebautiza ahora como la zona “Soho Santiago.” Encubierta incluso por la belleza de Camila Vallejo que recubre, por paradójico que resulte, quizás el movimiento estudiantil más importante de América Latina en la actualidad. Pido disculpas por mencionar tantos lugares comunes: Salvador Allende, Pablo Neruda, las pirámides, Acapulco, Calle 13 y Camila Vallejo. Han servido para enunciar un libro que tiene todo menos eso: ser un lugar común. En el caso de Cynthia Rimsky develamos esa literatura que es cada vez más difícil que encontrar: la literatura que respira. Una prosa llana y directa, sin rodeos, que da claro testimonio no sólo del Chile que parece desaparecer al menos en el imaginario colectivo: el Chile de la nostalgia y la poesía; el Chile de la protesta pronunciado en Santa María de Iquique por los Inti Illimani y la música de los Parra que escuché desde niña advirtiendo lágrimas en los ojos de mi padre cuando hacía maletas imaginarias a su terruño. No sólo de ese Chile atornillado en mi cabeza sino del Chile presente: el Chile solitario, el Chile pobre que es más grande que largo, el Chile que sabe a glosario; a chancho en piedra, a queso de cabeza, a vino pipeño.

Todo ese Chile y más cupo en mi cabeza mientras leí Ramal.

Al final de los días ¿cuál quedará?, ¿qué Chile será más fuerte?, ¿el Chile de Caín o el Chile de Abel?


6.- Despedida


Ramal
es también la historia de un hombre que busca encontrarse a sí mismo a través de numerosos viajes a la agrimensura del ramal. Viajes largos o cortos, viajes físicos o imaginarios, viajes por placer, viajes de trabajo. ¿Qué son los viajes sino la posibilidad de encontrarse a uno mismo en algún fragmento del periplo?

En un texto que hizo Olivier Debroise sobre una de las acciones artísticas del artista ambulante Francis Alÿs, la cual consistía en atravesar el globo terráqueo para pasar de Tijuana a San Diego sin cruzar la línea –un paso que dura menos de una hora pero que en la experiencia de Alÿs duró más de 30 días en los que él subió y bajó aviones, espero conexiones en aeropuertos y aterrizó en ciudades como Panamá, Santiago de Chile, Sydney, Bangkok, Seúl y Anchorage– Debroise escribe:

“Del itinerario teórico, Alÿs sólo pudo conservar la escala esencial en la Isla de Pascua y, para rozar de vuelta la ruta original, desviarse hasta Tailandia. Al llegar a Rangoon, perdió la conciencia del tiempo: las fechas incoherentes de los correos electrónicos delatan ese momento de ruptura consigo mismo —y con el resto del mundo—. Confiesa ahora que, a partir de este punto, el cansancio del tránsito acumulado, las vigilias, la imposibilidad de comprender los letreros, las lenguas, los rostros, lo apartaron de sí mismo.
Este fue quizá, el momento en que inició el viaje verdadero.”

Me di cita con Ramal en breves días porque pese a la hora en que esto aconteció, hubo un momento en el que no pude parar de leer. Era un día entre semana, a la mañana siguiente me esperaba la jornada cotidiana de ciudades como el D.F.: largas trayectorias, numerosos pendientes, poco tiempo. Pero algo decía en mí: “No puedes parar.”


Ramal
es un libro en donde parece no pasar nada y, sin embargo, pasa todo. Es la historia de un hombre que recuerda a su padre y a su abuelo. Un hombre que se confronta y se busca a sí mismo. Es la historia también de un niño perdido que encuentra un camino.