domingo, 20 de septiembre de 2009

María Terremoto at the steering wheel



Al mediodía del 15 de septiembre me disponía a subir por Av. Juárez rumbo a mi hogar tras haber recogido a mi par de fieras. Días antes, vaticinaba el clásico caos que rodean estas fechas pero no adiviné que la avenida principal de Tlalpan estuviera deliberadamente cerrada por un trío de policías que, por sus dimensiones, semejaban a tres enormes orangutanes, conos de plástico y cilindros viales incluidos.

Con todo, reparé en que los dos automóviles delante de mí habían bajado cortésmente su ventanilla, explicado algo a uno de los policías, quienes habían bajado de forma automática una suerte de cinta adhesiva de aquellas que suelen utilizar en las zonas de crimen, catástrofes, etc. Supuse, como era lógico, que dichos autos eran vecinos de la colonia, hecho por el cual, comprensiva y justificadamente los habían dejado pasar. No dudé en hacer lo mismo ya que mi calle hace esquina con Juárez. A menos que me metiera en sentido contrario, no había forma alguna de acceder a mi casa.

Lo que siguió es, más o menos, la transcripción del diálogo con Orangután 1:

María Terremoto (en adelante, MT): Buenas tardes, oficial. Vivo en ______ esquina con Juárez.
Orangután 1 (O.1): Permítame su credencial de elector.
MT: No tengo credencial de elector, oficial. No nací en México.
O.1: Entonces, su comprobante de domicilio.
MT: Oficial, no llevo uno conmigo. Además, rento la casa en la que vivo. Ninguno de los documentos oficiales ni la correspondencia llegan a mi nombre a ese lugar.
O.1: ¿Cuánto tiempo lleva viviendo ahí?
MT con cara de perpleja: Pues casi un año... ¿Por qué la pregunta?
O.1: ¿No cree que ya va siendo hora de que regularice sus documentos?
MT: No lo creo, oficial. No sé por cuánto tiempo más viviré allí. De cualquier manera, no entiendo a qué viene su pregunta. Voy a mi casa, vengo de recoger a mis hijos del colegio. Si usted gusta, nos puede acompañar y corroborar la dirección anterior.
O.1: No puedo dejarla pasar si no es por medio de la presentación de algún documento que compruebe su domicilio.
MT: (¡¡¡!!!) Oficial, acabo de ver que usted dejó pasar a dos automóviles antes que nosotros.
O.1: Porque me enseñaron su credencial de elector.
MT: Lo dudo mucho. Sin embargo, no le estoy mintiendo. Voy rumbo a mi casa. Si lo desea, le repito, nos puede acompañar.
O.1: Si no me enseña su credencial de elector no la puedo dejar pasar.
MT: Pero oficial, le acabo de explicar...

Acto seguido, Orangután 1 se dio la media vuelta, comentó algo a sus compañeros que no alcancé a escuchar pero que provocó que, momentáneamente, me hicieran señas frente al parabrisas para que me moviera en reversa. Mis hijos, que bien me conocen y cuyas fantasías infantiles hacen confundir a un policía con un híbrido mezcla de héroe e impostor, comenzaron a gemir y a intentarme convencer de que les hiciera caso. Demasiado tarde, había comenzado a sentir hervirme la sangre y reconocer los síntomas que le siguieron: el impulso ciego, la impotencia, la incredulidad...

Decidí no moverme, pese a que media Avenida San Fernando había comenzado a tocarme el claxon. Detrás de mí, un taxi envalentonado que, de cualquier manera, impedía que yo hiciera cualquier movimiento. Los policías procedieron a convencer a dicho personaje para que se moviera y Orangután 1 me pidió que abriera mi ventanilla: "¡MUÉVASE!, ¡ESTÁ IMPIDIENDO LA AFLUENCIA DEL TRÁFICO!" (o algo así).

MT: No me voy a mover hasta que no me deje pasar. Ya le expliqué y me parece absurdo tener que venir con un comprobante de domicilio en la guantera para hacer realidad los caprichos de alguien tan incongruente como usted.
O1:¡Entonces oríllese y vaya caminando por su comprobante de domicilio! Así sí la dejo pasar.
MT: Estoy embarazada y llevo a mis hijos conmigo. No voy a caminar hasta mi casa para cumplir con su berrinche.

Acto seguido, el oficial hizo un ademán que simulaba la indiferencia extrema. Para mis adentros, dije: "A ver quién se cansa más rápido". A esas alturas, mis hijos ya estaban al borde de la histeria y me imploraban que hiciera caso a los oficiales. En aquel momento, debo confesar que era lo que menos oía: Su débil aunque permanente murmullo comparado con la serie de pensamientos que invadían mi precaria paz.

Entonces, sin pensarlo ni por dos segundos, metí el clutch, puse primera y aceleré por encima de los cilindros de plástico y la cinta adhesiva, no sin escuchar ya detrás de mí, a Orangután 1 mentándome la madre. Lo siguiente fue rememorar algunas escenas de Uma Thurman en Kill Bill pero, sobre todo, el final de Thelma & Louise mientras mis hijos deliraban de terror al ver que en cada bocacalle que atravesábamos, otro contingente de policías con radios nos hacían señas con los brazos. Yo mantenía, impasible, la misma velocidad pese a que me había llevado conmigo uno de los cilindros que hacía un ruido sordo en la parte baja del auto. Llegamos a salvo a la casa mientras mi corazón latía a mil por hora y las imágenes en mi cerebro se atropellaban unas a otras: las heroínas seguidas del "si hubiera" mezcladas con escenas infantiles cuando reviví momentos similares con mi padre al volante.



Sólo de una cosa me arrepiento: de haber hecho vivir a mis hijos la misma angustia que yo pasé innumerables veces con mi padre cuando se peleaba a golpes en la librería con presuntos ladrones, cuando se peleó a golpes con el vecino por problemas de estacionamiento, cuando osó entrar a una sala de cine mientras terminaban de hacer la limpieza, no sin evadir a los guardias que lo impedían; cuando estuvo a punto de abofetear a mi tío frente a toda la familia, cuando el mentado helado en Danesa 33 del que ya hablé... Mea culpa, mea maldita herencia genética. Maldito orangután. Viva México y las absurdas cotas de poder.

martes, 8 de septiembre de 2009

Gate 18



Son las 23:25 del domingo 6 de septiembre. Llevo casi cuatro horas varada en el aeropuerto de la ciudad de Guadalajara. Mi vuelo inicial despegó con rumbo al DF a las veinte horas tras un ligero retraso. No había pasado ni media hora de estar al ras de las nubes cuando el capitán nos avisa por las bocinas que debemos regresar a Guadalajara por las pésimas condiciones meteorológicas en la Ciudad de México.

Sigo aquí, en un estrecho asiento de una incómoda sala de espera. Las pistas del aeropuerto de la capital están anegadas. Se espera que, con suerte, dicho aeropuerto reanude operaciones alrededor de las 2:30 am y recibir, poco a poco, el cúmulo de vuelos retrasados. Tengo que llegar a dar clase a las 10 am y me temo que no serviría de mucho cambiar mi vuelo al primero de la mañana. Tal parece que llegaría, más menos, a la misma hora de una u otra manera. Tendré que pasar la noche aquí en esta sala, ya que ni la aerolínea ni el aeropuerto se hacen responsables de gastos de transporte ni de hospedaje debido al escenario climatológico ajeno a su control.

Dudo en volver a Guadalajara y dormir con D. un par de horas -dormir en compañía, abrazada, abrazarlo a él-, sin embargo, mi mente hace cuentas: $600 en taxi por una cantidad de horas inexacta, brumosa.

Poco a poco han sido numerosos los que han desertado de mantenerse a la espera, sobre todo, aquellos que tenían vuelos en conexión con otros lugares de la república. Los latinoamericanos, que no pueden hacer nada mas que incrementar su paciencia, se solidarizan. Se encuentran ante un callejón sin salida ya que los vuelos que requieren se toman forzosamente en el DF. Venezolanos, cubanos y peruanos se reúnen en círculo y hacen chistes, ríen al menos. Más tarde se unirán a ellos un par de mexicanos prototipo, que los animarán a abrir la caja de Don Julio que llevaban de regalo, compran latas de Squirt y les enseñan a hacer "Palomas". El cubano saca una cajetilla de puritos y, convenciendo a los sobrecargos que se encargan de nosotros como si fueran guardias, logran burlar las medidas de seguridad y abrir la compuerta que da al exterior para tomar y fumar. Un argentino comienza a ligarse a su vecina que lo mira, ilusionada ante el luminoso futuro que sospecha en medio de un jet lag abominable. Debo confesarlo: yo quise, en algún momento de la noche, hacerme amiga de una peruana que viajaba en compañía de su hijo de tres años. Cruzamos un par de sonrisas y de gestos relativos a la incoherencia de nuestra presencia en aquel lugar. Me dan ganas de contarle que estoy embarazada aunque todavía semeje una evidente hinchazón estomacal. Más tarde, debrayo y me imagino contando a mis amigos, a mis hijos, a éste que espero, la fortuita anécdota que nos unió a mi nueva amiga peruana y a mí. Imagino viajar a Lima para visitarla en unos años; incluso la imagino a ella, en la comodidad de mi casa, unas horas después, esperando su vuelo de conexión en algo más que una sala incómoda.

Pero la peruana de pronto se esfuma con todo y carriola. Horas después, más bien, nuestras miradas de hastío se entrecruzarán. Creo que ambas hemos abortado la misión de lo que prometía una fructífera amistad. Ahora nos encontramos en sendos extremos de la sala de espera, agotadas.

Recuerdo que tenía que regresar una película en Blockbuster antes de las 11 pm; que debía descongelar unas hamburguesas de pavo para la comida de mañana; que Mina, mi perra, ya se habrá acabado el agua de su cubeta. Al menos, me queda la esperanza del torrente que imagino, cayó sobre la ciudad. Esa misma agua que me impide llegar a casa servirá para aplacar su sed.

Mientras pienso que debo apoltronarme de lado izquierdo para optimizar la irrigación del torrente sanguíneo hacia el bebé que espero, contemplo a los latinoamericanos en su pequeña bacanal y vuelvo a desvariar. ¿No sería posible, acaso, que todos hiciéramos una gran ronda?, ¿que expresáramos aquello que nos angustia, que nos tortura, o bien, lo que más anhelamos, nuestro más grande deseo? Miro a todos e imagino quiénes podrían ofrecerme una observación atinada, darme un buen consejo, quiénes lograrían apaciguarme, cuáles reirían inocentemente al pensar que lo que me atribula no tiene nada que ver con los verdaderos problemas de la vida. Observo al venezolano de pelo cano y sonrisa quieta, y pienso que podría ser él aquel que me brindara un mejor dictamen. De entrada, me imagino su respuesta: Que no me angustie, que no sirve de nada. Que, como leí en el libro más reciente, a la vida se viene a pasarlo bien.

Recuerdo la facilidad con la que hacía amigos en los vuelos aéreos de mi infancia. No sólo en los vuelos; en los viajes, en los restaurantes, en los hoteles, en sus piscinas, en la playa, en los parques. ¿Cuándo fue que perdí aquella candidez?, ¿Sirvió de algo ahorrarme esa iniciativa que me caracterizaba? De pronto, recuerdo a mis hijos mayores, me llevo la mano al vientre y acaricio a mi único y seguro acompañante... ¿Será niña?

Por lo pronto logré avanzar más páginas del libro de Foucault de las previstas : "...el alma recibe los movimientos del cuerpo y se asimila a él, en tanto que el cuerpo se altera y se corrompe por las pasiones del alma". Pienso en la mejor opción de aquí a que todos recibamos noticias: conectarme al i pod, seguir leyendo, recostarme del lado izquierdo de mi cuerpo, intentar de nuevo con la peruana. Pero de todas las opciones, la que me sigue resultando más atractiva, es la de formar un círculo y, llegado mi turno, decir a todos: Me llamo María Paz y esto es lo que me angustia; o: me llamo María Paz y este es mi mayor deseo.

domingo, 12 de julio de 2009

La Duda



Anoche D. y yo rentamos La Duda pero, como ha sido costumbre reciente, me quedé dormida en el minuto uno. Hoy, antes de intentar verla de nuevo, leía sin ninguna intención premeditada un texto en torno a la duda y la inocencia, esta última sinónimo de la verdad aunque en estos tiempos nos cueste creerlo.

Durante la película recordé todas las veces en que he dudado, en que he tenido una suerte de presentimiento o premonición, misma que fue comprobada. Me sentí perdida de nuevo, justo en el momento exacto en el que Sister James (Amy Adams) se siente completamente desorientada y hace caso de lo que sus ojos miran más no de lo que su corazón vislumbra.

Segundos después, vino la calma. Pude ver a través de los ojos de quienes, según yo, me habían dañado, la luz de la inocencia: la de mi padre, la de otras personas menos o más importantes en mi vida pasada y en la actual. Deseo quedarme con eso, pues lo contrario sólo hace daño, sólo hiere el corazón: el único instrumento mediante el cual realmente podemos ver.

Quiero conservarme así, mantenerme limpia e inocente, tener la capacidad de transmitir eso a mis hijos. ¿Qué otra cosa es más importante que eso? Sólo la verdad que, a final de cuentas, resulta ser lo mismo.

(Abajo, los lienzos del portentoso Frans Hals, los cuales recordé al ver esta grandiosa película. Quienes ya la hayan visto sabrán a qué me refiero. Y quienes no, sembrará curiosidad en ellos para que corran a verla).



miércoles, 17 de junio de 2009

¿De qué otra cosa podríamos hablar?




A casi dos semanas de la más reciente inauguración de la Bienal de Venecia, sorprende el silencio de los medios, sobre todo nacionales, en torno a la segunda ocasión en que México tienen un pabellón sólo para sí. La anterior fue enlucida por Rafael Lozano-Hemmer pese al catastrófico inicio que fue revestido por la sentida muerte de una de las figuras más importantes del arte contemporáneo: su curador, Príamo Lozada. Recuerdo haber ido al homenaje que le hicieron In Memoriam en el Laboratorio Arte Alameda, recinto que tuvo a bien fundar. A Príamo lo conocí muy poco, fue con motivo del evento de apertura de la universidad donde doy clases. Me sorprendió su calidez pero, sobre todo, la elegancia al hablar, al moverse; sin exagerar, al pestañear. Nunca antes me había visto y, sin embargo, me trataba como si fuéramos viejos conocidos. Hablamos de las instalaciones que había tenido a bien curar para aquel día y no sé de qué más. Por eso fui con orgullo a despedirlo a su lugar. Desde entonces llevo amarrada a mi muñeca la cinta de tela de uno de sus últimos eventos artísticos –Plataforma, en Puebla– como un estigma de buena suerte. A partir de aquel día tengo la extraña ilusión de que algo del talento de Príamo me acompañará para llevar a cabo las empresas que tanto deseo.

Pero éste sólo es el preámbulo de lo que realmente quiero escribir hoy. Valientes como Príamo hay pocos. Dos de ellos son los que le siguieron a la par de todo su equipo: Teresa Margolles, la artista y Cuauhtémoc Medina, su curador. Dicen que el catálogo del pabellón es una joya. Yo quisiera conocer de cerca todas las aventuras que acompañaron a este proyecto, al que se le cerraron puertas, decreció numerosas veces en presupuesto, tuvo mil y un vericuetos. Sin embargo, helo allí. No será tan plástico como el checo ni tan ocurrente como el escandinavo; tampoco tan ambicioso como el de Estados Unidos, megaproducción a la Hollywood que le apostó, sin lugar a dudas, a los cuarenta años de carrera de Bruce Nauman. No es que no le apostara a ganar alguno de los premios. Sin embargo, pareciera que, luego de la mala suerte con la que inició nuestra presencia oficial en Venecia, Margolles y Medina le apostaron, sin querer, al anonimato.

Conocidos míos arriban de la Bienal. Con el corazón encogido nos relatan su experiencia. No sé si aquel día amanecí muy emocional pero la piel se me eriza cuando los escucho, siento el nudo en la garganta, comparto sus sueños utópicos de huir y construir una comuna en un paraje clandestino. Al compartir lo anterior con mis alumnos, me sorprende el hecho de que muchos están igual que yo: sobrecogidos y trastocados al escuchar de nuevo sobre alguien de la que ya habíamos hablado en sobradas ocasiones; cuyo trabajo expusieron para obtener alguna calificación. Qué bien que no se queden sólo con lo “estético”. Esta pieza, por desgracia, habla de lo que sucede en su terruño aun cuando los medios, el Estado, los empresarios, se resistan a atenderlo. Revisamos la escasa cobertura que se ha acumulado en los recientes días. Gran parte de los textos proceden de páginas en Internet. Se trata de una réplica del boletín de prensa. Nadie es capaz de emitir un juicio. Los comentarios de los blogs son casi todos puntas de lanza hacia la artista. Apenas este fin de semana apareció uno de los textos más decorosos sobre la pieza: el escrito por Carlos Aranda Márquez para Reforma. Habrá que esperar a la difusión del catálogo para leer los textos magistrales del mismo Medina, Ernesto Diezmartínez Guzmán, Élmer Mendoza, Antonio Escohotado y Mariana Botey. Desconozco si es el de Diezmartínez o el de Mendoza pero es el texto de uno de ellos quien, asentado en Culiacán, narra la forma despiadada en que su plácida vida provinciana ha cambiado en estos últimos años. Dice que en Culiacán la cantidad de balazos que irrumpen la cotidianeidad es equivalente a la suma de claxons de cualquier día de la semana en el DF. Pero sus hijas ya no se asustan, es más, reconocen la proveniencia y la cercanía. Han llegado a azuzar su oído con tal eficacia que son ellas quienes calman al padre. “No te preocupes, ese último provino de tal o cual región de la colonia. No pasará por aquí.”

Huelga decir que la pieza se enfrentó en un concurso y ganó gracias al comité evaluador que con valentía y responsabilidad decidieron a favor de la misma y así, enfrentaron sus consecuencias. La primera fue el retiro de la jugosa ayuda económica que La Colección Jumex siempre proporciona a dicha empresa. Le siguieron despidos laborales de los directivos involucrados, amenazas a los equipos que operaban en Ciudad Juárez, Culiacán y otras ciudades, a Margolles misma, de nueva cuenta. La artista siempre viste de negro, anteojos incluidos. Sorprende su sentido del humor, su arrojo al defender sus proyectos. Sin embargo, detrás de esa imagen a la underground se adivina una mujer vulnerable, frágil en su luto permanente.

Cabe agregar que la obra de Margolles no es necrófila, tampoco amarillista, mucho menos escatológica, ni qué decir moralista. No acusa al narcotráfico como culpable directo. Acusa a la violencia descarnada como recurso principal de ambos bandos. Los especialistas refieren que se habla de la muerte como una posibilidad estética. Yo agregaría que, hoy por hoy, nos guste o no, el arte también es un mecanismo para cobrar conciencia. Quienes presenciaron los días posteriores a la inauguración vieron desfilar a los visitantes multinacionales del pabellón, enojados algunos, incrédulos los más. Muchos de ellos abandonaban las salas arrasados en lágrimas.

Los highlights de lo que ha derivado un espectáculo similar al Festival de Cannes fueron, en esta ocasión, los premios que Yoko Ono y John Baldessari recibieron, el estreno de la megacolección de Pinault en el palacio que le costó una fortuna, Bruce Nauman, el simulacro del coleccionista ahogado en una piscina. Sólo encontré una imagen del pabellón mexicano y fue en el NY Times. Es la que aparece al inicio de esta reflexión, resulta escasa pero cobra sentido cuando sabemos que quien trapea el piso puede ser un familiar de las víctimas de esta guerra sin cuartel, llevado por la misma Teresa Margolles a petición suya para abandonar el país de forma definitiva luego de haber visto correr tanta sangre. Cobra sentido cuando nos enteramos que el líquido con el que lo hace es esa misma sangre, la de quienes murieron, casi todos inocentes.

¿De qué otra cosa podríamos hablar?

lunes, 1 de junio de 2009

Sueños



Hace varias semanas que no dormía tan bien como anoche, prácticamente de corrido. Tuve un sueño sui generis en mis treinta y siete años de existencia. Siempre que el mar aparecía era un sueño que, ineludiblemente, derivaba en pesadilla. Recuerdo muy bien uno que soñé cuando tenía alrededor de dieciséis años: Era alumna de un internado a las orillas de la playa, la tarde comenzaba a oscurecerse. Jugaba el papel de segura observadora al ser considerable la extensión de terreno que me distanciaba de la escena. Me percataba de dos compañeras mías del internado que salían del edificio principal y se sumergían en el agua. Nadaban tranquilas mientras yo divisaba a lo lejos, el nado de un par de ballenas acercarse hacia ellas. Su nado hizo tal movimiento en el agua circundante que las olas crecieron metros y metros en cuestión de segundos. Yo contemplaba la zozobra de mis compañeras, su lucha por salir a tierra firme hasta que, presas de la desesperación, se ahogaban.

Si mal no recuerdo, en una antigua entrada escribí sobre mi relación con el mar en mis sueños. Sucedía algo muy extraño conforme los años pasaban. Más adelante, las olas voraces que arrasaban con poblaciones enteras de bañistas, se acercaban a mí pero jamás me tocaban. Luego, comenzaron por tocarme la punta de los pies, mojarme las piernas, envolverme el cuerpo entero. Me devoraban, eran sueños terribles aunque jamás sucumbí en ellos. Contemplaba cosas desastrosas, todo parecía morir a mi paso menos yo. Hace no mucho soñé que visitaba a mi amiga E. quien vive en Los Cabos. Para librar el trayecto de La Paz a su casa teníamos que sortear un acantilado. Como únicos recursos de salvación, las uñas de nuestras manos y pies y, a nuestras espaldas, el mar más encabritado que nunca.

Anoche soñé que vacacionaba con mis padres en un balneario distinto a cualquier hotel. En el agua transparente nadaban orcas de todos los tamaños, diminutas y enormes, y demás fauna marina entre las que el resto de los huéspedes y yo, buceábamos sin problema. Existía un restaurante justo en medio del mar, raro como suena. No se encontraba en una isleta sino sobre la superficie misma. De hecho, el restaurante carecía de protección alguna, soportaba olas dignas del más experimentado surfista enroscarse sobre los comensales, y nada, tan sólo se hacía un extraño vacío en el que apenas llegaba la brisa de estas olas colosales. La totalidad.

Por coincidencia o sincronía, a dos clases de cerrar el semestre, me topé hoy con mi cuadro preferido entre las obras de Dalí. Éste, en el que él mismo se autorretrata siendo una niña capaz de levantar la orilla de la playa como si fuera una hoja. Tal parece que, luego de todos estos años, la pesadilla tornose sueño. Rindiéndose al mar es que se volvió bueno.

martes, 26 de mayo de 2009

Hoja en blanco



A Laura, a Estrella
Al 401


Hoy accedí a la invitación que me hizo uno de mis alumnos de mi grupo preferido durante este semestre, y mucho me temo que lo seguirá siendo por varios más o, al menos, estará siempre dentro de mi top 5 (hablando de top 10). La propuesta era presenciar sus puestas teatrales para la clase de dirección actoral, materia curricular dentro de la licenciatura de Cine. Los vi a ellos mismos en calidad de actores y directores, interpretar escenas de obras nada menos que de Harold Pinter, Dario Fo y Tennessee Williams. Hace años que no voy al teatro, lo más cercano capaz de abrirme el alma con esa velocidad es el cine. Ahí, en el salón de actos de la universidad, con escenografías austeras, vestuarios y maquillajes improvisados, el alma se me volcó en cuestión de segundos.

Han habido semestres estériles, yermos casi en su totalidad. En éste, gracias al 401, volví a creer en la enseñanza y su minúsculo o gran poder. Me dio pena haber visto sólo a algunos, pues llevan ejecutando estas escenas hace un par de semanas. Hoy dejé a mis hijos en la puerta del colegio, subí el cerro con L., no me bañé, me fui directo a verlos pues, de lo contrario, no llegaba. Se me pasó el primero, el de las diez y media por una confusión de naturaleza más bien espacial. Luego de que el semestre acabe, cosa que sucederá en dos semanas, extrañaré inmensamente los martes que para mí han sido como sábados desde enero hasta ahora.

Ayer que ultimaba detalles en la clase, en la búsqueda de obras de Jenny Holzer, encontré varias joyas, una de ellas adorna ahora mi wallpaper. Recuerdo a la par, la exposición de mi alumno D. y las maravillas que encontró en la red: una gran frase célebre que hablaba de los wallpapers como las obras de arte de la gente ordinaria.

Otro video de Holzer sobre las ya famosas series truisms me reconectó con la realidad. Grandes frases en las que residen sencillas verdades. Aquí, la muestra:



Como decía, subí el cerro con L. Nos asombraba una cosa. No hay inmovilidad en esta vida, todo es cambio, nada permanece exactamente igual, es sólo cuestión de mirar alrededor, de contemplar la naturaleza. La vida es, de hecho, como la escritura. Un ejercicio denso, inacabable, en el que puedes corregir, aumentar, borrar, o incluso, arrancar la página. Arrancar las hojas es una de las cosas que más duelen en la vida y, sin embargo, algo positivo queda de ello: la posibilidad interminable de empezar desde cero, de nuevo, aún cuando nunca es así puesto que siempre nos llevamos con nosotros lo aprendido. Y la vida, sí, ofrece oportunidades hasta cuando todo se presupone oscuro.

Un reciente amigo me escribía y cerraba con esta frase de Paul Virilio: “Ahí donde está el peligro crece la salvación.” Por mi parte, recuerdo que: “Nada real puede ser amenazado. Nada irreal existe.”

lunes, 11 de mayo de 2009

El resultado de la influenza

video

“Los hombres buscarían en aquellos días la muerte, y no la hallarán, y desearán morir, y la muerte huirá de ellos.”
Libro del Apocalipsis según San Juan

La Semana Santa se repartió entre una singular y citadina semana de vacaciones con largas horas transcurridas en la casa, y una última e intensa semana de niños las veinticuatro horas del día, en la búsqueda de actividades que sirvieran para “matar la mañana”, “matar la tarde”,“matar”, en realidad, el día completo. Siempre me ha llamado la atención esta expresión: ¿Por qué buscar “matar” dicho tiempo cuando tendría que ser a la inversa? No matar sino vivir, en sí, disfrutar lo que está frente a uno, un día que jamás volverá una vez que muera, en su minúscula duración si se le compara con la abrumadora cantidad de días que un ser humano promedio vive ¿Por qué intentar matarlo antes?, ¿cuál es la razón por la que se busca acelerar la de por sí breve vida de un día, similar a la de la mosca que sólo vive para crecer lo suficiente e incubar así, sus microscópicos huevecillos?

A manera de paréntesis, siguió una semana que, extrañamente, no recuerdo, al igual que a muchos con los que me he topado les sucedió: amigos, profesores, conocidos y desconocidos que así lo reiteran. De estos últimos, sólo aquellos pocos desconocidos que, durante y después del periodo emergente, alcanzaron a comentar algo relacionado con la influenza detrás de la vitrina de la farmacia y de la coraza de su tapabocas. Extraños personajes de quienes jamás veremos su cara completa. Volver a la vida común y corriente, como para tantos, fue salir de una suerte de limbo bizarro y difuso. Incierto ante todo.

En lo que duró el disímil toque de queda, jamás usé tapabocas ni para ir al super. Tampoco compré gel antibacterial aunque la influenza y el encierro que conllevó, dejó su huella en otros aspectos aún más profundos de mi vida. Debo confesar que aquel viernes de hace dos semanas en que se prohibieron las clases, por recomendación de un médico fui a parar al Instituto Nacional de Pediatría con mi hijo de nueve años. Ligeramente resfriado, Guido se vio contagiado por la paranoia de los medios masivos y, de pronto, lo colmaron imaginarios dolores musculares, de cabeza y en las articulaciones. El médico que nos atendió ipso facto en el INP luego de una antesala irrisoria, hizo muy bien: me reprendió lo más elegantemente posible. Me explicó los verdaderos síntomas de la influenza, criticó a la prensa, el radio y la televisión por vender un miedo innecesario a la población. Heme allí, en un foco de infección con un niño vulnerable, con bajas defensas, a la espera de recibir cualquier bicho extraño de aquellos que viven preñando ad infinitum, la gélida atmósfera de un hospital. Fin de la paranoia: en mí duró sólo los quince minutos que conformaron el recorrido en automóvil rumbo al hospital y la pequeña espera previa a la consulta.

En la semana posterior, mis dos hijos se enfermaron: el que seguía con gripe y el otro, del estómago. Fue sí, una especie de encierro sui generis en donde nada parecía funcionar. Llamaba a mis amigos en igualdad de circunstancias: padres con hijos para poder, al menos, compartir el mismo encierro. Y nada, el extraño ángel de la influenza provocó que ninguno de los posibles planes se llevara a cabo: encierro redoblado, mucha paciencia. A veces, la paciencia agotada, la desesperación en su lugar. Y lo de siempre, lo característicamente humano: levantarse después de caer y hacer ese ejercicio cuantas veces fuera necesario.

Por fortuna, pudimos escapar de las medidas más extremas en aquellos días en que ni Blockbuster abrió sus puertas y vivir parte de nuestro exilio en “La ciudad de la eterna primavera”(aunque cabe aclarar, Sanborn´s siempre estuvo abierto al igual que Wal-Mart. Extraño fenómeno el de la vida de las corporaciones a prueba de todo. Suceda lo que suceda, no hacen más que volverse aún más ricos de lo que ya son. Me pregunto cuántas personas, presas de la desesperación, compraron películas, videojuegos y revistas en estos lugares. No cabe duda que la influenza fue un golpe de suerte para todos ellos). Ahí nos esperaba una alberca solitaria, un par de vecinos quisquillosos que evitaban nuestro contacto por medio de amplios metros de por medio y otro par de vecinos mucho más relajados que, con su mera presencia, volvieron livianos aquellos días y con quienes estaré eternamente agradecida. La más feliz de todos fue Mina, nuestra perra color grafito, quien dio rienda suelta a sus patas medianas, constreñidas en lo cotidiano por una angosta faja de pasto. Mina corrió, entró a la casa cuantas veces lo deseó, encontró incluso un filete que se marinaba en la terraza de los vecinos y se lo zampó entero, además de todas las sobras de nuestras frugales comidas, dignas de un periodo de cuarentena.

Tras cuatro días, los niños se aburrieron del sol, de la alberca desolada, de la falta de amigos con quienes comparar clavados. Llegamos el lunes por la tarde a México, nos encontramos con que no había películas, librerías ni centros comerciales abiertos para matar nuestra distracción. Pasaron los días, mi hijo menor se quejaba de dolor de oídos, le compré las gotas que el pediatra me recetó. Estaba dormido en el auto cuando Mina subió al asiento y con una de sus patas recientemente estrenadas y fortalecidas, le pisó el oído herido. Me encerré con él en el auto dentro de nuestro garage luego de que logré sacar a Mina. Nuestro breve confinamiento en la camioneta sirvió para que no se escucharan los gritos de dolor de Tomás y el ruido de sus pequeñas manos golpeando las vestiduras y los cristales mientras exclamaba ¡Ya no resisto! ¡Ya no resisto!

Este fin de semana, los niños se fueron con su padre, y D. y yo regresamos a Cuernavaca a una boda por demás significativa. Nos tocó encierro en el hotel de nuevo: un alimento contaminado envuelto en la turba de emociones derivadas de una era apocalíptica. En la boda, todos los meseros llevaban elegantes tapabocas a juego con sus uniformes. Demasiado tarde cuando busqué la cámara para captarlos perfectamente alineados, pero será una imagen que me acompañará siempre: la del fantasma de la influenza.

La boda fue magnífica como pocas. El poema que el novio le compuso a la novia, una música inmejorable acompañada de unos colosos ventiladores montados en la pista para que los bailarines se olvidaran del espeso calor. El recinto invadido de flores y, a un costado del mismo, una pareja de supervivientes saltándose las reglas y bailando cerca de su mesa cuando todavía no se abría la pista. Él sobrevivió al avionazo en el que Mouriño perdiera la vida. Corría por esa zona, luego del estruendo sintió un calor asfixiante, se arrancó la ropa quedando desnudo en medio de la calle, sin shorts ni tenis ni playera de corredor y así, desnudo, llegó al hospital transportado por una ambulancia. El día de la boda bailaba con su hermosa mujer. Guantes cubriéndole las manos, no por la influenza sino por los rezagos de las graves quemaduras.

¿Qué me dejó la influenza? No lo sé a ciencia cierta, me siento todavía en el limbo, hoy me costó retomar mi vida ordinaria, tuve que repasar con mis alumnos el programa de los futuros días. Algo que lamento fue la falta de contacto. Esta maldita paranoia que nos dejó congelados, el rechazo de las personas a quienes estamos acostumbrados a saludar cálidamente. Fue para mí un shock y espero que aquello se nos olvide muy pronto, que la paranoia sea sustituida por la apretura de los vínculos. “Más nada” –como suelen decir los cubanos–, que en los momentos más álgidos trataba de visualizar generaciones presentes y pasadas, ensombrecidas por los cuatro jinetes del Apocalipsis: los niños que mueren de hambre, o que se quedan huérfanos en la guerra, los prisioneros en campos de concentración, los desplazados y todos aquellos supervivientes que vivieron para contar que, pese a todo, pasó. Llegó un tiempo nuevo, una oportunidad de vivir regalada sólo a unos cuantos.

Heme aquí de nueva cuenta, sintiéndome como una superviviente, un tanto más extrañamente fortalecida; una nueva maría en paz, distinta a la que existía hace poco más de dos semanas.

sábado, 18 de abril de 2009

olvido-recuerdo



Para Ale de la Puente


(Texto leído en la presentación del proyecto artístico olvido-recuerdo, el día de hoy en Casa Refugio)

En una de las páginas iniciales del libro que resume el proyecto “olvido-recuerdo”, Ale dice de Robert Stewart: “Son pocas las personas con las que me bastan veinte minutos para darme cuenta que puedo llegar a quererlas y que la relación con ellas podría ser larga.” A mí me pasó lo mismo con Ale cuando la conocí. Nos habíamos visto una o dos veces sin cruzar prácticamente palabra hasta que llegó como invitada añadida a una comida de celebración de mi cumpleaños. Fueron suficientes cinco, diez o quince minutos para quererla para siempre. Y aunque resulte muy cursi comenzar esta presentación así, me tomo la libertad pues este proyecto, probablemente sin una clara intención previa de esta naturaleza, está conformado de eso: de un gran amor por la vida reflejado a través de la visión particular de Ale de la Puente y de Robert Stewart, a mi manera de ver, no sólo hipnotista, herramienta primigenia, el colaborador más cercano, el observador que afecta al observado, sino también cocreador de este proyecto, en donde el arte tan sólo se vuelve el aparato mediador para abordar un sinfín de elementos entre los que destaco algunos, a continuación.

Me gustaría referirme a un par de cosas que considero importantes subrayar. Conocía de manera un tanto superficial la obsesión de Ale por los juegos de palabras. Juegos que, de pronto, se convierten en enrevesados poemas. Ayer, al intentar estructurar un guión de presentación, recordé los juegos de palabras que hiciera Walter Benjamin. Las llamadas “Constelaciones”, que no son más que una geografía, o bien, una topografía del pensamiento humano. Benjamin, aunque pensador o filósofo –como lo queramos llamar, el título siempre le quedará corto–, era también un artista desde mi muy particular punto de vista. Para él era igualmente importante lo que se decía que el espacio que circundaban sus palabras: las proporciones, la arquitectura de la página. Además del sentido de los escritos, existía la necesidad de crear algo para que el ojo lo viera. La correlación espacial entre unos y otros párrafos dispuestos de cierta manera, genera distintas relaciones. Se intuye que, para ciertos textos, como el ensayo que hiciera sobre el escritor y periodista Karl Krauss, Benjamin escribió esta suerte de objetos lingüísticos que recuerdan los caligramas de Apollinaire, bajo el influjo de la mescalina. Cierto o no, no es relevante. Lo realmente relevante es que estas figuras diagramáticas que a veces guardan similaridades con las rosas de los vientos y sus múltiples direcciones cardinales, desfloradas a veces en 16 que, a su vez, se dividen en 32 direcciones, son para Benjamin la detonación del espíritu, la destrucción del lenguaje como hasta entonces había sido abordado.

Ale intenta esta suerte de juego a partir del siguiente esquema lingüístico, semilla de este proyecto, de donde sólo mencionaré algunas posibilidades de entre las posibles seis combinaciones:

Aislar el ego / aceptar el tiempo y el espacio / incluir el lenguaje
Aceptar el ego / incluir el tiempo y el espacio / aislar el lenguaje
Incluir el ego / aislar el tiempo y el espacio / aceptar el lenguaje

Igual que Benjamin, Ale somete el lenguaje, explota las múltiples capacidades de evocar un sentido al tiempo que lo constriñe. Benjamin hablaba de una relación singular con las palabras muy similar a la que se tiene con un amor platónico: “Cuanto más te acercas a una palabra, más distancia toma de ti. De ahí la necesidad de dedicación, de devoción a ella.”

En este caso, Ale no decidió ingerir mezcalina mas sí imbuirse en un proceso hipnótico que le llevó varias sesiones en virtud de la premisa “Nuestra ilusión de tiempo es construida dentro del lenguaje mismo. Necesitamos una nueva”. Si la conciencia se vuelve nuestra frontera de relación, habrá que sortearla. Pero ¿qué sucede cuando, avanzado el proceso hipnótico trazado por ambos –Ale y Robert– se pierde el rumbo, aparece el gran fantasma temido por todos: la desorientación? Dice Ale: “En un mundo finito ante nuestros sentidos, la desorientación surge frente a la imposibilidad de explicar una experiencia en términos de nuestro discernir” No hay lenguaje posible, en este punto, capaz de desentrañar lo vivido-no vivido. Y aquí, el “hubiera” surge como conjugación deseada mas imposible: Bien sabemos todos que el hubiera no existe. Ale se pregunta: ¿En qué momento el ser humano pudo expresar “hubiera”? “Hubiera aventado una piedra antes de entrar a la cueva” ¿será en aquel momento prehistórico en que el hombre quiso conjurar por primera vez esa alternativa de pensamiento o de acción? Pasado imperfecto, futuro imperfecto. Dice Ale: “El ‘hubiera’, el pasado imperfecto, tiene su relación con la memoria, en ese tiempo hacemos presente la imposibilidad misma de hacer presente el pasado” ¿Cuántas veces a lo largo de este proyecto, tanto Robert como Ale se preguntaron por el “hubiera”? Y me refiero, concretamente al momento en que, en apariencia, se pierde la brújula. ¿Y si olvidara recordar?, recuérdame recordarte. Hubiera recordado olvidar que recordaría. Olvidaré que recordando habría olvidado aún recordar que olvidaría.” Es en el momento cuando Ale se enfrenta por primera vez a contemplar los registros en video de las sesiones hipnóticas y declara: “dejé de ser yo para ser ella”. Y recordar olvidar lo convierte en un olvidar recordar.

Al leer este proyecto, recordé una de las obras de Rebecca Solnit: “A field guide to getting lost”, (Una guía para perderse). ¿Y cuál es el sentido de perder el rumbo en la vida de un ser humano? El sentido radica en recuperar el valor de la vida misma. Dice Solnit: Las cosas que queremos son transformativas y no sabemos o sólo pensamos que sabemos qué hay del otro lado de esa transformación. Amor, sabiduría, gracia, inspiración, ¿cómo hacer para encontrar dichas cosas que estarán al alcance, de cierta manera, al extender los límites de uno mismo dentro del territorio desconocido –la terra incognita– para devenir y convertirse en una mejor persona? Solnit encuentra que es en el trabajo del artista donde existe la posibilidad de abrir puertas para lograrlo. En la ciencia también: Robert Oppenheimer, el físico que dirigió el Proyecto Manhattan señaló, “la vida siempre está al margen del misterio, la frontera de lo desconocido”. Ciertos artistas y científicos transforman lo desconocido en lo conocido, arrastrándose hacia los confines de las profundidades como pescadores, siendo capaces de sacarnos de ese oscuro y abrupto océano.

Solnit recuerda, asimismo, lo que es “perderse” para Walter Benjamin. “Perderse, una rendición voluptuosa, perdido en tus brazos, perdido en el mundo, totalmente inmerso en lo que está presente de tal forma que el derredor se desvanece. En los términos de Benjamin, estar perdido es estar completamente presente, y estar completamente presente es ser capaz de ser en medio de la incertidumbre y el misterio.
Perderse nos remite a la posibilidad de explorar. Solnit repara en las deambulaciones infantiles como la primera posibilidad de desarrollar confianza en uno mismo; un sentido de dirección al tiempo que de aventura e imaginación. La voluntad de explorar y sentirse un poco perdido para luego encontrar el regreso o la salida. Solnit se pregunta sobre lo que le depara a esta nueva generación infantil que vive una especie de arresto domiciliario, pues ¿en dónde obtendrá la oportunidad de adiestrar este potencial humano, inherente en nosotros desde el tiempo de las cavernas?

Ale, una niña irredenta, sabe bien lo que Solnit afirma puesto que lo vivió. Finalmente la clave para la supervivencia es saber, de alguna manera, que estamos perdidos. La cuestión radicará en cómo decidamos perdernos ya que no haberse perdido implica no haber vivido. No saber perderse te lleva no a la conservación sino a la destrucción. Y en algún lugar de la terra incognita, descansa una vida de descubrimientos. Como Solnit afirma y como Ale comprueba en este proyecto, “Perderse es el principio de encontrar el propio camino o encontrar un camino análogo en virtud de las múltiples posibilidades que hay de estar perdido.” Hasta no haber perdido el mundo es que nos encontramos a nosotros y nos damos cuenta de la infinita extensión de nuestras relaciones. Solnit recuerda un pasaje de Virginia Woolf: “Por ahora no necesita pensar en nadie. Puede ser ella por ella misma. Y desde entonces, es que ella siente la necesidad de pensar; o más bien, ni siquiera de pensar sino de estar en silencio; de estar sola. En ciertos textos de Virginia Woolf, se emprende la aventura del viajero a la búsqueda, conquista o recuperación de sí mismo, la Itaca de Kavafis, sólo que en este caso, el viaje no es geográfico sino metafórico. Comienza y termina aquí, en solitario, al sacudir los grilletes, liberándonos así de los mismos. Perder el control. El arte de perderlo no radica precisamente en olvidar sino en dejar ir. Y cuando todo lo demás se ha ido, se puede ser rico dentro de la pérdida.

Solnit divide esta guía en capítulos, de los cuales, cuatro se llaman “El azul de la distancia”: el color de los límites y las profundidades, presentes en el cielo y en el océano: agua, cielo, melancolía, la distancia hacia el horizonte, la belleza del mundo, las páginas en las que Ale pierde el control y se deja ir. El color donde no estamos. Y, asimismo, recuerda las aventuras de Cabeza de Vaca que se perdió, forjando un mundo propio y recuperándose a sí mismo. Recuerda también el International Klein Blue patentado por Yves Klein con el que pinta en 1957 un mundo sin divisiones entre países, sin tierras ni océanos aparentes, una terra incognita inconquistable y, a la vez, un acto feroz de misticismo en el que Klein nos recuerda la pérdida de objetualidad de la obra de arte misma como también lo hace Tony Smith en los cincuenta y Ale de la Puente ahora: la experiencia como obra de arte, ese punto inmaterial, Zen, azul al que Klein invocó.

Para finalizar, en uno de los apartados del proyecto, se incluyen los intercambios vía e-mail entre Luis Felipe Ortega y Ale. Luis Felipe le pregunta: “A propósito de la gravedad ¿Qué hacemos para restarle peso a las cosas? ¿Cómo podríamos hacerlas ligeras? Pienso en la escala, pienso en hojas blancas que se comunican por el trazo de un lápiz.”

“La realidad en su gravedad tan plana, tan tensa de gravedad…buscar nuevos horizontes ligeros…donde lo ligero no implica la carencia de importancia ni la carencia en sí misma, sino aquel estado ligero donde lo “grave”, la gravedad, tan sólo se entiende porque en algún momento habrá dejado de existir…Es ahí, ese momento y ese espacio donde la posibilidad del entender se transforma en el sentir.”

La gravedad me recordó a Simone Weil, la mística que murió de hambre, se sacrificó y sufrió por todos los sufrimientos del mundo y combatió todas las injusticias de la Tierra en carne propia. Una secuela lógica aunque difícil de entender, de transmutar su amor a la belleza del mundo. ¿Qué dice y, a la vez, recomienda Simone Weil? Todos los movimientos naturales del alma se rigen por leyes análogas a las de la gravedad física. La única excepción la constituye la gracia. Ella confía en lo que llama “una actitud suplicante”: “Necesariamente debo dirigirme hacia algo que no sea yo misma, puesto que de lo que se trata es de liberarse a uno mismo. Aceptar el vacío. No ejercer todo el poder de que se dispone es soportar el vacío. Lo de aceptar un vacío en sí mismo es sobrenatural ¿dónde hallar la energía para un acto de contrapartida? La energía ha de venir de otra parte. Y sin embargo, primero ha de producirse un desgarro, algo de índole desesperada; primero ha de producirse un vacío. Desear en vacío, desear sin anhelo. Separar nuestro deseo de todos los bienes, y esperar. La experiencia enseña que dicha espera es fructífera. Se adquiere entonces el bien absoluto.” O como señala Ale: “El dolor es. Se puede vivir en el tiempo o en el espacio. Si se vive en el tiempo habrá que esperar a que el tiempo fluya. Si se vive en el espacio, habrá que moverse de ahí. El dolor es. El sufrimiento es su prolongación, por gusto. Volviendo a Weil: Un vacío que está más lleno que todos los llenos.

El proyecto fraguado por Robert y Ale, además de ser la historia de una relación, termina por ser el producto del amor. Para quienes eso despierte su curiosidad, tendrán sólo que leerlo. Desearán ser hipnotizados por Robert, ver las hojas de los árboles más verdes, escuchar la música inscrita en su movimiento al ritmo del viento. Se darán cuenta de la radical diferencia que existe entre amar y ser amado y terminarán por coincidir con estos dos autores: bien vale la pena tratar de llegar a tener una semana como la de Ale en la que amaba todo y a todos, mas por trabajo propio, por decisión propia.

Simone Weil dice: “Sólo la privación hace que sienta la necesidad. Un único remedio para ello: una clorofila que permitiera alimentarse de luz.” Y nos recuerda: “No hay más que un defecto: carecer de la facultad de alimentarse de luz.”


Tlalpan, 18 de abril, 2009.

viernes, 6 de marzo de 2009

Justicia



1.

El lunes fui a una sucursal bancaria del otro lado de la ciudad para recoger los documentos que finiquitaban el pago de un préstamo a tres años. Llegué con la ejecutiva bancaria a las 8:30 a.m. quien me dijo que desde el 2006, año en que solicité el préstamo, se dejaron de extender pagarés a los deudores. La deuda estaba liquidada. Lo único que me dio en garantía fue una impresión de la pantalla donde se lee “Cuenta cancelada”.

Para obtener dicho préstamo, tuve también que comprometerme a pagar un seguro de vida durante este lapso. Le expresé a la ejecutiva mi interés en revocarlo. Ella me turnó a la línea del banco encargada de promover estos productos para dar cuenta de mi cancelación. Tras varios minutos de espera, en los que escuchaba la monótona grabación “Todos nuestros ejecutivos se encuentran ocupados, espere un momento por favor”, me responde una voz femenina que me pide unas claves al tiempo que indaga la razón por la que deseo rescindir el servicio. Le explico lo ya referido. Un extraño proceso de convencimiento se despliega al hablarme de las bondades del seguro por tan sólo una cantidad mensual irrisoria si se la compara con sus beneficios. A punto estaba de desistir de mi empresa cuando la voz femenina me dice que, en virtud de haber saldado la cuenta de forma oportuna durante más de dos años –en realidad, el banco la descontaba a la par del préstamo, sin preguntarme si me parecía o no–, me he hecho sujeto de una nueva cláusula: la del suicidio. Eso quiere decir que si decido atentar contra mi vida y tengo éxito, el seguro ampararía a mis beneficiarios con una cantidad fija depositada a lo largo de treinta meses. Decliné la oferta, sin lugar a dudas, aunque en el inter recorrí distintas formas accidentales y no-accidentales de morir, hospitales, ambulancias, paramédicos, médicos forenses y velatorios. Me sentí de pronto tan vulnerable. En mi código de barras no aparecían las leyendas “irrompible” o “inoxidable”.

2.

En el sitio donde suelo correr, una loca se aparece por lo menos una vez a la semana. Esta loca es, como muchos de los locos que merodean las calles y otros espacios públicos, una loca bastante cuerda. Se viste de manera estrafalaria –mallas de colores debajo de medias negras de red, prendas fosforescentes e incombinables– y mientras se ejercita, despotrica en contra del mundo. Vocifera hacia su público que a veces la escucha y otras la ignora. Critica a los güeritos y güeritas alzados, a los que manejan Hummers y a las que tienen casa en el Pedregal o en Las Lomas; a los "licenciados", como ella los nombra de forma sardónica, y a los políticos. Hay días en que la loca amanece más enojada que de costumbre. Grita más fuerte para que todos la escuchen, hace aspavientos con los brazos. Una mañana, mientras hacía mis ejercicios de estiramiento a su lado, susurró en mi oreja izquierda: “Me cagan las ñoras”.

La loca se ha vuelto un personaje reconocible de la pista de trote. Uno a quien la mayor parte evade mientras otros tantos se burlan de ella. Una loca que es chocante para todos aquellos que se reconocen en sus supuestas calumnias. Escucho a la loca que se ha vuelto el eco de lo que pasa por nuestra mente. Digo que es bastante cuerda pues sólo se deben tener dos dedos de frente para entender que el discurso de quien es considerada una desequilibrada, habla de la injusticia, la corrupción, la maldad, la superficialidad y nuestra indiferencia colectiva ante ello.

Al menos dos veces por semana, abandono la pista y subo al cerro. Dejo atrás el ruido externo y me conecto con el propio. Mi acto de transmutación es transpirarlo en las subidas cuyo horizonte no se vislumbra, en las que las pisadas me fallan y el movimiento de la cadera se vuelve más lento. Es, generalmente, el momento en el que exorcizo mis demonios, cuando recuerdo los acuerdos contractuales y los tácitos, aquellos que ya expiraron, otros cuya fecha de caducidad desconozco, si su fin está a la vuelta de la siguiente curva o me acompañarán hasta el día en que deje de existir; los que deseo que permanezcan, los que no están bajo mi control. No tengo las agallas de la loca para acompañarla en su denuncia. Tampoco creo que tendré jamás las agallas para hacer uso de la cláusula que mencionó la voz femenina por el teléfono. Por suerte, las cosas tampoco han estado así de oscuras. Yo sólo corro la mayoría de los días. Cada que la vida no irrumpe con lo impredecible, subo al cerro o doy vueltas al circuito lo más rápido que me es posible. Esa se ha vuelto mi propia suerte de catarsis.

3.

A la medianoche del martes sonó el teléfono. Era mi hermano menor desde el hospital para avisarme que habían llevado a mi madre luego de dos días de malestares intermitentes. A las dos horas llama mi otro hermano para avisarme que mi madre ingresaría al quirófano al amanecer del miércoles. Los médicos tan sólo alcanzaban a decir que se trataba de un cuadro delicado dada su edad; una apendicitis que ya podría haberse tornado en peritonitis o en una implosión de un divertículo intestinal. Duermo mal en la noche que se suponía estaba destinada para recuperarme de las dos noches anteriores en las que tampoco pude dormir. La mañana me sorprendió insomne. Dejé a los niños en el colegio. En el camino al hospital recordé mi extraña cita bancaria. Para cancelar el seguro de vida, me pedían una serie de respuestas clave como mi fecha de nacimiento, la dirección a la que llegaba mi cuenta, el nombre de mis beneficiarios. En esta última, tardé en responder. Reflexioné en voz alta mientras la voz femenina me escuchaba del otro lado. Descarté la posibilidad de que aparecieran mis hijos como los acreedores al ser menores de edad. Mencioné el nombre de su padre. La voz femenina me respondió que no, que hiciera memoria. Pronuncié entonces el nombre de mi madre y así, pude cancelar el contrato.

La miro ahora, rendida en su cama ortopédica, con mil años encima. Acaricio su blanda mano y contemplo en sus pliegues, las primeras pecas que anuncian la vejez.

PS: Hubo un día en que la loca amaneció iluminada. Extrañamente, vestía de negro. Se colgó de un barrote y permaneció cual chango con la cabeza vuelta hacia el piso. Conversaba con Dios murmurando casi en silencio. Le preguntaba sí, sobre la injusticia, sobre el hambre, sobre el afán de respuestas no concedidas, pero lo hacía de una manera distinta, intentando apaciguar el ruido interno para reconocer al menos un eco. También le recordaba y le agradecía a Dios, lo mucho que la quería, lo feliz que se sentía cuando, como en aquel día, los rayos del sol la alcanzaban.

domingo, 1 de marzo de 2009

Las palabras de Stefan



Esta pequeña historia tuvo su inicio el día de mi último cumpleaños. Sin embargo, deriva de otra leída, admirada y añorada por mí y por otros. Entre otros grandes regalos que D. me hizo el pasado veintitrés de noviembre, encabeza la lista el archivo de Walter Benjamin. No voy a extenderme para hablar de lo que muchos ya conocen. Tampoco mencionaré sus textos capitales ni haré una apología sobre ellos. Sostengo este libro entre mis manos hace poco más de tres meses cada vez que esta vertiginosa vida lo permite y, cada vez que lo abro también, reitero las bases de esta fascinación.

Benjamin, como todos los grandes pensadores, era un hombre seducido por cada manifestación de la vida atisbada en los eventos y objetos más triviales. De ellos, era capaz de desplegar su sentido de trascendencia por recóndito que se antojara. Apto como sólo pocos para lograr desatar reflexiones filosóficas a partir de un juguete ruso de fabricación artesanal o de una caminata cotidiana por una de las calles aledañas a su domicilio. Los diagramas que bosquejaba en cualquier pedazo de papel revelan el zigzagueo de sus pensamientos, las ramificaciones y los conjuntos que devienen, a veces, de enunciar una solitaria palabra --dicho sea de paso, Constelaciones se titula el capítulo dedicado a reflejar sus formas gráficas de pensamiento. Las notas que sobre las notas hace Benjamin, se vuelven escritura nimiada, críptica, al punto de ser casi indescifrables.

Otro de los capítulos del libro muestra el particular encanto que Benjamin experimentaba ante las construcciones linguísticas de su hijo Stefan. Benjamin hizo un registro escrito desde sus primeros balbuceos coherentes. Leerlos es presenciar tanto la evolución del pensamiento infantil como la del propio ser humano; es adentrarse en un juego que despierta la memoria de las escasas células madre que llevamos más que atadas al cuerpo, esas que se resisten a morir y que nos acompañan desde nuestro grito primigenio volcado entre las cuatro paredes de un cuarto de hospital, la presencia de un doctor o una partera, algunos asistentes y nuestra madre --a veces, nuestro padre--como sus únicos testigos. En dichas notas, Benjamin distingue las pequeñas grandes apreciaciones, de elucubraciones cada vez más complejas que Stefan hace conforme crece.

A esta serie de notas, Benjamin las llamó Opinions et Pensées. Cito a continuación, las referencias del propio compilador:

Benjamin's reference to his son´s "opinions et pensées", as if he were a famous and celebrated person, is not with irony --it appears to be a parodic quotation of book titles such as, for example, Lessing's Thought and Opinions, Michel de Montaigne's Thought and Opinions on All Manner of Things, Vie, Opinions et pensées de Lazare Camot, l'organisateur de la victoire or Opinions, pensées, maxims extraites des ouvrages de Louis-Napoleón Bonaparte. But Benjamin does not use "opinions et pensées" simply ironically. The notes on Stefan do not merely detail light-hearted nonsense, linguistic curiosities, and playful oddities. Irrespective of all the amusement that this words must have provided for the father, Benjamin was serious (...) Stefan´s expressions were for him the speaking proof of the child´s world picture, thought and knowledge.


Cito también algunas de las frases enunciadas por el propio Stefan cuando niño, rescatadas por su padre:

Fiffty Maks a crown (Price description, bound up with the idea of being "expensive")

Thirteen (price description, tied up with the idea --not expensive)

When Dora told him a story about a little mimi (or small children) and said: "Then they went into a garden and there were lots of Berli podots and then they were very happy," Stefan says: "Not, only a little."

We were away from the house --this was after several days in which I had pressed very strongly for peace in the apartment because of some work I was doing --he is alone in the kitchen with Grete. He says: "Grete be very quiet. He must do his work now. Very quiet." With that he ascends the dark staircase, opens both doors and goes into his dark room. When Grete comes after him some time later, she sees him standing quiet still in the darkness. He says: "Grete do not disturb him. He really has to work."

To children, who are in a strange garden calling for "mommy," he says, while he is with her mother: "But children what are you thinking, Steffe is still with a mommy."

In the strongly yellow light that accompanies storms the sun's rays reflected on the path. Stefan said: the sun has painted the ground.

When I went into the room to insist that he be quiet, he says loudly, after I left again: "The bird there (or: the bear) always comes in the room. The bird should not come in there. It is my room. The room will be spoilt. The whole room spoilt. I also shouldn't be disturbd, I have work too."

Dora: Do you not like Aunt Mia (the kindergarten teacher) at all. But she is so good. Why do you not like her? Stefan: I don't like her, because I don't like going to kindergarten.

He called condensed milk "white jam."

"Potatoes" [kartoffel] he calls his own little bones [knöchel] and offered them up to be eaten.

Is there much enough snow?

Stefan entered a room while Dora was crying. He saw tears on her face. He says: "It's raining here in the room --the little angels must have poured out water up above, to make it rain in the room."

Mumm, what have I got in my foot? "Flesh and bones" How do the bones get into my foot? "They grew there" And I ate the flesh.

"Mummy, tell me a story." Oh, but I don't feel like it right now. "Oh go on, tell one, I feel like it." Well then, you tell one? "No--but--there--I have just thrown the feeling into your mouth--now you tell it."

"You flies don't bite people. People are not there for biting. They are there for living but not for biting."

He comes up from the garden, rings the bell, but has to wait for quite a long time. When Dora then open the door, he says: "Yes yes that what is like with stupid people. Yes yes that's what it is like with stupid people. First they are good and then they don´t open the door."

Más de una vez me he preguntado con D. qué habría sido de Benjamin si hubiera podido franquear con vida la frontera en Portbou, ¿qué otras obras hubiera escrito? Las imágenes mentales que uno se hace respecto a su muerte son arrebatadoras, dramáticas. No sé qué tan ficticias, exageradas o artificiales son las que mi mente construye en torno a ese triste suceso. Yo, al menos, imagino esa maleta llena de los legajos que Benjamin guardó con el mayor de los celos durante su tortuoso recorrido por los Montes Pirineos repletos de nieve, arribar a Portbou rumbo a lo que se suponía su liberación final y volar la alambrada (un producto ficticio más que mi mente también construye, no lo sé), para ir a parar a manos de otro hombre que pudo, a su vez, entregarlo a otro hombre y así sucesivamente, formando la intrincada red que contribuyó a preservar su pensamiento y que hoy nos llega en bellos libros de pasta dura (y aquí, recuerdo una reciente confesión que bien puede ser un homenaje póstumo para Benjamin. P. me platicaba que existía un personaje en la Facultad de Filosofía y Letras encargado de fotocopiar y empastar con la mayor delicadeza posible, la reciente traducción al español de Das Passagen-Werk por Akal y, permitir así, que sus estudiantes-admiradores pudieran acceder a una versión acorde con el tamaño de sus bolsillos).

Leí el capítulo Opinions et Pensées y otra dimensión más de Benjamin me fue ofrecida. Más que la del padre, la del hombre enamorado de la vida y sus misterios. No sé si a quienes lean esto les gusten o no los niños. Una vez que logro abatir el estrés, el cansancio, la casi permanente falta de tiempo, las urgencias y las necesidades, el futuro apremiante, soy capaz de poner en práctica eso: mirarlos a los ojos, entrar en su propio misterio, comenzar a jugar...

Me gustan los niños pero más me gustan los hombres que los admiran. Los que son capaces de volverse, a su vez, niños con ellos; de entablar una conversación que abre puertas al universo. Hace unos días, a punto de acostar a los míos, me extasié al contemplar la siguiente escena: Guido y Tomás deleitados, alucinados con D., quien les había construido una historia sobre la vida reciente de nuestro gato; una historia que resultaba ser un símil de la vida escolar de los humanos sólo que traducida en las miniaventuras felinas de Joe. Guido y Tomás entraron de lleno al juego, inventaron más aventuras que luego eran completadas por otras ocurrencias que D. añadía sin cesar. El juego duró varios días, cada vez que Guido y Tomás lo traían, de nuevo, a su infantil memoria. Fue, para mí, de los momentos más felices de mi reciente vida.

domingo, 22 de febrero de 2009

Tábula rasa




En recientes fechas y a raíz de la polémica inauguración del MUAC, se ha desatado un embate que pretende ser, ante todo, intelectual, pero que tan sólo refleja la pobreza cultural de nuestra sociedad. Más allá de la discusión tras bambalinas en los pasillos del resto de los museos que la UNAM cobija y que vieron en este nuevo proyecto el desahucio presupuestal que bien podría haber sido repartido entre el Chopo, la Casa del Lago, Universum, el Museo de la Luz y otros; más allá de la mordaz aunque siempre endeble crítica de un sector que se dice "especializado" y que no es más que la rapiña periodística de medios masivos que detentan su "carácter crítico" y que vieron en los números financieros y patrocinios detrás del proyecto museal un juego añejo, molesto y siempre efectivo en aquellos que gozan al leer cifras y poderes comprometidos para con la que se precia de ser nuestra máxima casa de estudios; más allá de si el espíritu creativo de Teodoro González de León se ha visto disminuido, si copió o no la carcaza de un museo japonés, si el bestial edificio rompe de manera abrupta, o bien, se inscribe dentro del modelo arquitectónico proyectado y armado por Pani, del Moral, O´Gorman y García Ramos, entre otros (y a todos los puntos anteriores, habría que sumar esta cruda guerra subterránea que el poder neoliberal mantiene con la UNAM hace varias décadas), yo festejo la articulación de semejante proyecto.

Me precio todavía de no perder la fe cuando una universidad, con los problemas bestiales que todos conocemos, es capaz de erigir, bajo la dirección de una mujer por demás experimentada en la historia museística y de la gestión cultural reciente en México, un museo que, además de ser escandalosamente contemporáneo es, además, universitario. Si la UNAM, representada por De la Fuente, gestor del proyecto en sus inicios de la mano de Graciela de la Torre, debió de emprender la estrategia de manera distinta, podría ser el tema de otra entrada. Lo único que acotaré al respecto es que sólo alguien como De la Torre podría haber sido capaz de procurar los fondos necesarios dentro de los intrincados estatutos legales de la UNAM en un tiempo que, aunque fue numerosas veces postergado, se antoja milagroso. Y aquí, recuerdo el número de años que el departamento legal se tardó en revisar un acuerdo celebrado con Hewlett Packard tan sólo para insertar un equipo abierto al público en Universum, patrocinado por la anterior firma: más de ocho años para dos metros cuadrados.

Independientemente de las aristas ya citadas, este amplio sector de detractores obtuvo en Cantos Cívicos, la pieza de Miguel Ventura, la cereza del pastel. Una pieza que, en mi muy particular punto de vista, no destaca dentro del promontorio actual de obras provocadoras de las buenas conciencias -coincido con una opinión reciente al respecto: "esta pieza no es más que una versión extra light de cualquiera de las obras de Thomas Hirschhorn"-; una pieza que, para quienes conocen la obra de Ventura, tan sólo se suma al común de las obras creadas por él mismo, iconográfica, formal y discursivamente hablando. El día que asistí a conocerla, me pareció interesante, puedo decir que hasta me divirtió, pero no me percaté de las omisiones que tanto han servido a los detractores y que se relacionan con el Holocausto judío o ciertas prácticas antisemitas; tampoco sentí resquemor en quienes como yo, se sumaban a explorar las entrañas de este laberinto multiforme. (Salí devastada, eso sí, de la pieza de Hirschhorn en el Museo Tamayo, al tiempo que me pareció inmejorable por su resolución. La sensación y las reflexiones que de esa experiencia se desprendieron, duraron los mismos días -más de cuatro, al menos- que lo que me duró el trauma luego de ver el remake norteamericano de Funny Games de Michael Haneke en una pequeña sala de cine habilitada para la prensa).

Ahora tan sólo elucubro lo que estos supuestos intelectuales y "periodistas especializados" opinarán del pabellón mexicano y la obra de Teresa Margolles en la futura edición de la Bienal de Venecia. Pero no, supongo que muchos de ellos ni la conocen como tampoco saben del antaño colectivo SEMEFO al que la artista pertenecía. Ellos que se precian de saber tanto de letras y artes contemporáneas como de política -y me refiero concretamente a las desafortunadas plumas de Enrique Krauze, Soledad Loaeza, Leo Zuckerman, Isabel Turrent y otros supuestos periodistas de mucha menor ralea que ni vale la pena mencionar-, en su vida habían oído mencionar el nombre "Miguel Ventura" durante sus comidas de negocios, en sus escritorios, en sus juntas de redacción. El nombre de un artista con una amplia, amplísima trayectoria dentro del arte contemporáneo no sólo a nivel nacional, con un estilo por demás fácil de identificar y una retórica presente tanto en Cantos cívicos como en el corpus general de su obra, misma que plantea sus inquietudes particulares respecto a los estereotipos de la cultura global y las parodias que de ellos hace, como también de la hegemonía social tradicional de este lado del mundo; hegemonía que se disuelve por segundos pero cuyo disfraz delira aún y se vuelve fácilmente identificable en eventos católicos en torno a los más altos valores familiares, organizados por los altos jerarcas de la iglesia e inaugurados por el más alto jerarca del estado.

Vuelvo a la Bienal de Venecia. Difícilmente creo que Krauze o Loaeza o Turrent destinarán, de menos, un párrafo para desarmar lo que muchos consideran feo, vago, insidioso. Algo que está tan lejos del culto al arte dieciochesco (decir decimonónico sería muy avant-garde para ellos) tan lleno de virtuosismo y artificio: el mismo artificio que enmarca sus vidas en una burbuja que es, por supuesto, ajena a las muertas de Juárez, los vendedores ambulantes y los campesinos muertos de hambre al interior del país. Ellos quisieran ver en el Centro Histórico, el downtown a la Manhattan que Slim nos prepara hace años, cuanto antes. El subempleo y la explotación son cuestiones menores pues, como a Calderón, no les imputa responsabilidad social ni cívica alguna. Con que se viera limpio ya estarían felices, sus buenas conciencias descansarían.

¿Por qué les afectó tanto la obra de Ventura? Porque ellos sí nos recuerdan el Holocausto en sus textos pero no levantan su indignación ante el genocidio palestino. Representan a los descendientes que, pese a ser los sobrevivientes de un momento histórico deplorable, padecen de amnesia histórica y ahora ostentan altos cargos en las empresas e instituciones que día con día, nos hacen más pobres y más ignorantes. Forman parte de la desgraciada camarilla encargada de desviar los ojos y oídos de una sociedad por demás apática y réproba a discusiones que, a mi gusto, no tienen la mayor trascendencia y se alejan de los problemas reales por los que habría que tomar partido aquí, frente a nuestras narices. Bien dice Ventura: "Mientras en Copenhague o en Estocolmo se hacen exposiciones minimalistas maravillosas, en Irak están cortando cabezas. Eso es perversión, yo no." Dicha camarilla todavía pretende orientar, con sus probadas medidas patriarcales, a los directivos del MUAC respecto a si la pieza genera lagunas históricas en quienes la vean y desconozcan los episodios de la historia mundial a los que "Cantos cívicos" hace referencia.

Para finalizar, me sorprendió, por fortuna, que Teresa del Conde hablara en términos muy claros, sin la pasión trasnochada de los ya citados, sobre la pieza de Ventura mientras que Raquel Tibol nos vuelve a comprobar que es una de las mejores críticas... del Muralismo Mexicano. Lo que es deleznable es esta campaña en contra de las múltiples facetas del arte contemporáneo por feo, por contestatario. En una carta que envié hace algunos meses al suplemento cultural del periódico Milenio, hacía ver mi preocupación respecto a la clase de periodistas que opinan a destajo y que luego son leídos por el posible público de esos museos. La carta, por supuesto, jamás fue publicada, como tampoco lo fueron todos los comentarios bien pensados que muchos enviaron al blog de la redacción de Letras Libres en contra de Krauze y sus huestes.

No cabe más que recordar a Maquiavelo, a Montesquieu, a muchos otros que, de seguro, son sus autores capitales, están en su buró para ser consultados como suerte de oráculos. Puede ser que no nos demos cuenta pero se trata de un desmantelamiento procaz, premeditado, constante y certero de todo aquello que no cabe dentro de una "buena sociedad". Y, sin embargo, el escándalo ocurre ante una pieza que no llamaría menor pero sí común. Y he ahí lo triste: somos una sociedad que no alcanza siquiera a articular una crítica de altura, nos seguimos rompiendo las vestiduras por nada; seguimos siendo aquella que, hace más de una década, irrumpía en el MAM para boicotear la inauguración de una exposición compuesta por Vírgenes de Guadalupe con rostros en forma de balones de futbol.

viernes, 13 de febrero de 2009

Tomás de las Maravillas




A Franky.

Ayer mientras manejaba me acordé del siguiente escrito, el cual escribí hace poco más de tres años. En aquel entonces, la vida me vapuleaba, eso sentía yo hasta que pude quedarme en silencio y escuchar que, detrás del miedo, se encontraba la gran oportunidad de ser quien yo quería ser. Ayer también, alguien me lo volvió a recordar y por eso le dedico el siguiente relato escrito hace poco más de tres años desde el corazón.

Gracias F.

TOMÁS DE LAS MARAVILLAS

El embarazo trajo alas a la cabeza de mi madre. Cuando llevaba 7 meses de ingravidez con mi hermano mayor, mi abuela materna la llevó un domingo a encomendar el fruto de su vientre a la mismísima Basílica de Guadalupe. Mi madre, presa del fervor multitudinario, el olor a incienso y la comezón en el vientre turgente, con todo y que no se consideraba a sí misma, originalmente guadalupana, contectóse a la madre de todos los mexicanos y repitió una vez más el rito nacional por medio del cual unió a mi hermano con todas las generaciones predecesoras, atascadas de hombres y mujeres felices y tristes, mártires y cínicos, sufridores, tequileros, sumisos, libertinos, mariachis y culpígenos mexicanos. En resumen, prometió que si mi hermano nacía con bien, llevaría su nombre. Fue así como mi hermano mayor fue sumergido en la pila bautismal, con el nombre de Guido Guadalupe. Hasta ese momento, mis padres no habían reparado en que el primer nombre de origen teutón, significaba ¨líder¨. Lo encontraron meses después de desvelos, embelesos, pañales y arrullos interminables, en un diccionario de nombres propios. Fue así como a mi padre se le ocurrió también inaugurar el discurso bautismal de su primer hijo, de pie, frente a todos los invitados a la celebración, con la frase categórica: Guido, de quien algún día deseamos se convierta en un líder…un guerrero del amor. Cosa extraña: ¿casualidad quizás, que se juntaran en él, la noción de líder con el nombre, ahora suyo también, de la guía espiritual de todo un país?

En los nombres, diría Jodorowski, no existen las casualidades. Ejemplos de ello en mi familia son varios: Una de mis bisabuelas paternas se llama Esperanza Amelia. Una de mis bisabuelas maternas, viviendo del otro lado del casco terráqueo, fue bautizada en épocas simultáneas, también con el nombre de Amelia. Va otro: Mi abuela materna es chilena y se llama María Angélica. Una tía política de mi padre tuvo a bien, casarse con el tío sanguíneo de mi padre durante una misión diplomática en Santiago de Chile. Fortuito quizá, que fuera chilena y se llamara también, María Angélica. Va un tercero: Mi abuela paterna se llama Eleonora. A mi madre, mi abuelo estuvo a nada de llamarla así, de la misma manera: Eleonora. Pero por común acuerdo con mi abuela materna, la llamaron María Paz. Dice mi madre que en su nombre lleva la paz que le falta. No por nada, de pequeña, el resto de los locatarios del centro comercial donde mis abuelos tuvieron su primera librería, la llamaban María Terremoto…la imagino revoloteando como un torbellino, unas veces rosa, otras veces de mil colores que cambiaban en formas pixeleadas y caleidoscópicas, cruzar el umbral de las puertas de boutiques y cafeterías, ultramarinos y bancos, con la misma facilidad con la que lo hace Guido ahora, más de 30 años después…mi guía y hermano mayor.

Casualidades en los nombres y en la procedencia de las familias que se unieron para darnos vida a nosotros. Un día, mis padres cayeron en la cuenta de que nombraban a los orines humanos de la misma forma. No le decían pipí. Decían pichí. Mi madre rió sorprendida ¿Cómo es que le dices así si eso sólo lo saben los chilenos? Fue así como, adentrándose en los supuestos orígenes de la saga familiar, dieron con los huesos de ancestros paternos que descansan en el nódulo de parte de mi familia paterna: Ometepec Guerrero, ruta de paso rumbo a la fiebre del oro hacia California, donde muchos sureños, entre ellos varios chilenos, hicieron una parada supuestamente intermitente en esas tierras que luego cimbraron con ritmos y bailes nostálgicos que recuerdan a la Cueca pero que en la Costa Chica, los llaman ¨Chilenas¨, en honor a sus importadores. Va el último: Zapata es uno de los apellidos de la familia de mi padre. ¨ Nada tan chileno como un apellido Zapata ¨, exclamó mi abuela chilena al oírlo mentar por primera vez.

A mí me fue mejor con la repartición de nombres. El mío es más poético. Yo me llamo Tomás de las Maravillas con todo y que a mis padres se les olvidó recordarle al padre Carlos, repitiera en la pila bautismal, de la misma manera que lo hiciera dos años atrás, con el nombre de mi hermano Guido Guadalupe. Mi madre volvió a repetir la misma fórmula, esta vez en Puebla, con el vientre hinchado de nuevo y un niño a cuestas: mi hermano. En aquella ocasión, iba toda la familia, como todos los años, en procesión panatenaica, a comprar dulces poblanos a Sta. Clara y llevar a las más viejas de la familia: dos chochas nonagenarias, mi bisabuela Esperanza Amelia y mi tía bisabuela Carmen, a que visitaran al Milagroso Señor de las Maravillas. Mi madre, quizás no tan emocionada como la primera vez en que decidió invocar a los espíritus protectores en medio de una multitud cosmopolita; más movida que conmovida, por el celo de una tradición que ella misma había decidido iniciar; más consciente también, de los mitos que envuelven a la maternidad; tocada en esta ocasión por los apuros económicos, las ojeras y la realidad, que distaban mucho de las primeras tertulias psicoprofilácticas y los ejercicios visuales de ese primer embarazo donde se veía ella, enseñándole a sus hijos, los nombres de las estrellas, los colores jaspeados del horizonte y la lluvia matinal. En esta segunda ocasión mi madre ya sabía lo que era ser madre. Lo que se sentía en ocasiones, cuando se está más enamorada de un hijo que del hombre que se lo hizo y lo triste que era acostarlo, lamentándose de que faltaran tantas horas para verlo amanecer. Pero a la vez, lo corta que se le antojaba su libertad, la cantidad de metal que oía correr, como en los spots de la Lotería Nacional cuando el niño disfrazado de botones, le da la vuelta a la rueda. Y oír cómo esas monedas corrían y corrían en marejadas interminables, puertas afuera de nuestra casa. Decidir dejar el trabajo para quedarse con los hijos pero no tener dinero para comprar un helado en el parque. Tener el coche estacionado afuera porque faltaban escasos días para la quincena, y la gasolina. Tener que fingir demencia o temprana senilidad postparto ante los avisos de la educadora pues a mi hermano, hacía semanas que los zapatos le apretaban… Ir cada 15 días al pediatra. Y sin embargo, el milagro de la vida decidió repetirse. Mi madre fue tan valiente como para con todo y avisorar unos pocos años de premuras, pedirle a mi padre la embarazara de nuevo, ¨justo para que se llevaran dos años exactos¨. Mi hermano y yo nacimos en el mismo mes con dos años y días de diferencia. Fue mera cuestión de cálculo biológico. Mi madre supo sentir el día exacto de ovulación y ese día sucedió. 41 semanas después nací yo: Tomás de las Maravillas. En mi nombre no llevo quizás la fuerza de las hazañas futuras que de mi hermano esperan: ahora luchas con dragones, con enemigos imaginarios, mañana quizás combatir en nombre de una causa… ser el guía. En mí, como mi nombre lo dice, se volvió a repetir la maravilla del milagro; el milagro de la vida que es más fuerte que cualquiera; que cualquier súplica, que cualquier imprecación; que cantidad de legajos tumultuosos acumulados para dar fe a los milagros de tal o cual beato o santo y que son enviados a la Curia Romana para su validación. En mí, se repitió el milagro más grande del hombre.

¿Mi madre? Sigue con las alas puestas en la cabeza y en los ojos, en el corazón y en el alma. A veces no la vemos tanto como quisiéramos pero pasa y nos deja polvo plateado en las manos. Atrás quedaron los años de renuncia y pesares. Ahora es otra nuevecita. La misma pero nuevecita. Le vibran los ojos, le tiemblan de intensidad las manos y entre ella y nosotros pasan constelaciones iridiscentes. Las mismas que prometió nombrarnos cuando nos llevaba en su vientre. Ahora las nombra en silencio, para ella y para nosotros, susurrando quedito, en un lenguaje críptico que sólo ella, yo y mi hermano sabemos descifrar. Mi madre vuela. Se posa de pronto entre los dos, no siempre el tiempo que nosotros quisiéramos pero algún día nosotros volaremos igual y ella no quiere esperarnos desde ahora como toda una lista generacional de mujeres con sueños derribados. La escucho con su risa cantarina, su risa que se vuelve niña. Regresa la María Terremoto, se descubre a sí misma y no olvida quién ha sido desde siempre. Una amiga suya le decía hace tiempo: ¨La gente no cambia, tan sólo se encuera¨. Es ahora mi madre la que se quita los trajes de madre abnegada, de hija responsable, de mujer culpable. A ratos, la asaltan y la quieren volver a tener presa del disfraz. Pero ya no. Mi madre decidió quemarlos y volverlos ceniza.

jueves, 29 de enero de 2009

Ya nada es igual



El pasado lunes leía a Arnold Hauser a propósito de una sesión que debía preparar sobre el arte en el Barroco. En uno de los últimos párrafos del capítulo, el autor cuenta la forma en que el contundente hallazgo de Copérnico al afirmar que nuestro sistema era en sí, heliocéntrico, permeó gran parte de las obras de dicho periodo:

“El hombre se convirtió en un factor pequeño e insignificante en el nuevo mundo desencantado. Pero lo más curioso fue que, ante esta nueva situación, adquirió un sentimiento nuevo de confianza en sí mismo y de orgullo. La conciencia de comprender el Universo, grande, inmenso, implacablemente dominador, de poder calcular sus leyes y con ello de haber vencido a la Naturaleza, se convirtió en fuente de un ilimitado orgullo hasta entonces desconocido (...) Todo el arte del Barroco está lleno de este estremecimiento, del eco de los espacios infinitos y de la correlación de todo el ser. La obra de arte pasa a ser en su totalidad, como organismo unitario y vivificado en todas sus partes, símbolo del Universo. Cada una de estas partes apunta, como los cuerpos celestes, a una relación infinita e ininterrumpida; cada una contiene la ley del todo.”

Como muchos saben, los marcos teóricos de Hauser han sido superados y/o ampliados por sus sucesores. Sin embargo, a pesar del materialismo histórico a veces frío que corre por sus venas, en estos pasajes se adivina una pasión irreflenable al hacer teoría; una postura que va in crescendo hasta ser cerrada por él con bombo y platillo.
"Cada línea conduce la mirada a la lejanía; cada forma movida parece quererse superar a sí misma; cada motivo se encuentra en un estado de tensión y de esfuerzo, como si el artista nunca estuviera completamente seguro de que consigue también expresar efectivamente lo absoluto. Incluso detrás de la tranquilidad de la vida diaria representada por los pintores holandeses se siente la intranquilizadora infinitud, la armonía siempre amenazadora de lo finito."

Ese mismo lunes pensé en el hombre anquilosado en aquella época, sujeto de una gran consternación al verse desprovisto de lo que había sustentado su existencia por siglos. No sólo la institución de la iglesia, antaño intocable, sino también los dogmas teológicos cuestionados por los reformistas, y la ciencia hasta entonces contenida e inamovible, era derrocada en sus preceptos más irrefutables. Aquel hombre promedio era incapaz de vislumbrar qué seguiría. Apabullado quizá, tan sólo alcanzaba a contemplar la virtuosidad de Bernini o la sincera claridad de Vermeer. Con dificultad hubiera imaginado la caída de sistemas económicos, de gobierno y de pensamiento. Menos aún la conquista del espacio, las imágenes de Marte capturadas por un satélite artificial.

Al día siguiente, otro tema nos competía en clase: La prehistoria del arte contemporáneo, presente en los sustratos decimonónicos. A razón de leer las opiniones de curadores respecto a si el arte contemporáneo se rige o no por un determinado marco de reglas, recordé de nuevo los usos y formas prevalecientes en los tiempos de las Bellas Artes. Aquéllas que, como les explico a los alumnos, se escriben en mayúsculas doradas y se exhiben en una marquesina. Recuerdo de forma muy general el sistema de valores que regía la vida de la sociedad del Medioevo o la del Neoclásico y, aunque cliché, me vuelvo a preguntar ¿cuáles son los retos a los que se enfrenta la sociedad actual? (aún cuando muchos de éstos nos los sepamos de memoria). Recordé, asimismo, pasajes de la colección redactada por Georges Duby ¿Cómo podría haberse imaginado el futuro una mujer del antiguo Imperio Romano? Me la imaginaba a ella en contraste con la mujer promedio de la sociedad actual –si es que existe–, ¿cuáles eran sus preocupaciones?, ¿serían las mismas que ahora?, ¿cuáles habrían cambiado y cuáles subsistían como las más importantes?

Mientras transcurren los días de la semana, a la quiebra de los bancos estadounidenses le sigue la de los islandeses y los encabezados de las primeras planas recuerdan el Apocalipsis de San Juan. Nadie hubiese imaginado que el neoliberalismo alcanzó incluso a los grandes carteles del narcotráfico y que ahora se geste una batalla intestina contra los pequeños -"los piratas"- con tal de reorganizar el control del mercado.

En nuestro barrio, un grupo de chicos de la cárcel de menores se amotina. Los menores se quejan tanto de los malos tratos como de las pésimas condiciones del internamiento. Cuando pasamos enfrente del Tutelar, no entendemos el despliegue de seguridad: alrededor de cien granaderos, ambulancias y camiones de bomberos para intentar contener a lo que se cree fue la tercera parte del reformatorio en rebeldía. Eberard anuncia esa misma noche: "Todo bajo control". Sin embargo, pasan los días y un helicóptero policíaco vuela en círculos bajos sobre el techo del edificio mientras mi hijo de nueve años me reclama que ya es hora de que él tenga un perfil en facebook.

¿Alguien me puede decir qué sigue?

lunes, 12 de enero de 2009

Mi Top 10


Hace algunas noches tuve el siguiente sueño: tanto Juan Antonio como Alejandra y yo, acostumbrábamos pasar la noche en los museos de forma clandestina a manera de pasatiempo. Uno de los propósitos de la aventura, era echarnos un Tokaji aunque, en el sueño no se trataba del dulce vino húngaro sino de un “tokaji” de otra clase (¿?). En dicha ocasión, pernoctamos en el Museo Nacional de Antropología e Historia. Por algún motivo, yo conocía al director del museo que, más adelante, sería un importante político. Mientras dormíamos en alguna de las salas a oscuras, un spot de luz se dirigió repentinamente hacia nosotros, dejando al descubierto nuestro presunto delito. En el operativo se encontraban varios policías, otros miembros del personal del museo y el mentado director, quien se dirigía a Alejandra para reprenderla y preguntarle en qué cabeza cabía semejante actividad y cuáles eran las razones que nos llevaban a hacer aquello.

La respuesta de mi amiga A. fue completamente inesperada. En lugar de responder y pedir disculpas como yo esperaba, de pronto A. se posesionó en el papel de una guía para visitantes y comenzó a lanzarle una perorata etnohistórica al director que dejó a todos completamente trastornados. Mi amiga A. lo hacía tan bien y fue tan sorpresiva su respuesta que, de pronto prorrumpí en ruidosas carcajadas a la medianoche. Me desperté y, por supuesto, desperté a D. también, quien no entendía nada. Lo que recuerdo es que no podía parar de reírme. Incluso trataba de volverme a dormir pero, tan pronto volvía la escena a mi cabeza de mi amiga A. poseída por una guía fantasmal del museo, volvía a reír tan fuerte que no recuerdo haberlo hecho nunca con semejante energía.

A la mañana siguiente, recordaba la escena a la perfección. Le pregunté a D. si escuchó mis carcajadas. D. no sólo me dijo que sí sino que mi risa era una distinta a la ordinaria. Sonaba como una risa infantil, totalmente limpia y genuina, sin rastros de contaminación adheridos por el uso de las formas en vigilia, el temor al ridículo u otras convenciones. Tal parecía que la risa se originó, como todo buen sueño, en lo más profundo de mi inconsciente.

Como casi todos los que se jactan de tener sueños vívidos, recuerdo haberme despertado entre gritos y también en medio de sollozos, sudando de miedo, temblando de horror o de desesperación. Rememoro, asimismo, sueños comiquísimos de cuando tenía doce o trece años, pero no recuerdo haberme reído así en todos estos treinta y siete años. Espero que en este nuevo año que comienza, sean muchas las veces en que me despierten las carcajadas.

Probablemente muy tarde, presento mi particular Top 10 a manera de cierre del año. Y digo tarde ya que, debido a numerosas razones, a este blog le ha faltado la debida constancia y actualización. Esperemos que 2009 traiga, entre otras cosas, tiempo de sobra. No quería dejar pasar más tiempo para enumerar, de manera muy personal, la serie de platillos, películas, expos y momentos que hicieron del 2008, un año sin parangón.

Top 10 restaurantes
Este año se coronó con el gusto sibarita de mi bienamado y un par de kilitos que no me he podido quitar tras el enamoramiento (será que sigo en ese mismo estado). Tras ver el video earthlings pude llevar a cabo algo que llevaba pensado hacer durante mucho tiempo, sin mayor esfuerzo: dejar de comer carne a excepción de pescados y mariscos. Muy probablemente, el año pasado sirvió como preámbulo de esta decisión. Para muestra, lo que sigue.

El Pujol:
Para ser sinceros, conocimos este increíble lugar a finales del 2007, dos o tres días antes de que dicho año llegara a su fin. Como cortesía de la casa, nos ofrecieron una quesadilla literalmente líquida, dispuesta en un caballito tequilero donde se acomodaban los sabores en su respectivo lugar: abajo, una capa de tortilla, luego el queso, encima otra capa de tortilla coronada con una espuma de salsa verde. Recuerdo también haber comido una ensalada regada por pétalos de flores, una vinagreta cremosa y unas pequeñas vainas verdes de alguna leguminosa tierna que no alcancé a reconocer, en-su-pun-to. D. pidió unas costillitas de cordero de Nueva Zelanda, montadas en un mole inmejorable, terso al paladar, con el exacto nivel de picor, de chocolate y de especias, que contrastaba de forma excepcional con la carne. Luego del postre y, al final de la cena, nos ofrecieron unas esferas con sabor a manzana verde que, en el momento en que entraban en contacto con la acuosidad bucal, estallaban.
¡Por cierto!, recuerdo que me deben una cena en dicho lugar.
El Malayo: Conocimos este lugar al regreso del viaje de D. a la Argentina. Pequeño y de decoración confortable, siempre que hemos regresado me gusta encontrarme con los pequeños pájaros diseminados en el papel tapiz, como si se hubieran equivocado de rama y hubieran elegido, en su lugar, las cenefas de tan maravilloso lugar. Por fortuna, hemos regresado un par de veces. La atención, siempre de primera. El sahimi del día, el más fresco que puedas encontrar. Los pequeños panes fritos que ofrecen al inicio y cuyos sabores varían, son un milagro. El arroz basmati, en toda su sencillez y su incomparable aroma, un regocijo al alma. Y tienen un postre a base de arroz, leche de coco y, si mal no recuerdo, pasas rubias o acitrón, que he traído a la mente un sinnúmero de veces desde que lo probé. Ojalá y en el 2009 volvamos muchas veces a El Malayo.
China Grill: Gracias al fin de un trabajo bastante mezquino pero, a final de cuentas, con una retribución a cambio para D. y CA, fueron ellos y sus respectivas, a desmitificar las voces y comentarios de este sonado restaurante, uno de los situados en el Hotel Camino Real. Entre tantos otros platillos, pedimos unos dumplings de camarón, un rack de cordero en salsa de ciruela que, literalmente, nos dejó chupándonos los dedos sin temor a las opiniones de los otros comensales. Al finalizar, pedimos varios postres pero el mejor, sin lugar a dudas, fue un sushi bañado en chocolate aunque aquí GM disentiría conmigo pues ella se queda con el pie de queso. El riego de aspersión utilizado a lo largo de toda la degustación fue el mejor de los sakes tibios con aroma de bambú. ¡¡¡Mmmmmmmmmm!!!
El Bajío: definitivamente, el mejor restaurante de comida mexicana en la ciudad. Cada vez que vamos, pedimos casi lo mismo: empanaditas de plátano macho y frijol, gorditas de frijol con hoja de aguacate y de requesón, los tacos de carnitas al estilo Michoacán y los huauzontles en caldillo de jitomate o en chile pasilla. En alguna ocasión, se me ocurrió pedir el mole de olla, el más grande de mi historia. Por supuesto, no me lo pude acabar, pero hay pruebas fotográficas de que lo intenté.

Tandoor: Cuando se encuentren en las inmediaciones de la Anzures y aledañas, vale la pena que visiten este lugar, especializado en cocina hindú y pakistani. Para beber, solicitamos el tradicional Lassi con cardamomo. De entrada y, para acompañar el resto del atasque, pedimos una papadum asada, que es una tostada hecha a base de lentejas y especias además del tradicional arroz blanco basmati, un chapati y un nan, esas clásicas especies de tortillas de harina de trigo hechas al momento. Como si eso no fuera poco, de platos fuertes nos trajeron a la mesa, un Bhuna Mushroom (champiñones asados con especias, receta de la casa), un Aalu Gobhi (plato confeccionado con papas y coliflor en curry picante) y el Bhuna Murga, el pollo especialidad del chef. Finalmente cerramos con kheer, mi versión favorita de postres hechos a base de arroz, con almendras, pistaches y cardamomo.
Al Jamil: con todo y que, a la semana de haberlo conocido, fuimos a El Ehden, me quedo con el primero: hojas de parra rellenas de carnero, falafel y garbanza, el pan con zathar, las lentejas con arroz y el jocoque tradicional. Me gusta más la sazón de este local ya que El Ehden, nada despreciable, tanto en las presentaciones de los platillos como en su confección, me pareció más casero.
Deigo: Había oído hablar mucho de este restaurante hasta que lo conocí en compañía de D. Probablemente el segundo mejor restaurante de comida japonesa de la ciudad: el pescado a la sal, el sushi de anguila de río además de las sopas de fideos orientales son una delicia.

Casos aparte dignos de mencionar: yo conocí el Deigo, el Tandoor y otros muchos más pero D. me debe el haber conocido el mejor restaurante japonés de la ciudad: el Teppanyaki Taro. Se volvió un fanático del lugar, a tal grado que tuvimos una época en que no perdonábamos las cenas de los viernes. Casi siempre pedíamos lo mismo: gyozas de carne, sushi de atún, de anguila y de pasta de cangrejo, una ración más de la pasta fría que te sirven como entrada, sashimi, sukiyaki y tempura de verduras. Si no lo conocen, se están tardando.
Durante el verano, regresamos a la enramada de Doña Nica, en la Playa de Troncones donde están las mejores camaronillas del planeta. Una semana después, descubrimos el mejor pescado a la talla y los camarones a la diabla de una enramada en Pie de la Cuesta. Las pizzas y otras especialidades del Vayma le hicieron un buen contrapeso.
El resto del año me quedé con ganas de pedir los ravioles rellenos de foie gras en salsa de morillas y la entrada de jitomates con mayonesa y huevo duro que pidió I. en Le Bouchon. Pero me quité las ganas con los scones rellenos de arándano de La Lorena, el helado de queso mascarpone bañado con chocolate belga, de La Trattoria della casa nuova, recomendación de G., y las inigualables quesadillas-tacos de guisado de los portales de Huasca a la par de los pastes de mole verde y arroz con leche en Real del Monte. Tuvimos, también, un tour gastronómico veracruzano que inició con el tradicional desayuno en La Parroquia que D. venía saboreándose meses atrás –canilla, café, jugo de naranja, huevos tirados y Zaraza–, siguió con un pámpano en Mandinga y cerró con unas truchas rellenas en Coatepec. Además, le seguimos la pista a The Minimalist en el NY Times y aprendimos a hacer dos ensaladas memorables: una sencillísima a base de duraznos y jitomate y otra con edamame y queso pecorino. También aprendimos a hacer gnocchis por vía telefónica. La primera vez nos salieron increíbles; la segunda, intentamos hacerlos de camote y fue un fracaso rotundo.

Top 10 películas

Ostrov ( sin palabras).
There Will be blood y la genial actuación de Daniel Day Lewis.
The Savages, con Laura Linney y Philip Seymour Hoffman.
The Darjeeling Limited (jamás entenderé por qué Wes Anderson figura tan poco entre las películas premiadas).
El remake de Funny Games de Hanecke con la actuación de Naomi Watts y otros. El trauma me duró varios días aunque no puedo dejar de admitir el poder del cine y las sensaciones que todavía puede provocar.
In the valley of Elah
Ira and Abby (qué bien me la pasé cuando la vi).
Las dos musicales de los estrenos del año: Control de Corbijn y La Môme.
Otras a destacar fueron: Atonement, Juno, Persépolis, La flor del cerezo de Doris Dörrie y Reprise de Joachim Traer.

Exposiciones

Wolfgang Tilmans, la colección de grabados de Toledo en el MACO Oaxaca, León Ferrari, Julio Galán, Thomas Hirschhorn, Marina Abramovic, Taka Fernández, Sinergia, Las implicaciones de la imagen, los cortos de Valerie Mréjen y, ¿por qué no? Vic Muniz. La decepción: Jeff Wall en el Tamayo.

El Top 10 de Momentos 2008:

El Año Nuevo en casa de la Morra; la fiesta de aniversario en La Tumbona; el día en que conocimos a Joe Félix y el día en que regresó a nuestras vidas; Pie de la Cuesta; el día del anuncio en Troncones; un baño en tina en el Camino Real de Acapulco; The 40 year old virgin en un hotel de Veracruz; el día en que nos mudamos y la semana que le siguió.