
Al mediodía del 15 de septiembre me disponía a subir por Av. Juárez rumbo a mi hogar tras haber recogido a mi par de fieras. Días antes, vaticinaba el clásico caos que rodean estas fechas pero no adiviné que la avenida principal de Tlalpan estuviera deliberadamente cerrada por un trío de policías que, por sus dimensiones, semejaban a tres enormes orangutanes, conos de plástico y cilindros viales incluidos.
Con todo, reparé en que los dos automóviles delante de mí habían bajado cortésmente su ventanilla, explicado algo a uno de los policías, quienes habían bajado de forma automática una suerte de cinta adhesiva de aquellas que suelen utilizar en las zonas de crimen, catástrofes, etc. Supuse, como era lógico, que dichos autos eran vecinos de la colonia, hecho por el cual, comprensiva y justificadamente los habían dejado pasar. No dudé en hacer lo mismo ya que mi calle hace esquina con Juárez. A menos que me metiera en sentido contrario, no había forma alguna de acceder a mi casa.
Lo que siguió es, más o menos, la transcripción del diálogo con Orangután 1:
María Terremoto (en adelante, MT): Buenas tardes, oficial. Vivo en ______ esquina con Juárez.
Orangután 1 (O.1): Permítame su credencial de elector.
MT: No tengo credencial de elector, oficial. No nací en México.
O.1: Entonces, su comprobante de domicilio.
MT: Oficial, no llevo uno conmigo. Además, rento la casa en la que vivo. Ninguno de los documentos oficiales ni la correspondencia llegan a mi nombre a ese lugar.
O.1: ¿Cuánto tiempo lleva viviendo ahí?
MT con cara de perpleja: Pues casi un año... ¿Por qué la pregunta?
O.1: ¿No cree que ya va siendo hora de que regularice sus documentos?
MT: No lo creo, oficial. No sé por cuánto tiempo más viviré allí. De cualquier manera, no entiendo a qué viene su pregunta. Voy a mi casa, vengo de recoger a mis hijos del colegio. Si usted gusta, nos puede acompañar y corroborar la dirección anterior.
O.1: No puedo dejarla pasar si no es por medio de la presentación de algún documento que compruebe su domicilio.
MT: (¡¡¡!!!) Oficial, acabo de ver que usted dejó pasar a dos automóviles antes que nosotros.
O.1: Porque me enseñaron su credencial de elector.
MT: Lo dudo mucho. Sin embargo, no le estoy mintiendo. Voy rumbo a mi casa. Si lo desea, le repito, nos puede acompañar.
O.1: Si no me enseña su credencial de elector no la puedo dejar pasar.
MT: Pero oficial, le acabo de explicar...
Acto seguido, Orangután 1 se dio la media vuelta, comentó algo a sus compañeros que no alcancé a escuchar pero que provocó que, momentáneamente, me hicieran señas frente al parabrisas para que me moviera en reversa. Mis hijos, que bien me conocen y cuyas fantasías infantiles hacen confundir a un policía con un híbrido mezcla de héroe e impostor, comenzaron a gemir y a intentarme convencer de que les hiciera caso. Demasiado tarde, había comenzado a sentir hervirme la sangre y reconocer los síntomas que le siguieron: el impulso ciego, la impotencia, la incredulidad...
Decidí no moverme, pese a que media Avenida San Fernando había comenzado a tocarme el claxon. Detrás de mí, un taxi envalentonado que, de cualquier manera, impedía que yo hiciera cualquier movimiento. Los policías procedieron a convencer a dicho personaje para que se moviera y Orangután 1 me pidió que abriera mi ventanilla: "¡MUÉVASE!, ¡ESTÁ IMPIDIENDO LA AFLUENCIA DEL TRÁFICO!" (o algo así).
MT: No me voy a mover hasta que no me deje pasar. Ya le expliqué y me parece absurdo tener que venir con un comprobante de domicilio en la guantera para hacer realidad los caprichos de alguien tan incongruente como usted.
O1:¡Entonces oríllese y vaya caminando por su comprobante de domicilio! Así sí la dejo pasar.
MT: Estoy embarazada y llevo a mis hijos conmigo. No voy a caminar hasta mi casa para cumplir con su berrinche.
Acto seguido, el oficial hizo un ademán que simulaba la indiferencia extrema. Para mis adentros, dije: "A ver quién se cansa más rápido". A esas alturas, mis hijos ya estaban al borde de la histeria y me imploraban que hiciera caso a los oficiales. En aquel momento, debo confesar que era lo que menos oía: Su débil aunque permanente murmullo comparado con la serie de pensamientos que invadían mi precaria paz.
Entonces, sin pensarlo ni por dos segundos, metí el clutch, puse primera y aceleré por encima de los cilindros de plástico y la cinta adhesiva, no sin escuchar ya detrás de mí, a Orangután 1 mentándome la madre. Lo siguiente fue rememorar algunas escenas de Uma Thurman en Kill Bill pero, sobre todo, el final de Thelma & Louise mientras mis hijos deliraban de terror al ver que en cada bocacalle que atravesábamos, otro contingente de policías con radios nos hacían señas con los brazos. Yo mantenía, impasible, la misma velocidad pese a que me había llevado conmigo uno de los cilindros que hacía un ruido sordo en la parte baja del auto. Llegamos a salvo a la casa mientras mi corazón latía a mil por hora y las imágenes en mi cerebro se atropellaban unas a otras: las heroínas seguidas del "si hubiera" mezcladas con escenas infantiles cuando reviví momentos similares con mi padre al volante.

Sólo de una cosa me arrepiento: de haber hecho vivir a mis hijos la misma angustia que yo pasé innumerables veces con mi padre cuando se peleaba a golpes en la librería con presuntos ladrones, cuando se peleó a golpes con el vecino por problemas de estacionamiento, cuando osó entrar a una sala de cine mientras terminaban de hacer la limpieza, no sin evadir a los guardias que lo impedían; cuando estuvo a punto de abofetear a mi tío frente a toda la familia, cuando el mentado helado en Danesa 33 del que ya hablé... Mea culpa, mea maldita herencia genética. Maldito orangután. Viva México y las absurdas cotas de poder.